Por: Osvaldo Meza.
¿Por qué algunas personas continúan creyendo incluso cuando una profecía fracasa de manera evidente? A partir del clásico libro Cuando falla la profecía, de Leon Festinger, este artículo explora la relación entre religión, profecías incumplidas y disonancia cognitiva.
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Religión, profecías y el anuncio del fin.
La cultura occidental está moldeada, queramos o no, por la tradición judeocristiana. No sorprende que políticos, líderes y otros actores sociales matizan constantemente sus discursos con palabras como Dios, ángeles, destino o fe. Son parte del ruido de fondo cultural en el que nos desenvolvemos.
Aunque este trasfondo religioso nos resulta familiar, cada cierto tiempo adquieren relevancia grupos que buscan diferenciarse mediante un proselitismo insistente y un mensaje de urgencia.
Desde el cisma protestante del siglo XVI, el cristianismo no ha dejado de fragmentarse en innumerables ramas: algunas efímeras y otras permanentes. Estas últimas suelen compartir ciertas creencias fundamentales —la infalibilidad de la Biblia, la existencia de un Dios omnipresente, omnisciente y omnibenevolente, que interviene activamente en la historia humana—, pero también incorporan interpretaciones particulares sujetas a cambios y actualizaciones según la realidad de cada época.
Desde finales del siglo XX y durante las primeras décadas del actual, se ha observado una proliferación de movimientos religiosos cuya característica principal es anunciar un acontecimiento trascendental que cambiará para siempre el curso de la humanidad.
Algunos de estos grupos basan sus creencias en los relatos bíblicos tradicionales: Jesús regresará para juzgar a justos y pecadores, su llegada es inminente y conviene prepararse para la destrucción de unos y la salvación eterna de otros. Son las llamadas “religiones o sectas milenaristas”.
Junto a ellas, y en el marco de un interesante eclecticismo que mezcla elementos cristianos con ideas de la Nueva Era, surgieron otros grupos inspirados por el fenómeno OVNI de finales de la década de 1940: las llamadas “sectas platillistas”.
Después de todo, la diferencia entre una religión establecida y una secta parece ser, muchas veces, una cuestión de números. No debemos olvidar que el cristianismo fue considerado por muchos una secta judía durante sus primeros años.
Aunque la estética de estos movimientos es distinta —los seres divinos son reemplazados por extraterrestres altamente evolucionados que viajan en naves interestelares y poseen conocimientos superiores—, la estructura fundamental es la misma: existe una profecía cuyo cumplimiento es inevitable y que exige una respuesta inmediata de los creyentes.
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El problema de las profecías incumplidas.
A lo largo de los siglos hemos visto surgir y desaparecer numerosos movimientos de este tipo. Lo que todavía no hemos visto es la segunda venida de Cristo ni la llegada de seres extraterrestres para rescatar a la humanidad en medio de cataclismos globales.
Según el relato bíblico, Jesucristo se despidió de sus discípulos con una promesa sencilla y contundente:
Vuelvo pronto.
(Apocalipsis 22:7)
Se trata de una despedida, pero también de una profecía. Si tomamos las palabras en su sentido más directo, resulta evidente que la promesa no se cumplió. Han transcurrido casi dos mil años y el acontecimiento anunciado nunca ocurrió.
Por supuesto, siempre es posible recurrir a interpretaciones simbólicas o redefinir el significado de la palabra “pronto”, pero hacerlo implica introducir matices que relativizan la afirmación original.
Pese al incumplimiento de la profecía, muchos de estos movimientos no solo sobrevivieron al paso del tiempo, sino que prosperaron.
Este fenómeno llamó la atención del psicólogo social Leon Festinger, quien junto con varios colaboradores lo estudió en un libro que se convertiría en un clásico: When Prophecy Fails (Cuando falla la profecía), publicado en 1956.
La obra introdujo y popularizó el concepto de disonancia cognitiva, proporcionando un nombre para un fenómeno tan antiguo como vigente.
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El cristianismo primitivo como movimiento milenarista.
Resulta interesante recordar que el cristianismo primitivo también fue, en esencia, un movimiento milenarista.
El apóstol Pablo predicaba la inminente segunda venida de Cristo. El tono de urgencia presente en sus cartas deja poco margen para interpretaciones:
Os decimos esto como Palabra del Señor: nosotros, los que vivamos, los que quedemos hasta la Venida del Señor, no nos adelantaremos a los que murieron. El Señor mismo, a la orden dada por la voz de un arcángel y por la trompeta de Dios, bajará del cielo, y los que murieron en Cristo resucitarán en primer lugar. Después seremos arrebatados en nubes, junto con ellos, al encuentro del Señor en los aires, y así estaremos siempre con el Señor.
(1 Tesalonicenses 4:15-17)
Conviene recordar que estas palabras fueron escritas en el siglo I.
Con el paso de los siglos, tanto la Iglesia católica como muchas denominaciones protestantes reinterpretaron estos textos. Aquello que inicialmente parecía una expectativa inmediata terminó desplazándose hacia interpretaciones espirituales, simbólicas o escatológicas mucho más abstractas.
La profecía falló, pero la institución permaneció.
Amparada en la tradición y en una continuidad histórica de casi dos milenios, la Iglesia católica ha desarrollado marcos teológicos que permiten integrar estas dificultades sin poner en riesgo la estructura de la fe. Para quien nace inmerso en ese universo de creencias, el problema suele perder relevancia.
La pregunta se vuelve más interesante cuando se aplica a grupos religiosos recientes que reclutan adeptos mediante mensajes de urgencia y anuncian que el fin del mundo llegará en una fecha determinada.
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¿Qué es la disonancia cognitiva?
El concepto central desarrollado por Festinger puede definirse como el malestar psicológico que surge cuando mantenemos ideas incompatibles entre sí o cuando la realidad contradice nuestras convicciones más profundas.
Esa tensión interna nos impulsa a buscar explicaciones que restauren la coherencia mental. En ocasiones, ello implica reinterpretar los hechos, ignorar información incómoda o reforzar aún más las creencias previas.
El libro comienza con una observación particularmente reveladora:
Supongamos que un individuo cree en algo con todo su corazón; supongamos, además, que está comprometido con esta creencia y que ha tomado medidas irrevocables debido a ella; finalmente, supongamos que se le presentan pruebas inequívocas e innegables de que su creencia es errónea. ¿Qué ocurrirá? Con frecuencia, el individuo emergerá no solo firme, sino incluso más convencido que nunca de la verdad de sus creencias.
Esta idea constituye el núcleo de toda la investigación.
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Las cinco condiciones para que una creencia sobreviva a la evidencia.
Según Festinger, deben darse cinco condiciones para que una profecía fallida no provoque el abandono inmediato de la creencia:
1. Convicción profunda
La creencia debe sostenerse con firmeza y tener consecuencias prácticas para la conducta.
2. Compromiso personal
El creyente debe haber realizado acciones importantes en función de esa creencia, generando un fuerte compromiso con ella.
3. Posibilidad de refutación
La creencia debe ser lo suficientemente específica como para poder ser contrastada con la realidad.
4. Evidencia contradictoria
Debe producirse una evidencia clara e innegable que contradiga la creencia.
5. Apoyo social
El creyente debe contar con una comunidad que refuerce la interpretación compartida de los hechos.
Cuando estas cinco condiciones coinciden, la refutación puede fortalecer la creencia en lugar de destruirla.
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Marian Keech y las sectas platillistas.
Tras revisar diversos movimientos mesiánicos de la historia —entre ellos los montanistas del siglo II, los anabaptistas del siglo XVI y el movimiento liderado por Sabbatai Zevi en el siglo XVII—, Festinger dedica la mayor parte de su libro al caso de Marian Keech.
Keech era una mujer de Lake City, Estados Unidos, que afirmaba recibir mensajes de entidades superiores desde septiembre de 1954.
Según sus revelaciones, el mundo sería destruido el 21 de diciembre de ese mismo año.
Festinger logró infiltrar observadores dentro del grupo, lo que permitió documentar de primera mano las expectativas, los sacrificios realizados por los creyentes y los acontecimientos que rodearon la fecha profetizada.
Los miembros más comprometidos esperaban ser rescatados por una nave espacial antes del cataclismo que acabaría con la humanidad.
Naturalmente, el día llegó y nada ocurrió.
Lo verdaderamente interesante no fue el fracaso de la profecía, sino la reacción de quienes habían apostado todo por ella. Lejos de abandonar sus creencias, muchos reinterpretaron los acontecimientos y reforzaron su compromiso con el movimiento.
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Una ausencia llamativa.
Como nota personal, me sorprendió que el libro no dedicara atención alguna a los Testigos de Jehová, quienes realizaron varias predicciones fallidas relacionadas con el fin del mundo, especialmente en 1914, 1925 y 1975.
Se trata de un caso que encaja perfectamente dentro del marco teórico desarrollado por Festinger y que merecería un análisis propio.
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Conclusión.
Más allá del ámbito religioso, Cuando falla la profecía ofrece una valiosa reflexión sobre la forma en que los seres humanos reaccionamos cuando la realidad contradice nuestras convicciones más profundas.
La obra demuestra que la evidencia, por sí sola, no siempre basta para modificar una creencia. Cuando una idea está ligada a la identidad personal, a sacrificios previos y al apoyo de una comunidad, el fracaso de una profecía puede producir un efecto paradójico: reforzar la fe en lugar de debilitarla.
Para cualquier persona interesada en la psicología, la religión o el comportamiento humano, sigue siendo una lectura imprescindible setenta años después de su publicación.

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