por APRA_ | May 10, 2016 | Crítica a las Religiones, Pensamiento Crítico |
Por: Luisa Corradini – La Nacion – Argentina
ENTREVISTA AL FILÓSOFO MICHEL ONFRAY, AUTOR DE “TRATADO DE ATEOLOGÍA”
La experiencia traumática de la infancia marcó para siempre su percepción de la realidad y selló su aversión por las religiones. Ateo sin concesiones y apóstol del materialismo, desde que empezó a escribir, a los 30 años, diseca con empeño de entomólogo la forma en que el idealismo ascético platónico, después cristiano y por fin alemán, sigue influenciando nuestra forma de pensar y relacionándonos con el mundo. Para Onfray, no hay filosofía sin psicoanálisis, sociología y ciencias: “Un filósofo piensa en función de los útiles de los que dispone. De lo contrario, piensa fuera de la realidad”, argumenta. El primero y más importante de esos útiles es el propio cuerpo. “Toda teoría es reflejo del cuerpo y no el producto de una influencia venida del más allá -escribe-. La opción, el deseo, la idea, el alma son solo efectos de un proceso fisiológico, neuronal y nervioso, exclusivamente ligados a los músculos y al cerebro. El libre albedrío no existe, la trascendencia tampoco.”Antes de llegar a ser filósofo, Michel Onfray tuvo que morir varias muertes. Fue primero el hijo malquerido de una mucama y de un pobre obrero agrícola de Argentan, un pueblo perdido de la Normandía francesa. Nacido en la pobreza, criado en la humillación y abandonado en un orfanato salesiano a los 10 años, Onfray fue después empleado en una fábrica de quesos, candidato fracasado a conductor de tren y profesor en un liceo técnico de Caen. Sufrió un infarto a los 28 años y, más tarde, dos derrames cerebrales. Pero, en vez de llevarlo a la tumba, todas esas desventuras le inocularon una necesidad colosal de vivir, de amar, de hablar, de escribir, de luchar, de provocar, de denunciar, de compartir, de emocionar y -con mucha frecuencia- de exagerar, que no tiene ningún otro pensador de su generación.
Tanto en sus treinta y cinco libros como en las cátedras que dicta en la Universidad Popular de Caen, que creó y anima desde 2003, celebra el hedonismo, los sentidos, el libertinaje, el materialismo, el individualismo y el ateísmo. Según él, las religiones son únicamente instrumentos de dominación y de alienación. “Los tres monoteísmos profesan el mismo odio a las mujeres, los deseos, las pulsiones, las pasiones y la sexualidad. También detestan la libertad, todas las libertades: la de disponer de sí mismo, de su vida y de su cuerpo sin pedir permiso a la autoridad eclesiástica”, sostiene. Onfray reivindica la herencia intelectual de Nietzche, Freud y Marx, que tienen “la cualidad de invitar al hombre a una superación permanente”. “Lo importante no es lo que dijeron, sino el proceso que los llevó a decirlo”, asegura.
Escritor de excelente estilo, prolífico y buen divulgador, sus libros suelen ser éxitos populares que venden centenares de miles de ejemplares en el mundo entero. Sin embargo, este doctor en filosofía de 49 años, que vive con la misma mujer desde los 19, en una anodina casa de su pueblo natal, rodeado de sus libros y con su gato, se parece más a un anacoreta que al libertino que reivindica. Según Jean-Paul Enthoven, su editor en Grasset desde que publicó su primer libro en 1989, todo el dinero que ganó hasta ahora está bloqueado en una cuenta: “Apenas quiere recibir una suma mensual que nunca debe superar la jubilación que percibía su padre como obrero agrícola”, precisa. “Trato de que mi vida sea coherente con mis pensamientos”, resume Onfray.
La entrevista que sigue no es una conversación clásica con un filósofo, que admite interrupciones, preguntas y derivaciones. Onfray solo aceptó dialogar con LA NACION a condición de que fuera a través de correo electrónico. Ese recurso eliminó la espontaneidad de la discusión, pero le otorgó quizás una mayor precisión conceptual. Este es, en todo caso, el resultado de esa experiencia periodística poco frecuente:
-¿Cuál es la pregunta que usted se hace con más frecuencia: qué, cómo o por qué?
-Rara vez me hago preguntas filosóficas existenciales, pues creo haber hallado las respuestas que me permiten vivir una vida que me conviene, en relación íntima con mis principios. No tengo angustias existenciales, no le temo a la muerte, vivo tratando de que el presente y los instantes que lo constituyen sean lo más densos posibles. Las cuestiones filosóficas que me planteo son específicas y están relacionadas con los libros que preparo. Y las preguntas más triviales que me hago son cómo escapar a los parásitos, a los devoradores de mi tiempo, para poder trabajar tranquilamente.
-En uno de sus libros usted inventó el concepto de “hápax existencial”. Es decir, ese momento fundamental en el que, en un segundo, la vida cambia para siempre. ¿Cuál fue ese hápax para usted?
-Hubo un hápax extremadamente violento que fue mi infarto, cuando tenía 28 años. Una experiencia que conté en el prefacio de El arte del placer . Pero creo que hubo otro, casi tan violento como el primero y probablemente más constructor, más determinante, que relato en La fuerza de existir : haber sido abandonado por mi madre en un orfanato a los diez años. Creo, en todo caso, que ambos acontecimientos tienen una relación íntima, compleja y particular.
-Justamente, ese libro comienza diciendo: “Morí a los diez años, una hermosa tarde de otoño, en una luz que provocaba deseos de eternidad ” ¿Murió para siempre? ¿Qué sucedió después? ¿Algo consiguió salvarlo?
-Esa frase evoca el momento en que fui abandonado en el orfanato. ¿Qué pasó después? Digamos, siete años de sufrimientos. Y después, el descubrimiento de la filosofía que, efectivamente, me salvó, al proponerme cómo dar un sentido a mi existencia que, de lo contrario, no tenía ninguno o, por lo menos, lo había perdido.
-Usted afirma que no fue el orfanato lo que lo convenció de que Dios no existe porque a los diez años ya lo sabía. Sin embargo, suele decir también que los adultos que creen en Dios se equivocan. ¿Qué tenía usted a los diez años que un adulto -incluso analfabeto- no tenga a los cuarenta? ¿No es un poco pretencioso de su parte?
-No veo por qué debería ser pretencioso o qué es lo que yo tendría de más. Yo no hablo en esos términos. Son los suyos y es su propio juicio de valor. Para ser claro: creí en Dios mientras creía en el Papá Noel. A partir de cierta edad, todo eso me pareció irracional, sin sentido. Eso no quiere decir que fuera un superhombre o un genio precoz. Probablemente solo se trate de temperamento, de carácter inadaptado a las fábulas.
-Usted escribe “los monoteísmos detestan la inteligencia”. Pero entonces, ¿qué hacer con todos los genios de Occidente que practicaron alguna de las tres religiones del Libro?
-Yo hablo de “monoteísmos” y no de “monoteístas”. El monoteísmo es una ideología que, en sus principios, detesta que la gente piense o reflexione y prefiere que obedezca y que se someta a la Ley, a la palabra de Dios y a sus Mandamientos. Que hay monoteístas inteligentes, no esperé su pregunta para saberlo. Y tampoco he dudado de la inteligencia de ciertos monoteístas cuando son inteligentes.
-Dejemos a un lado la Iglesia como institución e incluso la Biblia. ¿Cómo sabe usted que, en verdad, Dios no existe? Podría perfectamente existir. ¿Cómo saberlo? ¿No cree que aceptar la duda sería una actitud más filosófica?
-La duda no es filosófica, es metodológica y prepara el terreno a la solución filosófica. En otras palabras, se duda un momento en un movimiento que debe concluir en una certeza. Descartes solo utilizó la duda de esa forma. Conformarse con la duda es detenerse a mitad de camino. Además, la duda es una deshonestidad intelectual. Aquellos que reivindican la duda no tienen problemas en reivindicar la certeza de esa duda. La coherencia del escéptico debería llevarlo hasta a dejar de hablar. Un filósofo tiene la obligación de hacer llegar su pensamiento a algún lado. En todo caso, aquellos que afirman algo (por ejemplo, la existencia de Dios) son quienes deben demostrarlo. De lo contrario, bastaría con afirmar cualquier cosa (que los unicornios existen, por ejemplo), pedir a su interlocutor que pruebe que lo que uno dice es una necedad y, frente a su incapacidad para demostrarlo, concluir que lo que se está diciendo es verdad. De esa forma se podría afirmar que las mesas giran solas, que los platos voladores existen, que los horóscopos dicen la verdad.
-Usted critica a “los hombres que se embriagan de ilusiones”. ¿Está mal? ¿Y si eso les permite ser menos infelices? Usted escribe: “El camino de la verdad filosófica es largo y difícil”. Pero hay muchísima gente que nunca tendrá la posibilidad de hacer ese camino. ¿Por qué negarles su propia forma de consuelo a aquellos que creen en algo superior?
-Prefiero una verdad que duele a una mentira que calma. Pero cada uno puede preferir el opio de la ilusión a la realidad. Yo le reprocho a la ilusión enemistarnos con la única certeza que tenemos: la vida es aquí, aquí y ahora. Las religiones nos invitan a vivir en la expiación, con el pretexto de que vivir como si uno estuviera muerto aquí nos abrirá la vida eterna una vez muertos. Yo consagro gran parte de mi tiempo -sobre todo cuando creo universidades populares abiertas a todos-, a ofrecer una alternativa filosófica a la propuesta religiosa. Creo que es necesario popularizar la filosofía para reconciliar al hombre consigo mismo, con su cuerpo, su vida, los otros y el mundo, sin que tenga que pasar por todas esas ficciones religiosas.
-Cuando un creyente piensa en el universo, imagina una suerte de más allá, donde pone a todos sus seres queridos, sus divinidades y sus ilusiones. Esa dimensión debe de ser imposible de borrar una vez adquirida. ¿Qué hay en la imaginación de un ateo total?
-Un mundo exactamente igual de vasto. ¡Qué extraña idea tiene usted del ateo! ¿Lo cree incapaz de imaginación? ¿De vida espiritual? ¡Es curioso que piense en el ateo como una especie de idiota de cerebro limitado, con escasas posibilidades estéticas, emocionales, afectivas y espirituales!
-En todo caso, tengo la impresión de que la desaparición de lo sagrado no es inminente. ¿Cree usted en una humanidad sin religión?
-Siempre habrá religiones, porque las religiones viven de la angustia y del miedo de los hombres, y porque estamos lejos de haber terminado con los temores existenciales. El ateo está condenado a militar por una causa perdida. Pero poco importa que esté perdida, si es una causa justa. Lo irracional, lo irrazonable, la ilusión, las ficciones disponen de un futuro grandioso, pues el mundo liberal que se prepara en nuestro planeta odia la cultura, que hace retroceder a los mitos, entre ellos, la religión.
-Usted escribe: “La autoridad me resulta insoportable; la dependencia, invivible. Las órdenes, invitaciones, pedidos, propuestas, consejos me paralizan ” ¿Cómo hace para organizar su relación con los demás, sobre todo con sus allegados?
-Desde los 17 años, (cuando dejé mi familia para vivir sin ayuda alguna) construí mi vida a fin de tener que obedecer -¡y mandar!- lo menos posible. No me pida detalles porque tendríamos que consagrar la entrevista a esta cuestión. Digamos que es necesario evitar el matrimonio y los hijos, los honores, la riqueza y las situaciones de poder. Soy soltero, sin hijos, me importan un bledo las condecoraciones, los puestos honoríficos en instituciones universitarias. Vivo muy bien con o sin dinero, porque el dinero nunca fue una obsesión en mi vida, no soy representante de esto ni de aquello. Trato de no deberle nada a nadie. Vivo de mi pluma, y mis lectores, comprando mis libros, hacen posible esta situación social magnífica, casi una vida de rey.
-Usted se declara a favor de un hedonismo del ser y no del tener. ¿Me puede explicar?
-Es muy difícil en dos palabras. Digamos que todas las cosas que tienen que ver con la posesión (dinero, situación social, riquezas, propiedades, bienes habituales de la sociedad de consumo) no son un fin en sí mismas. Por el contrario, lo que depende del ser (libertad, amistad, amor, afección, dulzura, serenidad, paz consigo mismo, los otros y el mundo) constituye el ideal de sabiduría hacia el que hay que tender. Disfrutar de una cosa no presenta demasiado interés, disfrutar de un momento de sabiduría es uno de los grandes instantes de la vida.
-¿Y cuál es la diferencia entre ese hedonismo y el estoicismo?
-La oposición entre ambas escuelas suele ser una cuestión de universitarios. Hay que leer las Cartas a Lucilio de Séneca, el estoico. Allí hay cantidad de argumentos epicúreos. En mi libro Contra-historia de la filosofía explico cómo esta oposición entre dos sensibilidades filosóficas fueron instrumentalizadas por Cicerón con fines políticos: era necesario desacreditar a los candidatos epicúreos al Senado, y Cicerón, el estoico, los estigmatizó como voluptuosos e incapaces de ocuparse de la cosa pública. Después, el cristianismo se apoderó de esos argumentos que perduran hasta hoy.
-Usted es un filósofo decididamente orientado hacia la modernidad. ¿Qué lugar reserva en su reflexión al psicoanálisis y a las neurociencias? ¿No cree que estas últimas están terminando con Freud?
-Tengo el proyecto de escribir un libro sobre el psicoanálisis que evitará dar poderes absolutos tanto a Freud como a las neurociencias. Rehabilitaré el psicoanálisis como un chamanismo posmoderno, precisando que el cuerpo no es una cuestión de inconsciente psíquico, sino de inconsciente neurovegetativo.
-¿Está usted satisfecho de su vida? Quizás sea ridículo preguntarle a un filósofo si es feliz, pero
-¡Pero yo soy absolutamente feliz! De lo contrario dejaría de escribir lo que escribo, de enseñar lo que enseño y de dar las conferencias que doy por el mundo. A menos que fuese un estafador. Y yo sé que en filosofía también existen los estafadores.
por APRA | May 10, 2016 | Pensamiento Crítico |
Por: Mario Bunge
Las pseudociencias, tales como la astrología y la quiromancia, siempre han sido populares, a menudo, mas que las ciencias. Ahora, cuando está de moda exigir que las universidades satisfagan la demanda del mercado, habría que enseñarlas abierta y sistemáticamente, en lugar de hacerlo solapadamente en las facultades de humanidades. El consumidor tendría que poder elegir libremente entre la Facultad de ciencias y la facultad de pseudociencias. Y el diploma debería autorizar a ejercer la profesión.
Esta idea no es mía ni nueva: hace casi un siglo Freud, el fundador de la pseudociencia más exitosa del siglo pasado, propuso un plan detallado de una Facultad de Psicoanálisis en la Universidad de Viena. Su plan de estudios incluía numerosos cursos de Psicoanálisis, mitología y literatura. Nada de psicología experimental ni de neurociencias, desde luego, porque quienes trabajan en esos campos tienen la nefasta manía de exigir pruebas.
El defecto del plan de Freud es que era unilateral: solo incluía el psicoanálisis. El mío es amplio y abierto: incluye todas las principales pseudociencias conocidas, así como las por inventar. En efecto, mi plan de estudios de la Licenciatura en Pseudociencias es el que sigue:
Primer año: Introducción a las pseudociencias, Historia de las pseudociencias, Astrología, Alquimia, Piramidología, Demonología. Trabajos prácticos: transmutación de plomo en oro; construcción de horóscopos; búsqueda de napas de agua mediante la horqueta; levitación; reconstrucción de una pirámide egipcia; entrar en contacto espiritual con un demonio.
Segundo año: Homeopatía, Naturopatía, Psicoanálisis freudiano, Numerología. Trabajos prácticos: manufactura de remedios homeopáticos para curar el cáncer; la diabetes o el mal de amores; identificar el complejo relacionado con la bisabuela materna; hallar el significado simbólico del número de Avogadro.
Tercer año: Psicoaálisis jungiano, Parapsicología, memética, psicología evolutiva, grafología, Seminario I. Trabajos prácticos: encontrar las sincronías entre sunamis y terremotos políticos; tocar la flauta a distancia; explicar la última de las 10.000 religiones registradas en EEUU como una adaptación del medio ambiente del Paleolítico; hallar el significado simbólico de los sueños de un terrorista notorio.
Cuarto año: Diseño Inteligente (ex creacionismo), astronomía de universos paralelos, Medicina holística, Genética egoísta, Psicoanálisis lacaniano, Derecho de ejercicio ilegal de la medicina, Filosofía de la pseudociencia, Seminario II. Trabajos prácticos: averiguar los designios del Altísimo cuando diseñó el piojo y la muela del juicio; averiguar algunos rasgos de un universo en el que fallen las leyes de la termodinámica; diagnóstico y tratamiento holístico del callo plantal; buscar el gen de la afición al fútbol, al póquer o a la pseudociencia; inventar trucos para evitar pleitos iniciados por clientes desagradecidos; elaborar una filosofía de la ovnilogía, la reflexología, el psicoanálisis o la memética. Los seminarios I y II se dedicarán a estudiar teorías o prácticas situadas entre la ciencia y la pseudociencia, tales como las teorías de cuerdas, del comienzo del universo a partir del vacío y de la elección racional.
Preveo que el empresario académico que se propusiera crear una Facultad de pseudociencias no tendría la menor dificultad en reclutar profesorado y alumnado, sobre todo por cuanto en este campo no caben pruebas de idoneidad. Tampoco tendrá dificultad alguna en formar una biblioteca especializada en pseudociencias, como puede comprobarse visitando cualquier librería. Pero seguramente el empresario tendrá que hacer frente a la competencia de de las facultades de ciencias, medicina e ingeniería.
En ese caso podrá recurrir a los argumentos siguientes, que ofrezco sin cargo:
Primero: la libertad académica incluye la garantía de enseñar cualquier cosa, incluso, que dos mas dos es igual a siete, y que la tierra es plana.
Segundo: puesto que la ciencia es falible, es posible que la pseudociencia de hoy sea la ciencia de mañana.
Tercero: en la época posmoderna todo es relativo, no hay verdades objetivas no es necesario poner a prueba lo que se conjetura.
Cuarto: el tiempo es oro y se lo ahorra aprendiendo una pseudociencia en lugar de una ciencia.
Quinto: el instrumental que necesita la investigación experimental se está haciendo tan costoso, que incluso en los países más poderosos les convendría cultivar disciplinas que no requieren experimento alguno.
Sexto: la universidad posmoderna es una empresa , y como tal tiene el derecho y el deber de suministrar los productos que demande el consumidor.
Séptimo: en ciertos paises ya funcionan facultades de humanidades en las que no se enseñan sino dosctrinas posmodernas (p.ej., que a historia es una rama de la literatura) y facultades de psicología en las que se enseña exclusivamente el psicoanálisis. La Facultad que propongo no hace sino generalizar y proclamar abiertamente lo que otras hacen en forma estrecha y solapada.
Estos argumentos me parecen impecables. Solo me asaltan tres dudas. Primera: ¿se legitimizan el autoengaño y la estafa al enseñarlos en la universidad? Segunda: ¿es necesario que la universidad deje de ser el principal taller de búsqueda de verdades? Tercera: dado que el derecho al macaneo es uno de los derechos del hombre, ¿por qué exigir diploma para ejercerlo?
Del libro “100 ideas”
por APRA | May 10, 2016 | Pensamiento Crítico |
Por: Barry Fagin
Para los escépticos que desean ser políticamente activos, algunas opciones son más atractivas que otras.
¿Cuál es la conexión entre el escepticismo y la política?
¿Cuáles son las políticas apropiadas para un escéptico?
¿El hecho de ser escéptico automáticamente establece una posición política, o hay puntos de vista alternativos consistentes con el escepticismo?
Hago estas preguntas porque pienso que los escépticos no le han prestado suficiente atención. Esto no es sorprendente, considerando nuestra naturaleza. Como escépticos, estamos acostumbrados a la deliberación, evaluación de evidencia y en la insistencia de la necesidad de aportar evidencias extraordinarias para apoyar afirmaciones extraordinarias.
Estos temas no son importantes para el proceso político, el cual en cambio apela a la emoción y a la manipulación exitosa de las pasiones humanas.
No es sorprendente nuestra sensación de poco confort en el mundo político. Representa todo lo que rechazamos en nuestra búsqueda de entendimiento. Sin embargo, nos enfrentamos a la evidencia insoslayable de la importancia de la política. Nos guste o no, muchos aspectos de nuestras vidas son afectados, y continuarán siendo afectados, por el proceso político.
El simple interés personal, por tanto, sugiere que los escépticos deberían abordar los temas políticos. De mayor importancia es que quizás los escépticos tienen algo importante que ofrecer a sus conciudadanos.
La transparencia otorgada al proceso político puede proveer una útil plataforma para el análisis racional tan a menudo ausente del debate político moderno. Este artículo explorará la conexión entre el escepticismo y la política.
Comienzo con una discusión de la testabilidad de las afirmaciones políticas Luego discuto una bien conocida distinción entre política, moralidad y su relevancia para los escépticos. Posteriormente examino las definitorias instituciones de la política, desarrollos de las ciencias sociales que podrían afectar la política para un escéptico, además de otros ítems que los escépticos encontramos especialmente problemáticos. Concluyo con algunas opciones políticas para los escépticos, junto a una elección que a mi juicio es inaceptable.
La importancia de la testabilidad
Para un escéptico, la testabilidad de una afirmación es el asunto más importante. Desafortunadamente, la testabilidad de las hipótesis políticas es extremadamente baja, dada la dificultad de experimentos controlados. Uno se pregunta si la expresión “ciencia política” tiene en efecto algún significado.
Supóngase por ejemplo que, deseamos evaluar la falta de efectividad de la redistribución de los ingresos en la reducción de la pobreza. No podemos crear dos sociedades idénticas, dando a una de ellas una entrada (*) placebo y a la otra una real, administradas en un modelo de doble ciego. El proceso político afecta a todos los miembros de una comunidad dada; no existen observadores ni interesados para evaluar las salidas.
Debemos, en cambio, vivir con las imperfectas alternativas de ciudades, estados y naciones como pobremente conducidos experimentos en organización social.
Aunque estos experimentos carecen de controles, factores en contra y toma un largo lapso antes de que produzcan efectos medibles, son las mejores fuentes de información factual para los escépticos acerca de lo asuntos políticos.
Por tanto, un escéptico debería estar familiarizado con la historia, la política y la economía, a pesar de su falta de valor predictivo fuerte como las ciencias sociales. Un escéptico debería saber cómo los seres humanos han tratado de organizarse socialmente. Cuando un escéptico hace una afirmación sobre algún hecho político, debería estar familiarizado con ejemplos similares de la historia. Cuando un escéptico desafía una afirmación política, debería cuestionar aquellos ejemplos que apoyan la suposición. Cuanto más extraordinarias sean las afirmaciones, más creíbles deberán ser los ejemplos.
Escepticismo y moralidad
Muchas afirmaciones políticas, por supuesto no son falsables:
- “Tenemos el deber de ayudar a aquellos miembros de nuestra sociedad que no son capaces de ayudarse a sí mismos”.
- “La homosexualidad no es moralmente igual que la heterosexualidad”.
- “La salud es un derecho, no un privilegio”.
- “El gobierno debe inculcar moralidad a sus ciudadanos”.
Estas no son afirmaciones empíricas, sino morales: afirmaciones que indican valores sentidos profundamente por el que las hace. Ellas sirven como axiomas de un sistema de creencias. La adherencia a valores morales no es incompatible con el escepticismo, aunque los axiomas morales de un escéptico son más susceptibles de cambiar a través del tiempo que los de la mayoría, dado su hábito mental de constante cuestionamiento y reevaluación.
¿Qué podemos decir, de las relaciones entre los valores morales de los escépticos y sus preferencias políticas?
Escepticismo y gobierno
La clave, pienso, es que, mientras que la política y la moralidad estén relacionadas, no son idénticas. Todas las acciones políticas deben ser morales, pero la reciprocidad no se da. Hay un extendido régimen de acción que incluye la moralidad pero que, en una sociedad justa excluyen a la política. Esta visión es esencialmente la del liberalismo clásico, que ve a los seres humanos como agentes con derechos, de tal manera que, se establecen los gobiernos para asegurarlos, no con una finalidad dada. Tal visión reconoce el derecho del individuo a tomar decisiones morales sin la intervención del estado, dentro de los límites en que los derechos de los demás son respetados.
La política es una fuerza socialmente implantada: las soluciones políticas a los problemas son todos acerca de forzar a las personas a tomar un curso de acción. Esto provee una manera de distinguir afirmaciones morales de las políticas. Si las afirmaciones de arriba son hechas en un contexto político, son mas apropiadamente interpretadas como:
- “La gente debe ser obligada a ayudar a aquellas que no pueden ayudarse a sí mismas”.
- “La política gubernamental debe distinguir la heterosexualidad de la homosexualidad”.
- “El gobierno debe proveer cuidados de salud, aunque esto signifique obligar a la gente a hacerlo”.
- “La gente debe ser hecha virtuosa”.
Una perspectiva que reconoce la distinción entre política y moralidad puede permitir a los escépticos encarar a la gente con diferentes valores morales en cuestiones políticas, a pesar de diferencias aparentemente irreconciliables de opinión. Los escépticos, en efecto, pueden tener un ancho campo de diferentes valores morales. Si tienen éxito en reconciliar sus ideas políticas y su escepticismo, entonces deberían aplicar sus mismas técnicas de análisis crítico a las instituciones políticas de la misma forma como lo hacen con todas las otras. La institución del gobierno y el uso de la coerción, como herramienta social, las dos características centrales de la política, deben ser examinados críticamente. A mi juicio, la teoría económica, la evidencia histórica, y la simple experiencia diaria sugieren que el gobierno es una herramienta muy pobre para la resolución de los problemas sociales. Si esta visión es correcta, se tienen profundas implicancias para las políticas del escepticismo.
Teoría del escepticismo y la decisión pública
Los lectores que por largo tiempo han creído en la inefectividad de la política como medio para lograr fines sociales deberían estar alertas a recientes desarrollos en las ciencias sociales. La teoría de la decisión pública, en particular, amerita cuidadoso estudio. Desarrollada por James Buchanan, genera predicciones verificables acerca del comportamiento de las instituciones políticas. Estas predicciones están sostenidas por la observación empírica, sugiriendo que todo escéptico debería tener cuanto menos un conocimiento funcional de ellas. Por su trabajo, en el desarrollo de la teoría de la decisión pública, James Buchanan recibió el premio Nobel de Economía, en 1986.
Brevemente, “La teoría de la decisión pública” aplica los principios de la economía al sector público, principios que previamente, en círculos académicos, solamente fueron aplicados al sector privado. Métodos previos de análisis económico asumían que mientras los intereses propios de los humanos eran en los asuntos privados, los asuntos públicos eran diferentes. Cuando acciones privadas llevaban a un “fracaso de mercado”, se asumía que las instituciones públicas eran capaces de corregirlo debido al conocimiento superior, motivación u otros atributos. En otras palabras, se asumía que los gobiernos estaban “por encima” del interés personal y por ello, más efectivos para solucionar problemas sociales.
“La teoría de la decisión pública” sugiere que esta asunción no es correcta. El interés personal es dominante en todos los dominios humanos, tanto públicos como privados. Esto significa que, cuando se dirige una solución política a una posible incidencia de fracaso de mercado, la posibilidad de fracaso político debe también ser considerado. El fracaso político es simplemente la situación que ocurre cuando la solución política no funciona, tiene consecuencias negativas no intencionadas, y/o crea peores situaciones que el problema que debió ser resuelto.
Los lectores que estén interesados en aprender más sobre “La teoría de la decisión pública”, pueden referirse al trabajo original de Buchanan (Buchanan 1964) y un resumen de evidencia de soporte 20 años más tarde (Buchanan 1984). Copias de estos libros pertenecen a todo estante de un escéptico.
Asuntos difíciles para escépticos
Si se concede escepticismo acerca del gobierno, entonces el escéptico queda en una situación difícil en asuntos donde la ciencia y las políticas públicas se sobreponen. De un lado, nuestro compromiso a los más altos principios de investigación objetiva y nuestra comprensión de las manifiestas contribuciones de la ciencia, sugieren que deberíamos apoyar la actividad gubernamental en la educación de la ciencia, incremento de fondos federales para la investigación científica, prohibición de medicinas que no fueron probadas seguras y efectivas, y así sucesivamente. Por otro lado, el escepticismo acerca del gobierno nos dice que estas políticas en su implementación práctica son muy probables de tener consecuencias no intencionadas, precisamente porque el gobierno participa (Martino 1992), (Fagin 1993).
Uno no puede evitar sentirse ultrajado, por ejemplo, ante la tragedia moderna de la curación por fe, tan elocuentemente descrita por James Randy en su libro “The Faith Healers” (Randi 1987). La venalidad, corrupción, e ignobilidad de sus practicantes parecen ser excedidos sólo por la culpabilidad de sus seguidores. Aun así, aquellos que son escépticos deberían preguntarse cómo podrían ser los acercamientos políticos efectivos.
¿Se debería aplicar impuestos a esos curadores, ya que no son una religión “legítima”? Si es así, ¿quién decidiría la legitimidad religiosa? ¿Debería perseguirse a los curadores por fraude, incluso si sus víctimas continúan creyendo? Si es así, ¿cómo se llevarían a cabo tales persecuciones? ¿Cómo un Departamento de Investigación de la Curación por Fe realmente actuaría en la práctica? ¿Qué tan efectiva ha sido la acción coercitiva históricamente al ponerse entre personas ilusas y desesperadas, y algo en lo que quieren creer? Las respuestas a estas cuestiones, me parece, ponen al escéptico en la posición del renuente laissez-faire. Aunque podemos aborrecer la curación por fe, y aunque queremos ver a sus curadores fuera del negocio, debemos reconocer que las instituciones políticas son inapropiadas para tratar este problema.
Un ejemplo similar, pero más controversial del dilema que enfrentan los escépticos en la arena pública ocurrió en estas páginas (Barret 1995) y en las posteriores cartas al editor (Lantz 1995), concerniente al rol de la FDA en la regulación de la medicina práctica. Por otro lado, los escépticos entienden que la ciencia es la mejor manera para comprender cómo el mundo funciona. La gente que elige para sí misma técnicas medicinales que no han sido substanciadas científicamente, están, por lo menos, derrochando su dinero y en el peor de los casos, poniendo en peligro sus vidas.
Y, todavía los escépticos deberían preguntarse si una prohibición de medicamentos no comprobados y prácticas medicinales no convencionales realmente representa una mejoría. La teoría de la decisión pública sugiere, y la evidencia muestra, que agencias como la FDA actúan para incrementar sus presupuestos y la autoridad regulatoria más allá de lo que originalmente se intencionaba. Ellos tienden a errar en la parte de caución, intercambiando vidas salvadas al prohibir productos no comprobados por vidas perdidas a causa de los retrasos en la aprobación de nuevos dispositivos y drogas. La manera correcta de hacer tal compensación está lejos de ser obvia (Higos 1994ª y 1994b). Hay también, serias dificultades para tratar “seguridad” como un concepto objetivo. Para un burócrata, seguridad sólo puede mostrarse por un estudio de varios años de la droga usando controles cuidadosos y estándares científicos rigurosos. Para un joven muriendo de SIDA, la seguridad de una droga significa algo muy diferente.
La salida a estos problemas, me parece, se proveé por la distinción entre política y moralidad. A pesar de que como escépticos comprendamos que la ciencia es la mejor manera de descubrir la verdad del mundo físico, otros no concuerdan esto, o por lo menos piensan que descubrir la verdad del mundo físico es secundario con respecto a otras cuestiones. Mientras sus acciones no dañen a otros, debemos desafortunadamente permitir a otros actuar según esas creencias, simplemente porque la coerción muy improbablemente mejorará la situación.
Podemos esperar persuadir voluntariamente, a través del ejemplo personal y a través de la articulación vigorosa de por qué la ciencia y el pensamiento críticos son importantes, pero el escepticismo sobre la definición de las instituciones políticas demanda que no usemos la fuerza contra la gente que cree en curación por fe, laetrile y canalización.
Las políticas de un escéptico
¿Qué significa esto para los escépticos que quieran afiliarse políticamente? ¿Cuál activismo político es el más apropiado para los escépticos? Estos asuntos son específicamente difíciles hoy, ya que la aplicación de una perspectiva crítica a la institución del gobierno distingue las políticas de un escéptico tanto del liberalismo como el conservadurismo.
Los liberales sostienen una casi religiosa creencia en la efectividad del gobierno como una herramienta social. Ellos tienden a ver la sociedad humana como inherentemente puesta con problemas, problemas a los cuales se llama al gobierno para arreglar. Cuando son desafiados en la evidencia de la efectividad del gobierno, muchos retroceden a una creencia moral en la legitimidad del gobierno como una institución para lograr la “justicia social”. Si la evidencia sugiere que las políticas presentadas no son efectivas, entonces se cree que la respuesta es “reforma”, mejor responsabilidad de los oficiales de gobierno, o similares panaceas. La respuesta a la confirmación de las predicciones de “La teoría de la decisión pública” es una llamada a menos interés personal, una llamada a más legislación, o – tal vez no sorprendentemente – demandas por un envolvimiento político aún mayor.
Una voluntad para cuestionar la efectividad del gobierno como un solucionador de problemas sociales no es característica del liberalismo moderno. Es entonces difícil de reconciliar con la política del escepticismo.
Pero tampoco el conservadurismo es un amigo del cuestionador crítico. Los conservadores mantienen una resistencia a examinar asunciones acerca de la efectividad del gobierno como inculcador de la virtud y cultivador de valores. Su apoyo a la prohibición de la droga y la regulación de la pornografía en internet2 , por ejemplo, a pesar los innúmeros fracasos de los anterior y la segura imposibilidad de lo último, puede sólo explicarse, según mi juicio, por una ignorancia de las predicciones de “La teoría de la decisión pública” y una creencia que la efectividad de tales políticas es secundario a su deseo. Tal perspectiva también parece difícil de reconciliar con el escepticismo.
Conclusiones
Me parece que los escépticos que desean ser políticamente activos tienen un limitado número de opciones. Se pueden afiliar al creciente movimiento libertario, el cual tiene una visión históricamente informada de la limitada esfera de acción dentro de la cual el gobierno puede operar efectivamente. Esto es lo que yo he hecho.
Otra posibilidad es trabajar con el Partido Demócrata (de EE.UU), utilizando la razón y evidencia histórica para demostrar que el gobierno no es una herramienta efectiva para mejorar las vidas de los más pobres en ningún sentido significativo.
Todavía se tiene la posibilidad de trabajar con el Partido Republicano, sugiriendo que los mismos factores que limitan la ineficiencia del gobierno en el manejo de la economía limitan también su inefectividad en las cuestiones de las personas. Esta es la línea del Caucus Republicano Libertad.
Pero, renunciar todos a la política es un lujo que los escépticos no pueden darse. Cuando encaramos el incremento de hecho en la politización de la vida americana, aún cuando el recientemente electo Congreso, quien declara querer poner límites al gobierno, los escépticos no pueden mantenerse al margen. Si permanecemos apartados, luego, por nuestro silencio, habremos contribuido a un mundo donde la gente crea que puede tener cosas sin pagar por ellas, que obligar a la caridad es lo mismo que compasión, y que criticar el vicio es virtud. Ahora más que nunca, la política norteamericana necesita de la razón y del pensamiento claro.
Si nosotros no lo proveemos, ¿quién lo hará?
Referencias
- Barrett, Stephen, 1995, Notes on the tryptophan disaster,Skeptical Inquirer, July/August 1995(Health Watch).
- Buchanan, James y Tullock, Gordon, 1964,The Calculus of Consent: Logical Foundations of Constitutional Democracy, Ann Arbobr, Mich.: Prensa de la Universidad de Michigan.
- Buchanan, James y Tollison, Robert, 1984,Theory of Public Choice II, Prensa de la Universidad de Michigan.
- Corn-Revere, Robert 1995,New age comstockery: Exon vs. the internet, Cato Policy Analysis #232, Cato Institute, Washington DC.
- Fagin, Barry 1993,The application of public choice theory to science and engineering policy, Proceedings of the 1993 International Conference of the American Society for Engineering Education, Champaign-Urbana, Illinois.
- Higgs, Robert 1994 (a), Banning a risky product cannot improve any consumer’s welfare (properly understood), with applications to FDA testing requirements, Review of Austrian Economics, Vol 7 pp 3-20.
- Higgs, Robert 1994 (b), Should the government kill people to protect their health?, The Freeman, Vol 44, pp 13-17.
- Lantz, Richelson, y Woods, 1995, Policy and the tryptophan disaster,Skeptical Inquirer November/December 1995 (Letters to the Editor).
- Martino, Joseph, 1992,Science Funding, Transaction Publishers Inc, Rutgers, NJ.
- Randi, James, 1987,The Faith Healers, Prometheus Books, Buffalo NY.
Acerca del Autor
Barry Fagin es un profesor de ciencia de computadoras en la U.S. Air Force Academy en Colorado Springs, y miembro e los Rocky Mountain Skeptics. Puede ser ubicado electrónicamente en fagin@rmii.com. Este artículo esta disponible http://www.rmii.com/~fagin/.
Las ideas expresadas son las del autor y no expresan necesariamente las de la Academia de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos o del gobierno de los Estados Unidos
- Uso el término axioma porque los sistemas de creencias en la política moderna son raramente consistentes.
- Me refiero al acta de Decencia en las comunicaciones, convertida en ley el 8 de febrero como parte del Acta de Reformas a las Telecomunicaciones de 1996. El 29 de julio en una pensada y articulada decisión la corte de Distrito de Filadelfia encontró la CDA inconstitucional. El caso será escuchado por la Suprema Corte en marzo. Los lectores interesados están invitados a visitarhttp://www.rmii.com/~fagin/faic/para más información.
por APRA | May 10, 2016 | Pensamiento Crítico |
Por: Umberto Eco, filósofo
LA PSICOLOGÍA DEL COMPLOT SURGE CUANDO LAS EXPLICACIONES EVIDENTES DE HECHOS PREOCUPANTES NO NOS SATISFACE
Hace poco se ha traducido al italiano el libro de Kate Tuckett, “Conspiracy Theories”, donde, como se queja Ranieri Polese en una reseña del diario “Il Corriere della Sera”, la autora se ocupa de una gran cantidad de presuntas conspiraciones (desde los templarios hasta la muerte de Mozart, desde el asesinato de Kennedy hasta la muerte de Lady Di, desde las ‘verdades’ del 11 de setiembre hasta los seudomisterios cristológicos revelados por Dan Brown en “El código da Vinci”), pero se olvida quizá del mayor ejemplo de construcción de un complot mundial, los tristemente famosos y falsos “Protocolos de los Sabios de Sión”.
La ausencia es irritante y valdría la pena que se reimprimiera a menudo el viejo “Warrant for genocide” de Norma Cohn (El mito de la conspiración judía mundial: los Protocolos de los sabios de Sión), que en 1967 escribió palabras definitivas sobre la historia del seudocomplot judío.
Protocolos’ aparte, el síndrome del complot es tan antiguo como el mundo y quien ha trazado de forma soberbia su filosofía ha sido Karl Popper, en un ensayo sobre la teoría conspiracional de la sociedad que se encuentra en “Conjeturas y refutaciones”. Esta teoría, más primitiva que la mayoría de las diversas formas de teísmo, es afín a la teoría de la sociedad de Homero. Este concebía el poder de los dioses de tal manera que todo lo que ocurría en la llanura situada frente a Troya era solo un reflejo de las diversas conspiraciones del Olimpo. La teoría conspiracional de la sociedad es justamente una variante de este teísmo, de una creencia en dioses cuyos caprichos y deseos gobiernan todo. Proviene de la supresión de Dios, para luego preguntar: “¿Quién está en su lugar?”. Su lugar lo ocupan entonces diversos hombres y grupos poderosos.
La psicología del complot surge del hecho de que las explicaciones más evidentes de muchos hechos preocupantes no nos satisfacen, y a menudo no nos satisfacen porque nos duele aceptarlas. Pensemos en la teoría del Gran Viejo tras el secuestro de Aldo Moro: ¿cómo es posible –nos preguntábamos– que un grupo de jóvenes que rondan los treinta años hayan podido concebir una acción tan perfecta? Deben tener detrás un cerebro más refinado.
La interpretación en plan sospecha nos absuelve de alguna manera de nuestras responsabilidades porque nos hace pensar que se esconde un secreto detrás de lo que nos preocupa, y que la ocultación de este secreto constituye un complot en contra de nosotros. Creer en el complot es un poco como creer que uno se cura por un milagro, salvo que en este caso no se intenta explicar una amenaza, sino un inexplicable golpe de suerte (véase Popper, su origen está siempre en el recurso a la mente de los dioses).
Lo bueno es que, en la vida cotidiana, no hay nada más transparente que el complot y el secreto. Un complot, si es eficaz, antes o después crea sus propios resultados y se vuelve evidente. Y lo mismo dígase del secreto, que no solo suele ser revelado por una serie de “gargantas profundas” sino, se refiera a lo que se refiera, si es importante antes o después sale a la luz. Complots y secretos, si no salen a la superficie, es que o eran complots torpes o eran secretos vacíos. La fuerza del que anuncia que posee un secreto no está en su ocultar algo, sino en hacer creer que hay un secreto. En ese sentido, secreto y complot pueden ser armas eficaces precisamente en las manos de los que no creen en ellos.
Georg Simmel, en su célebre ensayo sobre el secreto, recordaba que el secreto otorga al que lo posee una posición excepcional, puesto que es independiente de su contenido, mientras que, en cambio, resulta tanto más eficaz cuanto más vasta y significativa es su posesión exclusiva. Ante lo desconocido, el impulso natural a la idealización y el temor también natural del hombre cooperan con la misma finalidad: intensificar lo desconocido mediante la imaginación para considerarlo con una intensidad que no suele estar reservada a las realidades evidentes.
Consecuencia paradójica: detrás de cada falso complot, quizá se oculte siempre el complot de alguien que tiene todo el interés en presentárnoslo como verdadero. Y si no, preguntémosle al tal Scaramella, que se ha dedicado a jugar a agente secreto hasta que el polonio ha acabado con la vida de Alexander Litvinenko.
por APRA | May 10, 2016 | Pensamiento Crítico |
Todos, con excepción de los posmodernos, apreciamos la verdad, al punto de despreciar o aun castigar a los mentirosos. Pero al mismo tiempo todos sabemos que, fuera de la matemática, la exactitud es tan escurridiza como la justicia, la honestidad y el desinterés. Todos éstos son ideales a los que podemos y a los que debemos aproximarnos, aunque sin hacernos la ilusión de alcanzarlos siempre.
En efecto, acaso podamos acumular elementos de prueba en favor de una teoría física, biológica o sociológica, pero jamás podremos probarla concluyente y definitivamente, al modo en que se demuestran los teoremas matemáticos. Lo más a que podemos aspirar en las ciencias fácticas son verdades parciales o aproximadas, tales como «la Tierra es esférica» y «el precio de una mercancía es inversamente proporcional a su demanda».
El motivo de la diferencia es éste: las verdades matemáticas dependen solamente de las hipótesis y definiciones que se nos antoje estatuir, mientras que la verdad de los enunciados de hechos depende del mundo, que no es factura nuestra.
Por este motivo, el hallazgo de un gran número de ejemplos favorables a una hipótesis no excluye la posibilidad de que investigaciones ulteriores arrojen contraejemplos (excepciones). En otras palabras, un elevado grado de confirmación no garantiza la verdad de una proposición: sólo muestra que ella es plausible.
Esta dificultad para alcanzar verdades exactas y definitivas acerca del mundo real sugirió al célebre filósofo Karl Popper (1902-1994) que lo más que podemos pedir de una proposición referente a hechos es que resista las tentativas de falsarla.
Más precisamente, Popper propuso la falsabilidad como criterio de cientificidad: una proposición sería científica si y solamente si se pueden imaginar circunstancias en las que sería falsa. Por ejemplo, la hipótesis de que nuestro universo es uno de los tantos universos paralelos no es científica, porque no hay manera de entrar en contacto con los presuntos universos alternativos.
Según Popper, no habría un paraíso de enunciados fácticos: sólo existirían el infierno de falsedades y el purgatorio de las conjeturas por falsar. Esta doctrina suele llamarsa «falsacionismo». También podría llamársela «masoquismo gnoseológico», porque lo cierto es que los científicos procuran verdades, aunque sean aproximadas, y triunfan en la medida en que las encuentran.
Por ejemplo, siguiendo a Popper, la hipótesis de que la Tierra es chata habría sido científica antes del viaje de Magallanes, porque era falsable, ya que se podía imaginar un viaje alrededor del mundo. En mi opinión, no lo era, y esto por un motivo diferente: porque era incompatible con el grueso del saber científico de la época. En efecto, contradecía la suposición de la antigua astronomía griega, de que la Tierra es un cuerpo tan redondo como el resto de los cuerpos llamados celestes. La hipótesis de la Tierra chata era popular y estaba inscripta en la Biblia, pero los astrónomos sabían que era falsa mucho antes de Magallanes.
Diecisiete siglos antes de que la expedición de Magallanes diera la vuelta al mundo, el astrónomo griego Eratóstenes había calculado el diámetro de la Tierra. O sea, la tesis de la chatura de la Tierra no era científica porque era incompatible con el cuerpo del conocimiento científico de la época.
Creo que la falsabilidad no es necesaria ni suficiente para la cientificidad. En cambio, lo es lo que llamo coherencia externa, o compatibilidad con el grueso del conocimiento científico del día. La falsabilidad no es necesaria para la cientificidad, porque hay hipótesis científicas, tales como las de la existencia de ciertas cosas o procesos (p. ej., planetas extrasolares, ondas gravitatorias, células que emergen por autoensamble de compuestos químicos, etc.), que sólo son confirmables, pero en cambio son compatibles con el grueso de la ciencia.
Además, las hipótesis de alto nivel, tales como las de la mecánica cuántica y la biología molecular, no son testeables por sí mismas. Para someterlas a prueba hay que enriquecerlas con premisas que representan rasgos particulares del objeto estudiado. Además, es preciso «operacionalizarlas», o sea, traducir términos teóricos a términos empíricos (p. ej. transformar temperaturas en alturas de columnas termométricas).
La falsabilidad no es suficiente: hay hipótesis no científicas, tales como la determinación de la personalidad por los astros o por el entrenamiento de los esfínteres, que han sido refutadas hace tiempo. Pero ninguna de ellas es compatible con el grueso del conocimiento científico.
Además, la falsación no es más concluyente que la confirmación. En efecto, todos sabemos que hay errores de observación o de cálculo. Desgraciadamente, ni Popper ni los positivistas a quienes criticó tuvieron en cuenta los errores de distintos tipos que afectan a los datos empíricos. Por esto, Popper creyó que los hallazgos negativos son definitivos, y los positivistas afirmaron que los positivos sí lo son.
En rigor, el criterio popperiano de falsabilidad se aplica exclusivamente a las llamadas hipótesis nulas, de la forma «las variables A y B no están asociadas entre sí». En efecto, lo primero que hace el científico que se enfrenta a una de ellas es intentar falsarla. Si lo logra, o sea, si encuentra que A y B están relacionadas entre sí, procede a formular una hipótesis afirmativa y precisa, tal como «B es una función exponencial de A». Pero ni Popper ni sus discípulos se han ocupado de las hipótesis nulas, ni en general de la estadística.
Con todo, que una hipótesis sea infalsable en principio es una llamado de atención siempre y cuando no se presente junto con otras hipótesis o cuando sus laderos sirvan solamente para protegerla. Esto último pasa con la hipótesis freudiana de la represión, cuya única función es proteger a la fantasía edípica. («El que digas amar a tu padre refuerza mi sospecha de que lo odias: tu superyó ha reprimido tan fuertemente tu odio, que no te das cuenta»).
Un caso similar es la hipótesis de que todos procuramos maximizar nuestras utilidades esperadas. Si se aduce un contraejemplo, tal como el del fumador que al inhalar con placer se expone al cáncer o el de quien hace favores sin esperar recompensa, se le contesta: «¡Ah, pero es que el fumador y el altruista sienten placer, aunque el primero arriesgue su salud, y el segundo, su patrimonio!».
No hay, pues, manera de poner a prueba el postulado central de las teorías de la acción racional. Además, dicho postulado es incompatible con la economía experimental, que muestra que solemos evitar riesgos y contentarnos con ganancias razonables.
En conclusión, la falsabilidad es importante, porque controla la imaginación. Pero no lo es más que la congruencia con el grueso del conocimiento. En todo caso, los investigadores aspiran a confirmar sus teorías favoritas, no a falsarlas. El Premio Nobel nunca se concedió por falsar hipótesis. Análogamente, el labrador no se limita a desmalezar, sino que pone su mayor esfuerzo en cosechar algo comestible y vendible.
En resumen, la falsabilidad es deseable pero no es necesaria ni suficiente. Mucho más importantes son la confirmabilidad y la congruencia con el grueso del saber.
Publicado en 100 ideas (2006)
por APRA_ | May 10, 2016 | Nacionalismo, Pensamiento Crítico |
Por: Carl Sagan
De “El Mundo y sus Demonios”
CAPÍTULO 25
LOS VERDADEROS PATRIOTAS HACEN PREGUNTAS
Escrito con Ann Druyan.
No es función de nuestro gobierno impedir que el ciudadano cometa un error; es función del ciudadano , impedir que el gobierno cometa un error.
Corte Suprema de Justicia de EstadosUnidos, ROBERT H. JACKSON,1950
Es un hecho de la vida en nuestro pequeño planeta asediado que la tortura, el hambre y la irresponsabilidad criminal gubernamental son mucho más fáciles de encontrar en gobiernos tiránicos que en los democráticos. ¿Porqué? Porque los gobernantes de los segundos tienen muchas más probabilidades de ser echados del cargo por sus errores que los de losprimeros. Es un mecanismo de corrección de errores en política.Los métodos de la ciencia —con todas sus imperfecciones— se pueden usar para mejorar los sistemas sociales, políticos y económicos, y creo que eso es cierto cualquiera que sea el criterio de mejora que se adopte.¿Cómo puede ser así si la ciencia se basa en el experimento? Los humanos no son electrones o ratas de laboratorio. Pero todas las actas del Congreso, todasl as decisiones del Tribunal Supremo, todas las directrices presidenciales de seguridad nacional, todos los cambios en el tipo de interés son unexperimento. Cualquier cambio en política económica, el aumento o reducción de financiación del programa Head Start, el endurecimiento de lassentencias penales, es un experimento. Establecer el cambio de jeringuillas usadas, poner condones a disposición del público o despenalizar la marihuanason experimentos. No hacer nada para ayudar a Abisinia contra Italia, o paraimpedir que la Alemania nazi invadiera la tierra del Rin, fue un experimento.El comunismo en la Europa del Este, la Unión Soviética y China fue unexperimento. La privatización de la atención de la salud mental o de lascárceles es un experimento. La considerable inversión de Japón y Alemania Occidental en ciencia y tecnología y casi nada en defensa —y como resultado el auge de sus economías— fue un experimento. En Seattle era posible comprar pistolas para autoprotección, pero no en el cercano Vancouver, en Canadá; los asesinatos con pistola son cinco veces más comunes y la tasa desuicidio con pistola diez veces mayor en Seattle: las pistolas facilitan el asesinato impulsivo. Eso también es un experimento. En casi todos esos casos no se realizan experimentos de control adecuados, o las variables no stán suficientemente separadas. Sin embargo, hasta cierto grado a menudo útil, las ideas políticas se pueden probar. Sería una gran pérdida ignorar losresultados de los experimentos sociales porque parecen ideológicamente desagradables.No hay ninguna nación en la Tierra que se encuentre en condiciones óptimas para encarar el siglo XXI. Nos enfrentamos a abundantes .Como no hay una teoría deductiva de la organización social, nuestro único recurso es el experimento científico: poner a prueba a veces a pequeña escala(comunidad, ciudad y a nivel estatal, por ejemplo) una amplia serie de alternativas. Uno de los beneficios del cargo de primer ministro en China en el siglo V a. J.C. era que podía construir un Estado modelo en su distrito o provincia natal. El principal fracaso de la vida de Confucio, según lamentaba revela que los humanos tenemos una triste tendencia a cometer los mismos errores una y otra vez.Nos dan miedo los extraños o cualquiera que sea un poco diferente de nosotros. Cuando nos asustamos, nos ponemos a empujar a la gente de nuestro alrededor. Tenemos resortes fácilmente accesibles que liberan poderosas emociones cuando se pulsan. Podemos ser manipulados hasta el más profundo sinsentido por políticos inteligentes. Se nos presenta el tipo de líder correcto y, como los pacientes más sugestionables de los hipnoterapeutas, haremos gustosamente todo lo que él quiera… hasta cosas que sabemos que son erróneas. Los redactores de la Constitución eran estudiantes de historia. Conscientes de la condición humana, intentaron inventar un medio para mantenernos libres a pesar de nosotros mismos.Los que se oponían a la Constitución de Estados Unidos insistían enque nunca funcionaría; que era imposible una forma de gobierno republicanoque abarcara una tierra con «climas, economías, morales, políticas y pueblos tan distintos», como dijo el gobernador George Clinton de Nueva York; que un gobierno y una Constitución así, como declaró Patrick Henry de Virginia,«contradicen toda la experiencia del mundo». De todos modos, se intentó el experimento.Los descubrimientos y las actitudes científicas eran comunes entre losque inventaron a Estados Unidos. La autoridad suprema, por encima decualquier opinión personal, libro o revelación —como dice la Declaración de la Independencia— eran «las leyes de la naturaleza y del Dios de la naturaleza». Benjamín Frankiin era venerado en Europa y América como fundador del nuevo campo de la física eléctrica. En la ConvenciónConstitucional de 1789, John Adams apeló repetidamente a la analogía delequilibrio mecánico en las máquinas; otros al descubrimiento de WilliamHarvey de la circulación de la sangre. Adams, más adelante, escribió: «Todoslos humanos son químicos de la cuna a la tumba… El Universo Material es un experimento químico.» James Madison utilizó metáforas químicas y biológicas en The Federalist Papers. Los revolucionarios americanos eran criaturas de la Ilustración europea, que proporciona unos antecedentes esenciales para entender los orígenes y el propósito de Estados Unidos.«La ciencia y sus corolarios filosóficos», escribía el historiador americano Clinton Rossiter,fueron quizá la fuerza intelectual más importante en la formación deldestino de la América del siglo XVIII… Franklin era sólo uno entre un gran número de colonos con visión de futuro que reconocieron la relación del método científico con el procedimiento democrático. Investigación libre,intercambio libre de información, optimismo, autocrítica, pragmatismo,objetividad… todos esos ingredientes de la república en ciernes estaban ya en vigor en la república de la ciencia que floreció en el siglo XVIII.
—ooo—
Thomas Jefferson era un científico. Así es como se definía él mismo.Cuando uno visita su casa en Monticello, Virginia, sólo atravesar el portal encuentra pruebas por doquier de su interés científico, no sólo en su inmensa y variada biblioteca, sino en las máquinas copiadoras, puertas automáticas, telescopios y otros instrumentos, algunos de ellos justo en el filo de la tecnología de principios del siglo XIX. Algunos los inventó, otros los copió,otros los adquirió. Comparó las plantas y los animales de América y Europa,descubrió fósiles, utilizó el cálculo en el diseño de un nuevo arado. Dominó la física newtoniana. La naturaleza le destinaba, según decía él, a ser científico, pero no existía la oportunidad de dedicarse a la ciencia en la Virginia prerrevolucionaria. Necesidades más apremiantes pasaron a primer plano. Se metió de lleno en los acontecimientos históricos que se sucedían asu alrededor. Una vez alcanzada la independencia, decía, las siguientesgeneraciones podrían dedicarse a la ciencia y el academicismo.Jefferson fue uno de mis primeros héroes, no por sus intereses científicos (aunque le ayudaron mucho a moldear su filosofía política) sino porque él, casi más que nadie, fue responsable de la extensión de lademocracia por todo el mundo. La idea —asombrosa, radical y revolucionaria en la época (en muchos lugares del mundo todavía lo es)— es que ni los reyes, ni los curas, ni los alcaldes de grandes ciudades, ni los dictadores, ni una camarilla militar, ni una conspiración de facto de gente rica, sino la gente ordinaria, en trabajo conjunto, deben gobernar las naciones.Jefferson no fue sólo un teórico importante de esta causa; estuvo involucradoen ella en el aspecto más práctico, ayudando a plasmar el gran experimento político americano que ha sido admirado y emulado en todo el mundo desdeentonces.Murió en Monticello el 4 de julio de 1826, exactamente cincuenta años después del día que las colonias emitieron aquel documento sensacional,escrito por Jefferson, llamado Declaración de Independencia. Fue denunciado por conservadores de todo el mundo: la monarquía, la aristocracia y lareligión avalada por el Estado… eso era lo que defendían entonces losconservadores. En una carta compuesta unos días antes de su muerte, escribióque la «luz de la ciencia» había demostrado que «la masa de la humanidad no ha nacido con la silla de montar a la espalda», y que tampoco unos pocos privilegiados nacían «con botas y espuelas». Había escrito en la Declaraciónde Independencia que todos debemos tener las mismas oportunidades, los mismos derechos «inalienables». Y aunque la definición de «todos» en 1776 era vergonzosamente incompleta, el espíritu de la Declaración era lo bastantegeneroso como para que hoy en día el «todos» abarque mucho más.Jefferson era un estudioso de la historia, no sólo la historiaacomodaticia y segura que alaba nuestra propia época, país o grupo étnico,sino la historia real de los humanos reales, nuestras debilidades además denuestras fuerzas. La historia le enseñó que los ricos y poderosos roban yoprimen si tienen la más mínima oportunidad. Describió los gobiernos de Europa, a los que pudo contemplar con sus propios ojos como embajador americano en Francia. Decía que bajo la pretensión de gobierno, habíandividido a sus naciones en dos clases: lobos y ovejas. Jefferson enseñó que todo gobierno se degenera cuando se deja solos a los gobernantes, porque éstos —por el mero hecho de gobernar— hacen mal uso de la confianza pública. El pueblo en sí, decía, es la única fuente prudente de poder. Pero le preocupaba que el pueblo —y el argumento se encuentra ya enTucídides y Aristóteles— se dejase engañar fácilmente. Por eso defendía políticas de seguridad, de salvaguardia. Una era la separación constitucional de los poderes; de ese modo, varios grupos que defendieran sus propiosintereses egoístas se equilibrarían unos a otros e impedirían que ninguno de ellos acabase con el país: las ramas ejecutiva, legislativa y judicial; la Cámarade Representantes y el Senado; los estados y el gobierno federal. También subrayó, apasionada y repetidamente, que era esencial que el pueblo entendiera los riesgos y beneficios del gobierno, que se educara e implicara en el proceso político. Sin él, decía, los lobos lo engullirían todo. Así lo expresó en Notas sobre Virginia, subrayando que es fácil para los poderosos y sin escrúpulos encontrar zonas de explotación vulnerables:En todo gobierno sobre la tierra hay algún rastro de debilidad humana, algún germen de corrupción y degeneración que la astucia descubrirá y la malicia abrirá, cultivará y mejorará de manera imperceptible. Todo gobierno degenera cuando se confía sólo a los gobernantes del pueblo. El propio pueblo es portanto el único depositario seguro. Y, para que tenga seguridad, debe cultivarse el pensamiento…Jefferson tuvo poco que ver con la redacción final de la Constitución de Estados Unidos; cuando se estaba gestando, él ocupaba el cargo de embajador americano en Francia. Le satisfizo la lectura del documento, con dos reservas. Una deficiencia: no se ponía límite al número de períodos que podía gobernar un presidente. Eso, temía Jefferson, propiciaba que un presidente se convirtiera en rey de facto, si no legalmente. La otra gran deficiencia era la ausencia de una declaración de derechos. El ciudadano —la persona media— no estaba bastante protegida, pensaba Jefferson, de los inevitables abusos de poder de los que lo ejercen.Defendió la libertad de expresión, en parte para que se pudieran expresar incluso las opiniones más impopulares con el fin de poder ofrecer aconsideración desviaciones de la sabiduría convencional. Personalmente era un hombre de lo más amistoso, poco dispuesto a criticar ni siquiera a sus enemigos más encarnizados. En el vestíbulo de Monticello exhibía un busto de su archiadversario Alexander Hamilton. A pesar de todo, creía que el hábito del escepticismo era un requisito esencial para una ciudadanía responsable. Argüía que el coste de la educación es trivial comparado con el coste de la ignorancia, de dejar el gobierno a los lobos. Creía que el país sólo está seguro cuando gobierna el pueblo.Parte de la obligación del ciudadano es no dejarse intimidar ni resignarse al conformismo. Desearía que el juramento de ciudadanía que se toma a los inmigrantes, y la oración que los estudiantes recitan diariamente incluyera algo así como: «Prometo cuestionar todo lo que me digan mis líderes.» Sería un equivalente real del argumento de Thomas Jefferson.«Prometo utilizar mis facultades críticas. Prometo desarrollar miindependencia de pensamiento. Prometo educarme para poder hacer mi propia valoración.»También me gustaría que se jurase la lealtad a la Constitución y laDeclaración de Derechos, como hace el presidente al jurar el cargo, en lugar de a la bandera y la nación.Si pensamos en los fundadores de Estados Unidos —Jefferson,Washington, Samuel y John Adams, Madison y Monroe, Benjamín Frankiin,Tom Paine y muchos otros—, nos encontramos con una lista de al menos diez y puede que incluso docenas de grandes líderes políticos. Eran cultos.Siendo productos de la Ilustración europea, eran estudiosos de la historia.Conocían la falibilidad, debilidad y corrupción humanas. Hablaban el inglés con fluidez. Escribían sus propios discursos. Eran realistas y prácticos y, al mismo tiempo, estaban motivados por altos principios. No tenían quecomprobar las encuestas para saber qué pensar aquella semana. Sabían qué pensar. Se sentían cómodos pensando a largo plazo, planificando incluso másallá de la siguiente elección. Eran autosuficientes, no necesitaban una carrerade políticos ni formar grupos de presión para ganarse la vida. Eran capaces desacar lo mejor que había en nosotros. Les interesaba la ciencia y, al menosdos de ellos, la dominaban. Intentaron trazar un camino para Estados Unidoshasta un futuro lejano, no tanto estableciendo leyes como fijando los límitesdel tipo de leyes que se podían aprobar.La Constitución y su Declaración de Derechos han resultado francamente buenas y, a pesar de la debilidad humana, han constituido una máquina capaz, casi siempre, de corregir su propia trayectoria.En aquella época había sólo dos millones y medio de ciudadanos de Estados Unidos. Hoy somos unas cien veces más. Es decir, si entonces había diez personas del calibre de Thomas Jefferson, ahora debería haber 10 x 100= 1000 Thomas Jefferson. ¿Dónde están?
—ooo—
Una razón por la que la Constitución es un documento osado y valiente es que permite el cambio continuo, hasta de la forma de gobierno, si el pueblo lo desea. Como nadie dispone de la sabiduría suficiente para prever qué ideas responderán a las necesidades sociales más apremiantes —aunque sean contrarias a la intuición y hayan causado preocupación en el pasado—este documento intenta garantizar la expresión más plena y libre de lasopiniones.Desde luego, eso tiene un precio. La mayoría de nosotros defendemos la libertad de expresión cuando vemos un peligro de que se supriman nuestras opiniones. Sin embargo, no nos preocupa tanto cuando opiniones que despreciamos encuentran de vez en cuando un poco de censura. Pero, dentro de ciertas circunstancias estrechamente circunscritas —el famoso ejemplo del juez de paz Oliver Wendell Holmes era crear el pánico gritando «fuego» en un teatro lleno sin ser verdad—, se permiten grandes libertades en EstadosUnidos.• Los coleccionistas de armas tienen la libertad de utilizar retratos delpresidente del Tribunal Supremo, el portavoz del Congreso o el director del FBI para sus prácticas de tiro; los ciudadanos que ven ofendida su mentalidad cívica tienen libertad de quemar la efigie del presidente de Estados Unidos.• Aunque se burlen de los valores judeo-cristianos-islámicos, aunque ridiculicen todo lo que para nosotros es más sagrado, los adoradores del mal(si es que existen) tienen derecho a practicar su religión, siempre que noinfrinjan ninguna ley constitucional en vigor.• El gobierno no puede censurar un artículo científico o un libro popular que pretenda afirmar la «superioridad» de una raza sobre otra, por muy pernicioso que sea; el remedio para un argumento falaz es un argumento mejor, no la supresión de la idea.• Grupos e individuos tienen libertad de denunciar que una conspiración judía o masónica domina el mundo, o que el gobierno federal está aliado con el diablo.• Un individuo, si lo desea, puede ensalzar la vida y la política de asesinos demasas tan indiscutibles como Adolf Hitler, Iósiv Stalin y Mao Zedong. Hasta las opiniones más detestables tienen derecho a ser oídas.El sistema fundado por Jefferson, Madison y sus colegas ofrece medios de expresión a personas que no comprenden su origen y desearían sustituirlo por otro muy diferente. Por ejemplo, Tom Clark, fiscal general y,como tal, el principal defensor de la ley de Estados Unidos, ofreció esta sugerencia en 1948: «No se debería permitir a los que no creen en laideología de Estados Unidos quedarse en Estados Unidos». Pero sí hay una ideología clave y característica de la ideología de los Estados Unidos es que no hay ideologías obligatorias ni prohibidas. Algunos casos más recientes:John Brockhoeft, encarcelado por haber puesto una bomba en una clínicaabortiva de Cincinnati, escribió, en una carta a una revista «pro vida»:Soy un fundamentalista de mente estrecha, intolerante, reaccionario, defensorde la Biblia… fanático donde los haya…
La razón por la que Estados Unidos fue en otros tiempos una gran nación, además de haber sido bendecida por Dios, es porque se basaba en la verdad, la justicia y la estrechez de miras.
Randall Terry, fundador de «Operation Rescue», una organización que bloquea las clínicas donde se practican abortos, dijo a una congregación en agosto de 1993:
Dejad que os bañe una ola de intolerancia… Sí, odiar es bueno… Nuestro objetivo es una nación cristiana… Dios nos ha llamado para conquistar este país… No queremos pluralismo.
La expresión de estas opiniones está protegida, como es de rigor, por laDeclaración de Derechos, aunque los protegidos la abolirían si tuvieran ocasión. La protección que tenemos los demás es utilizar la misma Declaración de Derechos para transmitir a todos los ciudadanos lo indispensable que es.¿Qué manera de protegerse a sí mismas contra la falibilidad humana,qué mecanismo de protección ante el error ofrecen esas doctrinas einstituciones alternativas? ¿Un líder infalible? ¿Raza? ¿Nacionalismo? ¿Una ruptura general con la civilización, excepto por los explosivos y armas automáticas? ¿Cómo pueden estar seguras… especialmente en la oscuridad del siglo xx? ¿No necesitan velas?
En su celebrado librito Sobre la libertad, el filósofo inglés John StuartMill defendía que silenciar una opinión es «un mal peculiar». Si la opinión esbuena, se nos arrebata la «oportunidad de cambiar el error por la verdad»; y,si es mala, se nos priva de una comprensión más profunda de la verdad en«su colisión con el error».
Si sólo conocemos nuestra versión del argumento,apenas sabemos siquiera eso; se vuelve insulsa, pronto aprendida de memoria, sin comprobación, una verdad pálida y sin vida.Mill también escribió: «Si la sociedad permite que un número considerable de sus miembros crezcan como si fueran niños, incapaces deguiarse por la consideración racional de motivos distantes, la propia sociedad es culpable.» Jefferson exponía lo mismo aún con mayor fuerza: «Si una nación espera ser ignorante y libre en un estado de civilización, espera lo que nunca fue y lo que nunca será.» En una carta a Madison, abundó en la idea:«Una sociedad que cambia un poco de libertad por un poco de orden los perderá ambos y no merecerá ninguno.»Hay gente que, cuando se le ha permitido escuchar opiniones alternativas y someterse a un debate sustancial, ha cambiado de opinión.Puede ocurrir. Por ejemplo, Hugo Black, en su juventud, era miembro del KuKlux Klan; más tarde se convirtió en juez del Tribunal Supremo y fue uno de los defensores de las históricas decisiones del tribunal basadas en parte en la XIV Enmienda a la Constitución que afirmaron los derechos civiles de todoslos americanos. Se decía de él que, de joven, se puso túnicas blancas para asustar a los negros y, de mayor, se vistió con túnicas negras para asustar alos blancos.En asuntos de justicia penal, la Declaración de Derechos reconoce la tentación que puede sentir la policía, fiscales y magistratura de intimidar a los testigos y acelerar el castigo. El sistema de justicia penal es falible: se puede castigar a personas inocentes por delitos que no cometieron; los gobiernos son perfectamente capaces de encerrar a los que, por razones no relacionadascon la suposición de delito, no le gustan. Así, la Declaración de Derechos protege a los acusados. Se hace una especie de análisis de costo-beneficio. A veces puede liberarse al culpable para que el inocente no sea castigado. Eso no es sólo una virtud moral; también impide que se use el sistema de justicia penal para suprimir opiniones impopulares o minorías despreciadas. Es parte de la maquinaria de corrección de errores.Las ideas nuevas, los inventos y la creatividad en general son siempre la punta de lanza de un tipo de libertad: una rotura de limitaciones yobstáculos. La libertad es un requisito previo para continuar el delicadoexperimento de la ciencia —razón por la que la Unión Soviética no podía seguir siendo un Estado totalitario para ser tecnológicamente competitiva—.Al mismo tiempo, la ciencia —o más bien su delicada mezcla de apertura y escepticismo, y su promoción de la diversidad y el debate— es un requisito previo para continuar el delicado experimento de la libertad en una sociedad industrial y altamente tecnológica.Una vez cuestionada la insistencia religiosa en la opinión dominantede que la Tierra estaba en el centro del universo, ¿por qué aceptar las afirmaciones repetidas con confianza por los jefes religiosos de que Dios envió a los reyes para que nos gobernaran? En el siglo XVII, era fácil fustigara los tribunales ingleses y coloniales y lanzarlos con frenesí contra talimpiedad o herejía. Estaban dispuestos a torturar a la gente hasta la muerte por sus creencias. A finales del siglo XVIII, no estaban tan seguros.Rossiter de nuevo (de Siembra de la República, 1953):Bajo la presión del entorno americano, el cristianismo se hizo más humanista y templado, más tolerante con la lucha de las sectas, más liberal con el crecimiento del optimismo y racionalismo, más experimental con el ascenso de la ciencia, más individualista con la llegada de la democracia. Y lo que es igual de importante, un número cada vez mayor de colonos, como lamentaba en voz alta una legión de predicadores, estaba adquiriendo una curiosidad secular y una actitud escéptica.La Declaración de Derechos separó a la religión del Estado, en parte porque muchas religiones estaban sumergidas en un marco de pensamiento absolutista, convencida cada una de ellas de que sólo ella tenía el monopoliode la verdad y deseosa en consecuencia de que el Estado impusiera esta verdad a los demás. Los líderes y practicantes de las religiones absolutistas solían ser incapaces de percibir un terreno medio o reconocer que la verdadpodía inspirar y abrazar doctrinas aparentemente contradictorias.Los formuladores de la Declaración de Derechos tenían ante sus ojos el ejemplo de Inglaterra, donde el delito eclesiástico de herejía y el secular detraición se habían vuelto casi indistinguibles. Muchos de los primeros colonos habían llegado a América huyendo de la persecución religiosa, aunque algunos de ellos no tenían ningún reparo en perseguir a otros por sus creencias. Los fundadores de nuestra nación reconocieron que una relación estrecha entre el gobierno y cualquiera de las religiones belicosas sería fatal para la libertad… y perjudicial para la religión. El juez Black (en la decisióndel Tribunal Supremo Engel V. Vítale, 1962) describió la cláusula deestablecimiento de la Primera Enmienda de ese modo:Su primer propósito y más inmediato radicaba en la creencia de que una unión de gobierno y religión tiende a destruir el gobierno y a degradar la religión.Además, aquí también funciona la separación de poderes. Cada secta y culto,como apuntó en una ocasión Walter Savage Landor, es una comprobación moral de las otras: «La competencia es tan sana en religión como en el comercio.» Pero el precio es alto: esta competencia es un impedimento para las instituciones religiosas que actúan en concierto para dirigir el bien común. Rossiter concluye:Las doctrinas gemelas de la separación de Iglesia y Estado y la libertad de conciencia individual son el meollo de nuestra democracia, si no ciertamente la contribución más majestuosa de Estados Unidos a la liberación del hombre occidental.Pero no sirve de nada tener esos derechos si no se usan: el derecho delibre expresión cuando nadie contradice al gobierno, la libertad de prensacuando nadie está dispuesto a formular las preguntas importantes, el derecho de reunión cuando no hay protesta, el sufragio universal cuando vota menos de la mitad del electorado, la separación de la Iglesia y el Estado cuando no se repara regularmente el muro que los separa. Por falta de uso, pueden llegara convertirse en poco más que objetos votivos, pura palabrería patriótica. Losderechos y las libertades o se usan o se pierden.Gracias a la previsión de los que formularon la Declaración de Derechos —e incluso gracias a todos aquellos que, con un riesgo personal considerable, insistieron en ejercer esos derechos— ahora es difícil acallar la libre expresión. Los comités de bibliotecas escolares, el servicio de inmigración, la policía, el FBI —o el político ambicioso que busca ganar votos fáciles— pueden intentarlo de vez en cuando, pero tarde o temprano salta el tapón. La Constitución, al fin y al cabo, es la ley de la tierra, los cargos públicos juran respetarla, y los activistas y tribunales la ponen a prueba de manera periódica.Sin embargo, con el descenso del nivel de la educación, la decadencia de la competencia intelectual, la disminución del entusiasmo por un debate sustancial y la sanción social contra el escepticismo, nuestras libertades pueden irse erosionando lentamente y nuestros derechos quedar subvertidos.Los fundadores lo entendieron muy bien: «El momento de establecer todos los derechos esenciales sobre una base legal es ahora, cuando nuestros gobernantes son honestos y nosotros estamos unidos», dijo Thomas Jefferson.
Cuando concluya esta guerra [revolucionaria], nuestro camino será cuesta abajo. Entonces no será necesario recurrir en todo momento al pueblo para buscar apoyo. En consecuencia, lo olvidarán y se ignorarán sus derechos. Se olvidarán de ellos mismos excepto en la facultad de ganar dinero y nunca pensarán en unirse para prestar el respeto debido a sus derechos. Así pues, los grilletes, que no serán destruidos a la conclusión de esta guerra, permaneceránlargo tiempo sobre nosotros y se irán haciendo cada vez más pesados hasta que nuestros derechos renazcan o expiren en una convulsión.
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La educación sobre el valor de la libre expresión y las demás libertades que garantiza la Declaración de Derechos, sobre lo que ocurre cuando no se tienen y sobre cómo ejercerlas y protegerlas, debería ser un requisito esencial para ser ciudadano americano o, en realidad, ciudadano de cualquier nación, con más razón cuando estos derechos están desprotegidos.Si no podemos pensar por nosotros mismos, si somos incapaces de cuestionarla autoridad, somos pura masilla en manos de los que ejercen el poder. Pero si los ciudadanos reciben una educación y forman sus propias opiniones, los que están en el poder trabajan para nosotros. En todos los países se debería enseñar a los niños el método científico y las razones para la existencia de una Declaración de Derechos. Con ello se adquiere cierta decencia, humildad y espíritu de comunidad. En este mundo poseído por demonios que habitamos en virtud de seres humanos, quizá sea eso lo único que nos aisla de la oscuridad que nos rodea.
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