por APRA | May 10, 2016 | Pensamiento Crítico |
Por: Carl Sagan
De “El Mundo y sus Demonios”
Dos hombres llegaron a un agüeroen el cielo. Uno le pidió al otroque le ayudara a subir…Pero el cielo era tan bonito que el hombreque miraba por encima del margen;lo olvidó todo, olvidó a su compañero alque había prometido ayudar y salió corriendo hacia todo el esplendor del cielo.De un poema en prosa inuit iglülikde principios del siglo XX,contado por Inugpasugjuka Knud Rasmussen,el explorador ártico de Groenlandia
Yo fui niño en una época de esperanza. Quise ser científico desde mis primeros días de escuela. El momento en que cristalizó mi deseo llegó cuando capté por primera vez que las estrellas eran soles poderosos, cuando constaté lo increíblemente lejos que debían de estar para aparecer como simples puntos de luz en el cielo. No estoy seguro de que entonces supiera siquiera el significado de la palabra «ciencia», pero de alguna manera quería sumergirme en toda su grandeza. Me llamaba la atención el esplendor del universo, me fascinaba la perspectiva de comprender cómo funcionan realmente las cosas, de ayudar a descubrir misterios profundos, de explorar nuevos mundos… quizá incluso literalmente. He tenido la suerte de haber podido realizar este sueño al menos en parte. Para mí, el romanticismo de la ciencia sigue siendo tan atractivo y nuevo como lo fuera aquel día, hace más de medio siglo, que me enseñaron las maravillas de la Feria Mundial de 1939.Popularizar la ciencia —intentar hacer accesibles sus métodos y descubrimientos a los no científicos— es algo que viene a continuación, de manera natural e inmediata. No explicar la ciencia me parece perverso. Cuando uno se enamora, quiere contarlo al mundo. Este libro es una declaración personal que refleja mi relación de amor de toda la vida con la ciencia.Pero hay otra razón: la ciencia es más que un cuerpo de conocimiento, es una manera de pensar. Preveo cómo será la América de la época de mis hijos o nietos: Estados Unidos será una economía de servicio e información; casi todas las industrias manufactureras clave se habrán desplazado a otros países; los temibles poderes tecnológicos estarán en manos de unos pocos y nadie que represente el interés público se podrá acercar siquiera a los asuntos importantes; la gente habrá perdido la capacidad de establecer sus prioridades o de cuestionar con conocimiento a los que ejercen la autoridad; nosotros, aferrados a nuestros cristales y consultando nerviosos nuestros horóscopos, con las facultades críticas en declive, incapaces de discernir entre lo que nos hace sentir bien y lo que es cierto, nos iremos deslizando, casi sin darnos cuenta, en la superstición y la oscuridad.La caída en la estupidez de Norteamérica se hace evidente principalmente en la lenta decadencia del contenido de los medios de comunicación, de enorme influencia, las cuñas de sonido de treinta segundos (ahora reducidas a diez o menos), la programación de nivel ínfimo, las crédulas presentaciones de pseudociencia y superstición, pero sobre todo en una especie de celebración de la ignorancia. En estos momentos, la película en vídeo que más se alquila en Estados Unidos es Dumb and Dumber. Beavis y Buttheadi siguen siendo populares (e influyentes) entre los jóvenes espectadores de televisión. La moraleja más clara es que el estudio y el conocimiento —no sólo de la ciencia, sino de cualquier cosa— son prescindibles, incluso indeseables.Hemos preparado una civilización global en la que los elementos más cruciales —el transporte, las comunicaciones y todas las demás industrias; la agricultura, la medicina, la educación, el ocio, la protección del medio ambiente, e incluso la institución democrática clave de las elecciones— dependen profundamente de la ciencia y la tecnología. También hemos dispuesto las cosas de modo que nadie entienda la ciencia y la tecnología. Eso es una garantía de desastre. Podríamos seguir así una temporada pero, antes o después, esta mezcla combustible de ignorancia y poder nos explotará en la cara.Una vela en la oscuridad es el título de un libro valiente, con importante base bíblica, de Thomas Ady, publicado en Londres en 1656, que ataca la caza de brujas que se realizaba entonces como una patraña «para engañar a la gente». Cualquier enfermedad o tormenta, cualquier cosa fuera de lo ordinario, se atribuía popularmente a la brujería. Las brujas deben existir: Ady citaba el argumento de los «traficantes de brujas»: «¿cómo si no existirían, o llegarían a ocurrir esas cosas?» Durante gran parte de nuestra historia teníamos tanto miedo del mundo exterior, con sus peligros impredecibles, que nos abrazábamos con alegría a cualquier cosa que prometiera mitigar o explicar el terror. La ciencia es un intento, en gran medida logrado, de entender el mundo, de conseguir un control de las cosas, de alcanzar el dominio de nosotros mismos, de dirigirnos hacia un camino seguro. La microbiología y la meteorología explican ahora lo que hace sólo unos siglos se consideraba causa suficiente para quemar a una mujer en la hoguera.Ady también advertía del peligro de que «las naciones perezcan por falta de conocimiento». La causa de la miseria humana evitable no suele ser tanto la estupidez como la ignorancia, particularmente la ignorancia de nosotros mismos. Me preocupa, especialmente ahora que se acerca el fin del milenio, que la pseudociencia y la superstición se hagan más tentadoras de año en año, el canto de sirena más sonoro y atractivo de la insensatez. ¿Dónde hemos oído eso antes? Siempre que afloran los prejuicios étnicos o nacionales, en tiempos de escasez, cuando se desafía a la autoestima o vigor nacional, cuando sufrimos por nuestro insignificante papel y significado cósmico o cuando hierve el fanatismo a nuestro alrededor, los hábitos de pensamiento familiares de épocas antiguas toman el control.La llama de la vela parpadea. Tiembla su pequeña fuente de luz. Aumenta la oscuridad. Los demonios empiezan a agitarse. —ooo— Es mucho lo que la ciencia no entiende, quedan muchos misterios todavía por resolver. En un universo que abarca decenas de miles de millones de años luz y de unos diez o quince miles de millones de años de antigüedad, quizá siempre será así. Tropezamos constantemente con sorpresas. Sin embargo, algunos escritores y religiosos de la «Nueva Era» afirman que los científicos creen que «lo que ellos encuentran es todo lo que existe». Los científicos pueden rechazar revelaciones místicas de las que no hay más prueba que lo que dice alguien, pero es difícil que crean que su conocimiento de la naturaleza es completo.La ciencia está lejos de ser un instrumento de conocimiento perfecto. Simplemente, es el mejor que tenemos. En este sentido, como en muchos otros, es como la democracia. La ciencia por sí misma no puede apoyar determinadas acciones humanas, pero sin duda puede iluminar las posibles consecuencias de acciones alternativas.La manera de pensar científica es imaginativa y disciplinada al mismo tiempo. Ésta es la base de su éxito. La ciencia nos invita a aceptar los hechos, aunque no se adapten a nuestras ideas preconcebidas. Nos aconseja tener hipótesis alternativas en la cabeza y ver cuál se adapta mejor a los hechos. Nos insta a un delicado equilibrio entre una apertura sin barreras a las nuevas ideas, por muy heréticas que sean, y el escrutinio escéptico más riguroso: nuevas ideas y sabiduría tradicional. Esta manera de pensar también es una herramienta esencial para una democracia en una era de cambio.Una de las razones del éxito de la ciencia es que tiene un mecanismo incorporado que corrige los errores en su propio seno. Quizá algunos consideren esta caracterización demasiado amplia pero, para mí, cada vez que ejercemos la autocrítica, cada vez que comprobamos nuestras ideas a la luz del mundo exterior, estamos haciendo ciencia. Cuando somos autoindulgentes y acríticos, cuando confundimos las esperanzas con los hechos, caemos en la pseudociencia y la superstición.Cada vez que un estudio científico presenta algunos datos, va acompañado de un margen de error: un recordatorio discreto pero insistente de que ningún conocimiento es completo o perfecto. Es una forma de medir la confianza que tenemos en lo que creemos saber. Si los márgenes de error son pequeños, la precisión de nuestro conocimiento empírico es alta; si son grandes, también lo es la incertidumbre de nuestro conocimiento. Excepto en matemática pura, nada se sabe seguro (aunque, con toda seguridad, mucho es falso).Además, los científicos suelen ser muy cautos al establecer la condición verídica de sus intentos de entender el mundo —que van desde conjeturas e hipótesis, que son provisionales, hasta las leyes de la naturaleza, repetida y sistemáticamente confirmadas a través de muchos interrogantes acerca del funcionamiento del mundo. Pero ni siquiera las leyes de la naturaleza son absolutamente ciertas. Puede haber nuevas circunstancias nunca examinadas antes —sobre los agujeros negros, por ejemplo, o dentro del electrón, o acerca de la velocidad de la luz— en las que incluso nuestras loadas leyes de la naturaleza fallan y, por muy válidas que puedan ser en circunstancias ordinarias, necesitan corrección.Los humanos podemos desear la certeza absoluta, aspirar a ella, pretender como hacen los miembros de algunas religiones que la hemos logrado. Pero la historia de la ciencia —sin duda la afirmación de conocimiento accesible a los humanos de mayor éxito— nos enseña que lo máximo que podemos esperar es, a través de una mejora sucesiva de nuestra comprensión, aprendiendo de nuestros errores, tener un enfoque asintótico del universo, pero con la seguridad de que la certeza absoluta siempre se nos escapará.Siempre estaremos sujetos al error. Lo máximo que puede esperar cada generación es reducir un poco el margen de error y aumentar el cuerpo de datos al que se aplica. El margen de error es una autovaloración penetrante, visible, de la fiabilidad de nuestro conocimiento. Se puede ver a menudo el margen de error en encuestas de opinión pública («una inseguridad de más o menos tres por ciento», por ejemplo). Imaginemos una sociedad en la que todo discurso en el Parlamento, todo anuncio de televisión, todo sermón fuera acompañado de un margen de error o su equivalente.Uno de los grandes mandamientos de la ciencia es: «Desconfía de los argumentos que proceden de la autoridad.» (Desde luego, los científicos, siendo primates y dados por tanto a las jerarquías de dominación, no siempre siguen este mandamiento.) Demasiados argumentos de este tipo han resultado ser dolorosamente erróneos. Las autoridades deben demostrar sus opiniones como todos los demás. Esta independencia de la ciencia, su reluctancia ocasional a aceptar la sabiduría convencional, la hace peligrosa para doctrinas menos autocríticas o con pretensiones de certidumbre.Como la ciencia nos conduce a la comprensión de cómo es el mundo y no de cómo desearíamos que fuese, sus descubrimientos pueden no ser inmediatamente comprensibles o satisfactorios en todos los casos. Puede costar un poco de trabajo reestructurar nuestra mente. Parte de la ciencia es muy simple. Cuando se complica suele ser porque el mundo es complicado, o porque nosotros somos complicados. Cuando nos alejamos de ella porque parece demasiado difícil (o porque nos la han enseñado mal) abandonamos la posibilidad de responsabilizarnos de nuestro, futuro. Se nos priva de un derecho. Se erosiona la confianza en nosotros mismos.Pero cuando atravesamos la barrera, cuando los descubrimientos y métodos de la ciencia llegan hasta nosotros, cuando entendemos y ponemos en uso este conocimiento, muchos de nosotros sentimos una satisfacción profunda. A todo el mundo le ocurre eso, pero especialmente a los niños, que nacen con afán de conocimiento, conscientes de que deben vivir en un futuro moldeado por la ciencia, pero a menudo convencidos en su adolescencia de que la ciencia no es para ellos. Sé por experiencia, tanto por habérmela explicado a mí como por mis intentos de explicarla a otros, lo gratificante que es cuando conseguimos entenderla, cuando los términos oscuros adquieren significado de golpe, cuando captamos de qué va todo, cuando se nos revelan profundas maravillas.En su encuentro con la naturaleza, la ciencia provoca invariablemente reverencia y admiración. El mero hecho de entender algo es una celebración de la unión, la mezcla, aunque sea a escala muy modesta, con la magnificencia del cosmos. Y la construcción acumulativa de conocimiento en todo el mundo a lo largo del tiempo convierte a la ciencia en algo que no está muy lejos de un meta-pensamiento transnacional, transgeneracional.«Espíritu» viene de la palabra latina «respirar». Lo que respiramos es aire, que es realmente materia, por sutil que sea. A pesar del uso en sentido contrario, la palabra «espiritual» no implica necesariamente que hablemos de algo distinto de la materia (incluyendo la materia de la que está hecho el cerebro), o de algo ajeno al reino de la ciencia. En ocasiones usaré la palabra con toda libertad. La ciencia no sólo es compatible con la espiritualidad sino que es una fuente de espiritualidad profunda. Cuando reconocemos nuestro lugar en una inmensidad de años luz y en el paso de las eras, cuando captamos la complicación, belleza y sutileza de la vida, la elevación de este sentimiento, la sensación combinada de regocijo y humildad, es sin duda espiritual. Así son nuestras emociones en presencia del gran arte, la música o la literatura, o ante los actos de altruismo y valentía ejemplar como los de Mohadma Gandhi o Martín Luther King, Jr. La idea de que la ciencia y la espiritualidad se excluyen mutuamente de algún modo presta un flaco servicio a ambas. —ooo— La ciencia puede ser difícil de entender. Puede desafiar creencias arraigadas. Cuando sus productos se ponen a disposición de políticos o industriales, puede conducir a las armas de destrucción masiva y a graves amenazas al entorno. Pero debe decirse una cosa a su favor: cumple su cometido.No todas las ramas de la ciencia pueden presagiar el futuro —la paleontología, por ejemplo— pero muchas sí, y con una precisión asombrosa. Si uno quiere saber cuándo será el próximo eclipse de sol, puede preguntar a magos o místicos, pero le irá mucho mejor con los científicos. Le dirán dónde colocarse en la Tierra, para verlo, cuándo debe hacerlo y si será un eclipse parcial, total o anular. Pueden predecir rutinariamente un eclipse solar, al minuto, con un milenio de anticipación. Una persona puede ir a ver a un brujo para que le quite el sortilegio que le provoca una anemia perniciosa, o puede tomar vitamina B12. Si quiere salvar de la polio a su hijo, puede rezar o puede vacunarle. Si le interesa saber el sexo de su hijo antes de nacer, puede consultar todo lo que quiera a los adivinos que se basan en el movimiento de la plomada (derecha-izquierda, un niño; adelante-atrás, una niña… o quizá al revés) pero, como promedio, acertarán sólo una de cada dos veces. Si quiere precisión (en este caso del noventa y nueve por ciento), pruebe la amniocentesis y las ecografías. Pruebe la ciencia.Pensemos en cuántas religiones intentan justificarse con la profecía. Pensemos en cuánta gente confía en esas profecías, por vagas que sean, por irrealizables que sean, para fundamentar o apuntalar sus creencias. Pero ¿ha habido alguna religión con la precisión profética y la exactitud de la ciencia? No hay ninguna religión en el planeta que no ansíe una capacidad comparable —precisa y repetidamente demostrada ante escépticos redomados— para presagiar acontecimientos futuros. No hay otra institución humana que se acerque tanto.¿Es todo eso adoración ante el altar de la ciencia? ¿Es reemplazar una fe por otra, igualmente arbitraria? Desde mi punto de vista, en absoluto. El éxito de la ciencia, directamente observado, es la razón por la que defiendo su uso. Si funcionara mejor otra cosa, la defendería. ¿Se aísla la ciencia de la crítica filosófica? ¿Se define a sí misma como poseedora de un monopolio de la «verdad»? Pensemos nuevamente en este eclipse futuro a miles de años vista. Comparemos todas las doctrinas que podamos, veamos qué predicciones hacen del futuro, cuáles son vagas y cuáles precisas, y qué doctrinas —cada una de ellas sujeta a la falibilidad humana— tienen mecanismos incorporados de corrección de errores. Tomemos nota del hecho que ninguna de ellas es perfecta. Luego tomemos la que razonablemente puede funcionar (en oposición a la que lo parece) mejor. Si hay diferentes doctrinas que son superiores en campos distintos e independientes, desde luego somos libres de elegir varias, pero no si se contradicen una a otra. Lejos de ser idolatría, es el medio a través del que podemos distinguir a los ídolos falsos de los auténticos.Nuevamente, la razón por la que la ciencia funciona tan bien es en parte este mecanismo incorporado de corrección de errores. En la ciencia no hay preguntas prohibidas, no hay temas demasiado sensibles o delicados para ser explorados, no hay verdades sagradas. Esta apertura a nuevas ideas, combinada con el escrutinio más riguroso y escéptico de todas las ideas, selecciona el trigo de la cizaña. No importa lo inteligente, venerable o querido que sea uno. Debe demostrar sus ideas ante la crítica decidida y experta. Se valoran la diversidad y el debate. Se alienta la formulación de opiniones en disputa, sustantivamente y en profundidad.El proceso de la ciencia puede parecer confuso y desordenado. En cierto modo lo es. Si uno examina la ciencia en su aspecto cotidiano, desde luego encuentra que los científicos ocupan toda la gama de emociones, personalidades y caracteres humanos. Pero hay una faceta realmente asombrosa para el observador externo, y es el nivel de crítica que se considera aceptable o incluso deseable. Los aprendices de científicos reciben mucho calor e inspirado aliento de sus tutores. Pero el pobre licenciado, en su examen oral de doctorado, está sujeto a un mordaz fuego cruzado de preguntas de unos profesores que precisamente tienen el futuro del candidato en sus manos. Naturalmente, el doctorado se pone nervioso; ¿quién no? Cierto, se ha preparado para ello durante años. Pero entiende que, en este momento crítico, tiene que ser capaz de responder las minuciosas preguntas que le planteen los expertos. Así, cuando se prepara para defender su tesis, debe practicar un hábito de pensamiento muy útil: tiene que anticipar las preguntas, tiene que preguntarse: ¿En qué punto flaquea mi disertación? Será mejor que lo identifique yo antes que otros.El científico participa en reuniones y discusiones. Se encuentra en coloquios universitarios en los que apenas el ponente lleva treinta segundos hablando cuando la audiencia le plantea preguntas y comentarios devastadores. Analiza las condiciones para entregar un artículo a una revista científica para su posible publicación, lo envía al editor y luego éste lo somete a árbitros anónimos cuya tarea es preguntarse: ¿Lo que ha hecho el autor es una estupidez? ¿Hay algo aquí lo bastante interesante para ser publicado? ¿Cuáles son las deficiencias de este estudio? Los resultados principales ¿han sido encontrados por alguien más? ¿El argumento es adecuado, o el autor debería someter el informe de nuevo después de demostrar realmente lo que aquí es sólo una especulación? Y es anónimo: el autor no sabe quiénes son los críticos. Esta es la práctica diaria de la comunidad científica.¿Por qué soportamos todo eso? ¿Nos gusta que nos critiquen? No, a ningún científico le gusta. Todo científico siente un afecto de propietario por sus ideas y descubrimientos. Con todo, no replicamos a los críticos: espera un momento, de verdad que es buena idea, me gusta mucho, no te hace ningún daño, por favor, déjala en paz. En lugar de eso, la norma dura pero justa es que si las ideas no funcionan, debemos descartarlas. No gastes neuronas en lo que no funciona. Dedica esas neuronas a ideas nuevas que expliquen mejor los datos. El físico británico Michael Faraday advirtió de la poderosa tentación de buscar las pruebas y apariencias que están a favor de nuestros deseos y desatender las que se oponen a ellos… Recibimos como favorable lo que concuerda con [nosotros], nos resistimos con desagrado a lo que se nos opone; mientras todo dictado del sentido común requiere exactamente lo contrario. Las críticas válidas te hacen un favor.Hay gente que considera arrogante a la ciencia, especialmente cuando pretende contradecir creencias arraigadas o cuando introduce conceptos extraños que parecen contrarios al sentido común. Como un terremoto que sacude nuestra fe en el terreno donde nos hallamos, desafiar nuestras creencias tradicionales, zarandear las doctrinas en las que hemos confiado, puede ser profundamente perturbador. Sin embargo, mantengo que la ciencia es parte integrante de la humildad. Los científicos no pretenden imponer sus necesidades y deseos a la naturaleza, sino que humildemente la interrogan y se toman en serio lo que encuentran. Somos conscientes de que científicos venerados se han equivocado. Entendemos la imperfección humana. Insistimos en la verificación independiente —hasta donde sea posible— y. cuantitativa de los principios de creencia que se proponen. Constantemente estamos clavando el aguijón, desafiando, buscando contradicciones o pequeños errores persistentes, residuales, proponiendo explicaciones alternativas, alentando la herejía. Damos nuestras mayores recompensas a los que refutan convincentemente creencias establecidas.Aquí va uno de los muchos ejemplos: las leyes de movimiento y la ley de cuadrado inverso de gravitación asociadas con el nombre de Isaac Newton están consideradas con razón entre los máximos logros de la especie humana. Trescientos años después, utilizamos la dinámica newtoniana para predecir los eclipses. Años después del lanzamiento, a miles de millones de kilómetros de la Tierra (con sólo pequeñas correcciones de Einstein), la nave espacial llega de manera magnífica a un punto predeterminado en la órbita del objetivo mientras el mundo va moviéndose lentamente. La precisión es asombrosa. Sencillamente, Newton sabía lo que hacía.Pero los científicos no se han conformado con dejarlo como estaba. Han buscado con persistencia grietas en la armadura newtoniana. A grandes velocidades y fuertes gravedades, la física newtoniana se derrumba. Éste es uno de los grandes descubrimientos de la relatividad especial y general de Albert Einstein y una de las razones por las que se honra de tal modo su memoria. La física newtoniana es válida en un amplio espectro de condiciones, incluyendo las de la vida cotidiana. Pero, en ciertas circunstancias altamente inusuales para los seres humanos —al fin y al cabo, no tenemos el hábito de viajar a velocidad cercana a la de la luz— simplemente no da la respuesta correcta; no es acorde con las observaciones de la naturaleza. La relatividad especial y general son indistinguibles de la física newtoniana en su campo de validez, pero hacen predicciones muy diferentes —predicciones en excelente acuerdo con la observación— en esos otros regímenes (alta velocidad; fuerte gravedad). La física newtoniana resulta ser una aproximación a la verdad, buena en circunstancias con las que tenemos una familiaridad rutinaria, mala en otras. Es un logro espléndido y justamente celebrado de la mente humana, pero tiene sus limitaciones.Sin embargo, de acuerdo con nuestra comprensión de la falibilidad humana, teniendo en cuenta la advertencia de que podemos acercarnos asintóticamente a la verdad pero nunca alcanzarla del todo, los científicos están investigando hoy regímenes en los que pueda fallar la relatividad general. Por ejemplo, la relatividad general predice un fenómeno asombroso llamado ondas gravitacionales. Nunca se han detectado directamente. Pero, si no existen, hay algo fundamentalmente erróneo en la relatividad general. Los pulsares son estrellas de neutrones que giran rápidamente, cuyos períodos de giro pueden medirse ahora con una precisión de hasta quince decimales. Se predice que dos pulsares muy densos en órbita uno alrededor del otro irradian cantidades copiosas de ondas gravitacionales… que con el tiempo alterarán ligeramente las órbitas y los períodos de rotación de las dos estrellas. Joseph Taylor y Russell Hulse, de la Universidad de Princeton, han usado este método para comprobar las predicciones de la relatividad general de un modo totalmente nuevo. Según sus hipótesis, los resultados serían inconsistentes con la relatividad general y habrían derribado uno de los pilares principales de la física moderna. No sólo estaban dispuestos a desafiar la relatividad general, sino que se los animó a hacerlo con entusiasmo. Al final, la observación de pulsares binarios da una verificación precisa de las predicciones de la relatividad general y, por ello, Taylor y Hulse recibieron conjuntamente el Premio Nobel de de Física en 1993. De modos diversos, otros muchos físicos ponen a prueba la relatividad general: por ejemplo intentando detectar directamente las elusivas ondas gravitacionales. Confían en forzar la teoría hasta el punto de ruptura y descubrir si existe un régimen de la naturaleza en el que empiece a no ser sólido el gran avance de comprensión de Einstein.Esos esfuerzos continuarán siempre que haya científicos. La relatividad general es ciertamente una descripción inadecuada de la naturaleza a nivel cuántico, pero, aunque no fuera así, aunque la relatividad general fuera válida en todas partes y para siempre, ¿qué mejor manera de convencernos de su validez que con un esfuerzo concertado para descubrir sus errores y limitaciones?Esta es una de las razones por las que las religiones organizadas no me inspiran confianza. ¿Qué líderes de las religiones principales reconocen que sus creencias podrían ser incompletas o erróneas y establecen institutos para desvelar posibles deficiencias doctrinales? Más allá de la prueba de la vida cotidiana, ¿quién comprueba sistemáticamente las circunstancias en que las enseñanzas religiosas tradicionales pueden no ser ya aplicables? (Sin duda es concebible que doctrinas y éticas que funcionaron bastante bien en tiempos patriarcales, patrísticos o medievales puedan carecer absolutamente de valor en el mundo tan diferente que habitamos.) ¿En qué sermón se examina imparcialmente la hipótesis de Dios? ¿Qué recompensas conceden a los escépticos religiosos las religiones establecidas… o a los escépticos sociales y económicos la sociedad en la que navegan?La ciencia, apunta Ann Druyan, siempre nos está susurrando al oído: «Recuerda que eres nuevo en esto. Podrías estar equivocado. Te has equivocado antes.» A pesar de toda la prédica sobre la humildad, me gustaría que me enseñasen algo comparable en la religión. Se dice que las Escrituras son de inspiración divina, una frase con muchos significados. Pero ¿y si han sido fabricadas simplemente por humanos falibles? Se da testimonio de milagros, pero ¿y si en lugar de eso son una mezcla de charlatanería, estados de conciencia poco familiares, malas interpretaciones de fenómenos naturales y enfermedades mentales? No me parece que ninguna religión contemporánea y ninguna creencia de la «Nueva Era» tenga en cuenta suficientemente la grandeza, magnificencia, sutileza y complicación del universo revelado por la ciencia. El hecho de que en las Escrituras se hallen prefigurados tan pocos descubrimientos de la ciencia moderna aporta mayores dudas a mi mente sobre la inspiración divina.Pero, sin duda, podría estar equivocado. —ooo—Vale la pena leer los dos párrafos que siguen, no para entender la ciencia que describen sino para captar el estilo de pensamiento del autor. Se enfrenta a anomalías, paradojas aparentes en física; «asimetrías», las llama. ¿Qué podemos aprender de ellas?Es sabido que la electrodinámica de Maxwell —tal y como se entiende actualmente— conduce a asimetrías que no parecen inherentes a los fenómenos, cuando se aplica a cuerpos en movimiento. Tómese, por ejemplo, la acción electromagnética dinámica recíproca entre un imán y un conductor. El fenómeno que aquí se observa depende únicamente del movimiento relativo entre el conductor y el imán, mientras que la visión habitual establece una bien definida distinción entre los dos casos en que uno u otro de esos cuerpos está en movimiento. Ya que si el imán está en movimiento y el conductor en reposo, aparece en los alrededores del imán un campo eléctrico con una cierta energía definida, que produce una corriente en aquellos lugares donde se sitúan partes del conductor. Pero si el imán está estacionario y el conductor en movimiento, no surge ningún campo eléctrico en los alrededores del imán. Sin embargo, en el conductor encontramos una fuerza electromotriz, para la que no existe la energía correspondiente, pero que da lugar —suponiendo que el movimiento relativo sea el mismo en los dos casos discutidos— a corrientes eléctricas de la misma dirección e intensidad que las producidas por las fuerzas eléctricas en el caso anterior.Ejemplos de este tipo, junto a los intentos que sin éxito se han realizado para descubrir cualquier movimiento de la Tierra con respecto al «éter», sugieren que los fenómenos de la electrodinámica lo mismo que los de la mecánica no poseen propiedades que corresponden a la idea del reposo absoluto. Más bien sugieren que, como se ha demostrado en el primer orden de pequeñas cantidades, serán válidas las mismas leyes de electrodinámica y óptica para todos los marcos de referencia en que sean aplicables las ecuaciones de mecánica.¿Qué intenta decirnos aquí el autor? Más adelante trataré de explicar los antecedentes. De momento, quizá podemos reconocer que el lenguaje es ahorrativo, cauto, claro y sin un ápice más de complicación que la necesaria. No es posible adivinar a primera vista por la redacción (o por el poco ostentoso título: «Sobre la electrodinámica de los cuerpos en movimiento») que este artículo representa la llegada crucial al mundo de la teoría de la relatividad especial, la puerta del anuncio triunfante de la equivalencia de masa y energía, la reducción de la presunción de que nuestro pequeño mundo ocupa algún «marco de referencia privilegiado» en el universo, y en varios aspectos diferentes un acontecimiento que marca una época en la historia humana. Las palabras que abren el artículo de 1905 de Einstein son características del informe científico. Su aire desinteresado, su circunspección y modestia son agradables. Contrastemos su tono contenido, por ejemplo, con los productos de la publicidad moderna, discursos políticos, pronunciamientos teológicos autorizados… o, por qué no, con la propaganda de la solapa de este libro.Nótese que el informe de Einstein empieza intentando extraer un sentido de unos resultados experimentales. Siempre que sea posible, los científicos experimentan. Los experimentos que se proponen dependen a menudo de las teorías que prevalecen en el momento. Los científicos están decididos a comprobar esas teorías hasta el punto de ruptura. No confían en lo que es intuitivamente obvio. Que la Tierra era plana fue obvio en un tiempo. Fue obvio que los cuerpos pesados caían más de prisa que los ligeros. Fue obvio que algunas personas eran esclavas por naturaleza y por decreto divino. Fue obvio que las sanguijuelas curaban la mayoría de las enfermedades. Fue obvio que existía un lugar que ocupaba el centro del universo, y que la Tierra se encontraba en ese lugar privilegiado. Fue obvio que hubo un sistema de referencia en reposo absoluto. La verdad puede ser confusa o contraria a la intuición. Puede contradecir creencias profundas. Experimentando, llegamos a controlarla.Hace muchas décadas, en una cena, se pidió al físico Robert W. Wood que respondiera al brindis: «Por la física y la metafísica.» Por «metafísica» se entendía entonces algo así como la filosofía, o verdades que uno puede reconocer sólo pensando en ellas. También podían haber incluido la pseudociencia.Wood respondió aproximadamente de esta guisa: El físico tiene una idea. Cuanto más piensa en ella, más sentido le parece que tiene. Consulta la literatura científica. Cuanto más lee, más prometedora le parece la idea. Con esta preparación va al laboratorio y concibe un experimento para comprobarlo. El experimento es trabajoso. Se comprueban muchas posibilidades. Se afina la precisión de la medición, se reducen los márgenes de error. Deja que los casos sigan su curso. Se concentra sólo en lo que le enseña el experimento. Al final de todo su trabajo, después de una minuciosa experimentación, se encuentra con que la idea no tiene valor. Así, el físico la descarta, libera su mente de la confusión del error y pasa a otra cosa.[1]La diferencia entre física y metafísica, concluyó Wood mientras levantaba su vaso, no es que los practicantes de una sean más inteligentes que los de la otra. La diferencia es que la metafísica no tiene laboratorio. —ooo—Para mí, hay cuatro razones principales para realizar un esfuerzo concertado que acerque la ciencia —por radio, televisión, cine, periódicos, libros, programas de ordenador, parques temáticos y aulas de clase— a todos los ciudadanos. En todos los usos de la ciencia es insuficiente —y ciertamente peligroso— producir sólo un sacerdocio pequeño, altamente competente y bien recompensado de profesionales. Al contrario, debe hacerse accesible a la más amplia escala una comprensión fundamental de los descubrimientos y métodos de la ciencia.• A pesar de las abundantes oportunidades de mal uso, la ciencia puede ser el camino dorado para que las naciones en vías de desarrollo salgan de la pobreza y el atraso. Hace funcionar las economías nacionales y la civilización global. Muchas naciones lo entienden. Ésa es la razón por la que tantos licenciados en ciencia e ingeniería de las universidades norteamericanas —todavía las mejores del mundo— son de otros países. El corolario, que a veces no se llega a captar en Estados Unidos, es que abandonar la ciencia es el camino de regreso a la pobreza y el atraso.• La ciencia nos alerta de los riesgos que plantean las tecnologías que alteran el mundo, especialmente para el medio ambiente global del que dependen nuestras vidas. La ciencia proporciona un esencial sistema de alarma. • La ciencia nos enseña los aspectos más profundos de orígenes, naturalezas y destinos: de nuestra especie, de la vida, de nuestro planeta, del universo. Por primera vez en la historia de la humanidad, podemos garantizar una comprensión real de algunos de esos aspectos. Todas las culturas de la Tierra han trabajado estos temas y valorado su importancia. A todos se nos pone la carne de gallina cuando abordamos estas grandes cuestiones. A la larga, el mayor don de la ciencia puede ser enseñarnos algo, de un modo que ningún otro empeño ha sido capaz de hacer, sobre nuestro contexto cósmico, sobre dónde, cuándo y quiénes somos. • Los valores de la ciencia y los valores de la democracia son concordantes, en muchos casos indistinguibles. La ciencia y la democracia empezaron —en sus encarnaciones civilizadas— en el mismo tiempo y lugar, en los siglos VII y VI a. J.C. en Grecia. La ciencia confiere poder a todo aquel que se tome la molestia de estudiarla (aunque sistemáticamente se ha impedido a demasiados). La ciencia prospera con el libre intercambio de ideas, y ciertamente lo requiere; sus valores son antitéticos al secreto. La ciencia no posee posiciones ventajosas o privilegios especiales. Tanto la ciencia como la democracia alientan opiniones poco convencionales y un vivo debate. Ambas exigen raciocinio suficiente, argumentos coherentes, niveles rigurosos de prueba y honestidad. La ciencia es una manera de ponerles las cartas boca arriba a los que se las dan de conocedores. Es un bastión contra el misticismo, contra la superstición, contra la religión aplicada erróneamente. Si somos fieles a sus valores, nos puede decir cuándo nos están engañando. Nos proporciona medios para la corrección de nuestros errores. Cuanto más extendido esté su lenguaje, normas y métodos, más posibilidades tenemos de conservar lo que Thomas Jefferson y sus colegas tenían en mente. Pero los productos de la ciencia también pueden subvertir la democracia más de lo que pueda haber soñado jamás cualquier demagogo preindustrial.Para encontrar una brizna de verdad ocasional flotando en un gran océano de confusión y engaño se necesita atención, dedicación y valentía. Pero si no ejercitamos esos duros hábitos de pensamiento, no podemos esperar resolver los problemas realmente graves a los que nos enfrentamos… y corremos el riesgo de convertirnos en una nación de ingenuos, un mundo de niños a disposición del primer charlatán que nos pase por delante. —-ooo— Un ser extraterrestre recién llegado a la Tierra —si hiciera un examen de lo que presentamos principalmente a nuestros hijos en televisión, radio, cine, periódicos, revistas, cómics y muchos libros— podría llegar fácilmente a la conclusión de que queremos enseñarles asesinatos, violaciones, crueldad, superstición, credulidad y consumismo. Insistimos en ello y, a fuerza de repetición, por fin muchos de ellos quizá aprendan. ¿Qué tipo de sociedad podríamos crear si, en lugar de eso, les inculcáramos la ciencia y un soplo de esperanza?
[1] Como lo expresó el físico Benjamín Franklin: «En el curso de esos experimentos, ¿cuántos bellos sistemas construimos que pronto nos vemos obligados a destruir?» Al menos, pensaba Franklin, la experiencia bastaba para «ayudar a hacer un hombre humilde de un vanidoso».
por APRA | May 10, 2016 | Pensamiento Crítico, Sin categoría |
Por: Carl Sagan
De “El Mundo y sus Demonios”
Toda nuestra ciencia, comparada con la realidad, es primitiva e infantil… y sin embargo es lo más preciado que tenemos.
-Albert Einstein (1879-1955)
Cuando bajé del avión, el hombre me esperaba con un pedazo de cartón en el que estaba escrito mi nombre. Yo iba a una conferencia de científicos y comentaristas de televisión dedicada a la aparentemente imposible tarea de mejorar la presentación de la ciencia en la televisión comercial. Amablemente, los organizadores me habían enviado un chofer.—¿Le molesta que le haga una pregunta? —me dijo mientras esperábamos la maleta.No, no me molestaba. —¿No es un lío tener el mismo nombre que el científico aquel?Tardé un momento en comprenderlo. ¿Me estaba tomando el pelo? Finalmente lo entendí.—Yo soy el científico aquel —respondí. Calló un momento y luego sonrió.—Perdone. Como ése es mi problema, pensé que también sería el suyo.Me tendió la mano.—Me llamo William F. Buckiey.(Bueno, no era exactamente William F. Buckiey, pero llevaba el nombre de un conocido y polémico entrevistador de televisión, lo que sin duda le había valido gran número de inofensivas bromas.)Mientras nos instalábamos en el coche para emprender el largo recorrido, con los limpiaparabrisas funcionando rítmicamente, me dijo que se alegraba de que yo fuera «el científico aquel» porque tenía muchas preguntas sobre ciencia. ¿Me molestaba?No, no me molestaba.Y nos pusimos a hablar. Pero no de ciencia. Él quería hablar de los extraterrestres congelados que languidecían en una base de las Fuerzas Aéreas cerca de San Antonio, de «canalización» (una manera de oír lo que hay en la mente de los muertos… que no es mucho, por lo visto), de cristales, de las profecías de Nostradamus, de astrología, del sudario de Turín… Presentaba cada uno de estos portentosos temas con un entusiasmo lleno de optimismo. Yo me veía obligado a decepcionarle cada vez.—La prueba es insostenible —le repetía una y otra vez—. Hay una explicación mucho más sencilla.En cierto modo era un hombre bastante leído. Conocía los distintos matices especulativos, por ejemplo, sobre los «continentes hundidos» de la Atlántida y Lemuria. Se sabía al dedillo cuáles eran las expediciones submarinas previstas para encontrar las columnas caídas y los minaretes rotos de una civilización antiguamente grande cuyos restos ahora sólo eran visitados por peces luminiscentes de alta mar y calamares gigantes. Sólo que… aunque el océano guarda muchos secretos, yo sabía que no hay la más mínima base oceanográfica o geofísica para deducir la existencia de la Atlántida y Lemuria. Por lo que sabe la ciencia hasta este momento, no existieron jamás. A estas alturas, se lo dije de mala gana.Mientras viajábamos bajo la lluvia me di cuenta de que el hombre estaba cada vez más taciturno. Con lo que yo le decía no sólo descartaba una doctrina falsa, sino que eliminaba una faceta preciosa de su vida interior.Y, sin embargo, hay tantas cosas en la ciencia real, igualmente excitantes y más misteriosas, que presentan un desafío intelectual mayor… además de estar mucho más cerca de la verdad. ¿Sabía algo de las moléculas de la vida que se encuentran en el frío y tenue gas entre las estrellas? ¿Había oído hablar de las huellas de nuestros antepasados encontradas en ceniza volcánica de cuatro millones de años de antigüedad? ¿Y de la elevación del Himalaya cuando la India chocó con Asia? ¿O de cómo los virus, construidos como jeringas hipodérmicas, deslizan su ADN más allá de las defensas del organismo del anfitrión y subvierten la maquinaria reproductora de las células; o de la búsqueda por radio de inteligencia extraterrestre; o de la recién descubierta civilización de Ebla, que anunciaba las virtudes de la cerveza de Ebla? No, no había oído nada de todo aquello. Tampoco sabía nada, ni siquiera vagamente, de la indeterminación cuántica, y sólo reconocía el ADN como tres letras mayúsculas que aparecían juntas con frecuencia.El señor «Buckiey» —que sabía hablar, era inteligente y curioso— no había oído prácticamente nada de ciencia moderna. Tenía un interés natural en las maravillas del universo. Quería saber de ciencia, pero toda la ciencia había sido expurgada antes de llegar a él. A este hombre le habían fallado nuestros recursos culturales, nuestro sistema educativo, nuestros medios de comunicación. Lo que la sociedad permitía que se filtrara eran principalmente apariencias y confusión. Nunca le habían enseñado a distinguir la ciencia real de la burda imitación. No sabía nada del funcionamiento de la ciencia.Hay cientos de libros sobre la Atlántida, el continente mítico que según dicen existió hace unos diez mil años en el océano Atlántico. (O en otra parte. Un libro reciente lo ubica en la Antártida.). La historia viene de Platón, que lo citó como un rumor que le llegó de épocas remotas. Hay libros recientes que describen con autoridad el alto nivel tecnológico, moral y espiritual de la Atlántida y la gran tragedia de un continente poblado que se hundió entero bajo las olas. Hay una Atlántida de la «Nueva Era», «la civilización legendaria de ciencias avanzadas», dedicada principalmente a la «ciencia» de los cristales. En una trilogía titulada La ilustración del cristal, de Katrina Raphaell —unos libros que han tenido un papel principal en la locura del cristal en Norteamérica—, los cristales de la Atlántida leen la mente, transmiten pensamientos, son depositarios de la historia antigua y modelo y fuente de las pirámides de Egipto. No se ofrece nada parecido a una prueba que fundamente esas afirmaciones. (Podría resurgir la manía del cristal tras el reciente descubrimiento de la ciencia sismológica de que el núcleo interno de la Tierra puede estar compuesto por un cristal único, inmenso, casi perfecto… de hierro.)Algunos libros —Leyendas de la Tierra, de Dorothy Vitaliano, por ejemplo— interpretan comprensivamente las leyendas originales de la Atlántida en términos de una pequeña isla en el Mediterráneo que fue destruida por una erupción volcánica, o una antigua ciudad que se deslizó dentro del golfo de Corinto después de un terremoto. Por lo que sabemos, ésa puede ser la fuente de la leyenda, pero de ahí a la destrucción de un continente en el que había surgido una civilización técnica y mística preternaturalmente avanzada hay una gran distancia.Lo que casi nunca encontramos —en bibliotecas públicas, escaparates de revistas o programas de televisión en horas punta— es la prueba de la extensión del suelo marino y la tectónica de placas y del trazado del fondo del océano, que muestra de modo inconfundible que no pudo haber ningún continente entre Europa y América en una escala de tiempo parecida a la propuesta.Es muy fácil encontrar relatos espurios que hacen caer al crédulo en la trampa. Mucho más difícil es encontrar tratamientos escépticos. El escepticismo no vende. Es cien, mil veces más probable que una persona brillante y curiosa que confíe enteramente en la cultura popular para informarse de algo como la Atlántida se encuentre con una fábula tratada sin sentido crítico que con una valoración sobria y equilibrada.Quizá el señor «Buckiey» debería aprender a ser más escéptico con lo que le ofrece la cultura popular. Pero, aparte de eso, es difícil echarle la culpa. Él se limitaba a aceptar lo que la mayoría de las fuentes de información disponibles y accesibles decían que era la verdad. Por su ingenuidad, se veía confundido y embaucado sistemáticamente.La ciencia origina una gran sensación de prodigio. Pero la pseudociencia también. Las popularizaciones dispersas y deficientes de la ciencia dejan unos nichos ecológicos que la pseudociencia se apresura a llenar. Si se llegara a entender ampliamente que cualquier afirmación de conocimiento exige las pruebas pertinentes para ser aceptada, no habría lugar para la pseudociencia. Pero, en la cultura popular, prevalece una especie de ley de Gresham según la cual la mala ciencia produce buenos resultados.En todo el mundo hay una enorme cantidad de personas inteligentes, incluso con un talento especial, que se apasionan por la ciencia. Pero no es una pasión correspondida. Los estudios sugieren que un noventa y cinco por ciento de los americanos son «analfabetos científicos». Es exactamente la misma fracción de afroamericanos analfabetos, casi todos esclavos, justo antes de la guerra civil, cuando se aplicaban severos castigos a quien enseñara a leer a un esclavo. Desde luego, en las cifras sobre analfabetismo hay siempre cierto grado de arbitrariedad, tanto si se aplica al lenguaje como a la ciencia. Pero un noventa y cinco por ciento de analfabetismo es extremadamente grave.Todas las generaciones se preocupan por la decadencia de los niveles educativos. Uno de los textos más antiguos de la historia humana, datado en Sumeria hace unos cuatro mil años, lamenta el desastre de que los jóvenes sean más ignorantes que la generación inmediatamente precedente. Hace dos mil cuatrocientos años, el anciano y malhumorado Platón, en el libro VII de Las leyes, dio su definición de analfabetismo científico: El hombre que no pudiera discernir el uno ni el dos ni el tres ni en general los pares y los impares, o el que no supiera nada de contar, o quien no fuera capaz de medir el día y la noche o careciera de experiencia acerca de las revoluciones de la Luna o del Sol o de los demás astros… Lo que hay que decir que es menester que aprendan los hombres libres en cada materia es todo aquello que aprende en Egipto junto con las letras la innumerable grey de los niños. En primer lugar, por lo que toca al cálculo, se han inventado unos sencillos procedimientos para que los niños aprendan jugando y a gusto… Yo… cuando en tiempos me enteré tardíamente de lo que nos ocurre en relación con ello, me quedé muy impresionado, y entonces me pareció que aquello no era cosa humana, sino propia más bien de bestias porcinas, y sentí vergüenza no sólo por mí mismo sino en nombre de los helenos todos.[1] No sé hasta qué punto la ignorada de la ciencia y las matemáticas contribuyó al declive de la antigua Atenas, pero sé que las consecuencias del analfabetismo científico son mucho más peligrosas en nuestra época que en cualquier otra anterior. Es peligroso y temerario que el ciudadano medio mantenga su ignorancia sobre el calentamiento global, la reducción del ozono, la contaminación del aire, los residuos tóxicos y radiactivos, la lluvia ácida, la erosión del suelo, la deforestación tropical, el crecimiento exponencial de la población. Los trabajos y sueldos dependen de la ciencia y la tecnología. Si nuestra nación no puede fabricar, a bajo precio y alta calidad, los productos que la gente quiere comprar, las industrias seguirán desplazándose para transferir un poco más de prosperidad a otras partes del mundo. Considérense las ramificaciones sociales de la energía generada por la fisión y fusión nucleares, las supercomputadoras, las «autopistas» de datos, el aborto, el radón, las reducciones masivas de armas estratégicas, la adicción, la intromisión del gobierno en la vida de sus ciudadanos, la televisión de alta resolución, la seguridad en líneas aéreas y aeropuertos, los trasplantes de tejido fetal, los costes de la sanidad, los aditivos de alimentos, los fármacos para tratar psicomanías, depresiones o esquizofrenia, los derechos de los animales, la superconductividad, las píldoras del día siguiente, las predisposiciones antisociales presuntamente hereditarias, las estaciones espaciales, el viaje a Marte, el hallazgo de remedios para el sida y el cáncer…¿Cómo podemos incidir en la política nacional —o incluso tomar decisiones inteligentes en nuestras propias vidas— si no podemos captar los temas subyacentes? En el momento de escribir estas páginas, el Congreso está tratando la disolución de su departamento de valoración tecnológica, la única organización con la tarea específica de asesorar a la Casa Blanca y al Senado sobre ciencia y tecnología. Su competencia e integridad a lo largo de los años ha sido ejemplar. De los quinientos treinta y cinco miembros del Congreso de Estados Unidos, por extraño que parezca a finales del siglo XX, sólo el uno por ciento tiene unos antecedentes científicos significativos. El último presidente con preparación científica debió de ser Thomas Jefferson.[2]¿Cómo deciden esos asuntos los americanos? ¿Cómo instruyen a sus representantes? ¿Quién toma en realidad estas decisiones, y sobre qué base? —ooo— Hipócrates de Cos es el padre de la medicina. Todavía se le recuerda 2500 años después por el Juramento de Hipócrates (del que existe una forma modificada que los estudiantes de medicina pronuncian cuando se licencian). Pero, principalmente, se le recuerda por sus esfuerzos por retirar el manto de superstición de la medicina para llevarla a la luz de la ciencia. En un pasaje típico, Hipócrates escribió: «Los hombres creen que la epilepsia es divina, meramente porque no la pueden entender. Pero si llamasen divino a todo lo que no pueden entender, habría una infinidad de cosas divinas.» En lugar de reconocer que somos ignorantes en muchas áreas, hemos tendido a decir cosas como que el universo está impregnado de lo inefable. Se asigna la responsabilidad de lo que todavía no entendemos a un Dios de lo ignorado. A medida que fue avanzando el conocimiento de la medicina a partir del siglo IV, cada vez era más lo que entendíamos y menos lo que teníamos que atribuir a la intervención divina: tanto en las causas como en el tratamiento de la enfermedad. La muerte en el parto y la mortalidad infantil han disminuido, el tiempo de vida ha aumentado y la medicina ha mejorado la calidad de vida de millones de personas en todo el planeta.En el diagnóstico de la enfermedad, Hipócrates introdujo elementos del método científico. Exhortaba a la observación atenta y meticulosa: «No dejéis nada a la suerte. Controladlo todo. Combinad observaciones contradictorias. Concedeos el tiempo suficiente.» Antes de la invención del termómetro, hizo gráficas de las curvas de temperatura de muchas enfermedades. Recomendó a los médicos que, a partir de los síntomas del momento, intentaran predecir el pasado y el probable curso futuro de cada enfermedad. Daba gran importancia a la honestidad. Estaba dispuesto a admitir las limitaciones del conocimiento del médico. No mostraba ningún recato en confiar a la posteridad que más de la mitad de sus pacientes habían muerto por causa de las enfermedades que él trataba. Sus opciones, desde luego, eran limitadas; los únicos fármacos de que disponía eran principalmente laxantes, eméticos y narcóticos. Se practicaba la cirugía y la cauterización. En los tiempos clásicos se hicieron avances considerables hasta la caída de Roma.Mientras en el mundo islámico florecía la medicina, en Europa se entró realmente en una edad oscura. Se perdió la mayor parte del conocimiento de anatomía y cirugía. Abundaba la confianza en la oración y las curaciones milagrosas. Desaparecieron los médicos seculares. Se usaban ampliamente cánticos, pociones, horóscopos y amuletos. Se restringieron o ilegalizaron las disecciones de cadáveres, lo que impedía que los que practicaban la medicina adquirieran conocimiento de primera mano del cuerpo humano. La investigación médica llegó a un punto muerto.Era muy parecido a lo que el historiador Edward Gibbon describió para todo el Imperio oriental, cuya capital era Constantinopla: En el transcurso de diez siglos no se hizo ni un solo descubrimiento que exaltara la dignidad o promoviera la felicidad de la humanidad. No se había añadido ni una sola idea a los sistemas especulativos de la antigüedad y toda una serie de pacientes discípulos se convirtieron en su momento en los maestros dogmáticos de la siguiente generación servil. La práctica médica premoderna no logró salvar a muchos ni siquiera en su mejor momento. La reina Ana fue la última Estuardo de Gran Bretaña. En los últimos diecisiete años del siglo XVII se quedó embarazada dieciocho veces. Sólo cinco niños le nacieron vivos. Sólo uno sobrevivió a la infancia. Murió antes de llegar a la edad adulta y antes de la coronación de la reina en 1702. No parece haber ninguna prueba de trastorno genético. Contaba con los mejores cuidados médicos que se podían comprar con dinero.Las trágicas enfermedades que en otra época se llevaban un número incontable de bebés y niños se han ido reduciendo progresivamente y se curan gracias a la ciencia: por el descubrimiento del mundo de los microbios, por la idea de que médicos y comadronas se lavaran las manos y esterilizaran sus instrumentos, mediante la nutrición, la salud pública y las medidas sanitarias, los antibióticos, fármacos, vacunas, el descubrimiento de la estructura molecular del ADN, la biología molecular y, ahora, la terapia genética. Al menos en el mundo desarrollado, los padres tienen muchas más posibilidades de ver alcanzar la madurez a sus hijos de las que tenía la heredera al trono de una de las naciones más poderosas de la Tierra a finales del siglo XVII. La viruela ha desaparecido del mundo. El área de nuestro planeta infestada de mosquitos transmisores de la malaria se ha reducido de manera espectacular. La esperanza de vida de un niño al que se diagnostica leucemia ha ido aumentando progresivamente año tras año. La ciencia permite que la Tierra pueda alimentar a una cantidad de humanos cientos de veces mayor, y en condiciones mucho menos miserables, que hace unos cuantos miles de años.Podemos rezar por una víctima del cólera o podemos darle quinientos miligramos de tetraciclina cada doce horas. (Todavía hay una religión, la «ciencia cristiana», que niega la teoría del germen de la enfermedad; si falla la oración, los fieles de esta secta preferirían ver morir a sus hijos antes que darles antibióticos.) Podemos intentar una terapia psicoanalítica casi fútil con el paciente esquizofrénico, o darle de trescientos a quinientos miligramos de clozapina al día. Los tratamientos científicos son cientos o miles de veces más eficaces que los alternativos. (E incluso cuando parece que las alternativas funcionan, no sabemos si realmente han tenido algún papel: Pueden producirse remisiones espontáneas, incluso del cólera y la esquizofrenia, sin oración y sin psicoanálisis.) Abandonar la ciencia significa abandonar mucho más que el aire acondicionado, el aparato de CD, los secadores del pelo y los coches rápidos.En la época preagrícola, de cazadores-recolectores, la expectativa de vida humana era de veinte a treinta años, la misma que en Europa occidental a finales de la época romana medieval. La media no ascendió a cuarenta años hasta alrededor del año 1870. Llegó a cincuenta en 1915, sesenta en 1930, setenta en 1955 y hoy se acerca a ochenta (un poco más para las mujeres, un poco menos para los hombres). El resto del mundo sigue los pasos del incremento europeo de la longevidad. ¿Cuál es la causa de esta transición humanitaria asombrosa, sin precedentes? La teoría del germen como causante de la enfermedad, las medidas de salud pública, las medicinas y la tecnología médica. La longevidad quizá sea la mejor medida de la calidad de vida física. (Si uno está muerto, no puede hacer nada para ser feliz.) Es un ofrecimiento muy valioso de la ciencia a la humanidad: nada menos que el don de la vida.Pero los microorganismos se transforman. Aparecen nuevas enfermedades que se extienden como el fuego. Hay una batalla constante entre medidas microbianas y contramedidas humanas. Nos ponemos a la altura de esta competición no sólo diseñando nuevos fármacos y tratamientos, sino avanzando progresivamente con mayor profundidad en la comprensión de la naturaleza de la vida: una investigación básica.Si queremos que el mundo escape de las temibles consecuencias del crecimiento de la población global y de los diez mil o doce mil millones de personas en el planeta a finales del siglo XXI, debemos inventar medios seguros y más eficientes de cultivar alimentos, con el consiguiente abastecimiento de semillas, riego, fertilizantes, pesticidas, sistemas de transporte y refrigeración. También se necesitarán métodos contraceptivos ampliamente disponibles y aceptables, pasos significativos hacia la igualdad política de las mujeres y mejoras en las condiciones de vida de los más pobres. ¿Cómo puede conseguirse todo eso sin ciencia y tecnología?Sé que la ciencia y la tecnología no son simples cornucopias que vierten dones al mundo. Los científicos no sólo concibieron las armas nucleares; también agarraron a los líderes políticos por las solapas para que entendieran que su nación —cualquiera que ésta fuera— tenía que ser la primera en tenerlas. Luego fabricaron más de sesenta mil. Durante la guerra fría, los científicos de Estados Unidos, la Unión Soviética, China y otras naciones estaban dispuestos a exponer a sus compatriotas a la radiación —en la mayoría de los casos sin su conocimiento— con el fin de prepararse para la guerra nuclear. Los médicos de Tuskegee, Alabama, engañaron a un grupo de veteranos que creían recibir tratamiento médico para la sífilis, cuando en realidad servían de grupo de control sin tratamiento. Son conocidas las atrocidades perpetradas por los médicos nazis. Nuestra tecnología ha producido la talidomida, el CFC, el agente naranja, el gas nervioso, la contaminación del aire y el agua, la extinción de especies e industrias tan poderosas que pueden arruinar el clima del planeta. Aproximadamente, la mitad de los científicos de la Tierra trabajan al menos a tiempo parcial para los militares. Aunque todavía se ve a algunos científicos como personas independientes que critican con valentía los males de la sociedad y advierten con antelación de las potenciales catástrofes tecnológicas, también se considera que muchos de ellos son oportunistas acomodaticios o complacientes originadores de beneficios corporativos y armas de destrucción masiva, sin tener en cuenta las consecuencias a largo plazo. Los peligros tecnológicos que plantea la ciencia, su desafío implícito al saber tradicional y la dificultad que se percibe en ella son razones para que alguna gente desconfíe de la ciencia y la evite. Hay una razón por la que la gente se pone nerviosa ante la ciencia y la tecnología. De modo que el mundo vive obcecado con la imagen del científico loco: desde los chiflados de bata blanca de los programas infantiles del sábado por la mañana y la plétora de tratos faustianos de la cultura popular, desde el epónimo doctor Fausto en persona al Dr. Frankenstein, Dr. Strangelove y Jurassic Park.Pero no nos podemos limitar a concluir que la ciencia pone demasiado poder en manos de tecnólogos moralmente débiles o políticos corruptos enloquecidos por el poder y decidir, en consecuencia, prescindir de ella. Los avances en medicina y agricultura han salvado muchas más vidas que las que se han perdido en todas las guerras de la historia.[3] Los avances en transportes, comunicación y espectáculos han transformado y unificado el mundo. En las encuestas de opinión, la ciencia queda clasificada siempre entre las ocupaciones más admiradas y fiables, a pesar de los recelos. La espada de la ciencia es de doble filo. Su temible poder nos impone a todos, incluidos los políticos, pero desde luego especialmente a los científicos, una nueva responsabilidad: más atención a las consecuencias a largo plazo de la tecnología, una perspectiva global y transgeneracional y un incentivo para evitar las llamadas fáciles al nacionalismo y el chauvinismo. El coste de los errores empieza a ser demasiado alto. —ooo—
¿Nos interesa la verdad? ¿Tiene alguna importancia?… donde la ignorancia es una bendición es una locura ser sabio,escribió el poeta Thomas Gray. Pero ¿es así? Edmund Way Teale, en su libro de 1950 Círculo de las estaciones, planteó mejor el dilema:Moralmente es tan malo no querer saber si algo es verdad o no, siempre que permita sentirse bien, como lo es no querer saber cómo se gana el dinero siempre que se consiga.Por ejemplo, es descorazonador descubrir la corrupción y la incompetencia del gobierno, pero ¿es mejor no saber nada de ello? ¿A qué intereses sirve la ignorancia? Si los humanos tenemos, por ejemplo, una propensión hereditaria al odio a los forasteros, ¿no es el autoconocimiento el único antídoto? Si ansiamos creer que las estrellas salen y se ponen para nosotros, que somos la razón por la que hay un universo, ¿es negativo el servicio que nos presta la ciencia para rebajar nuestras expectativas?En La genealogía de la moral, Friedrich Nietzsche, como tantos antes y después, critica el «progreso ininterrumpido en la autodesvalorización del hombre» causado por la revolución científica. Nietzsche lamenta la pérdida de la «creencia del hombre en su dignidad, su unicidad, su insustituibilidad en el esquema de la existencia». Para mí es mucho mejor captar el universo como es en realidad que persistir en el engaño, por muy satisfactorio y reconfortante que sea. ¿Qué actitud es la que nos equipa mejor para sobrevivir a largo plazo? ¿Qué nos da una mayor influencia en nuestro futuro? Y si nuestra ingenua autoconfianza queda un poco socavada en el proceso, ¿es tan grande la pérdida, en realidad? ¿No hay motivo para darle la bienvenida como una experiencia que hace madurar e imprime carácter?Descubrir que el universo tiene de ocho mil a quince mil millones de años y no de seis mil a doce mil [4] mejora nuestra apreciación de su alcance y grandeza; mantener la idea de que somos una disposición particularmente compleja de átomos y no una especie de hálito de divinidad, aumenta cuando menos nuestro respeto por los átomos; descubrir, como ahora parece posible, que nuestro planeta es uno de los miles de millones de otros mundos en la galaxia de la Vía Láctea y que nuestra galaxia es una entre miles de millones más, agranda majestuosamente el campo de lo posible; encontrar que nuestros antepasados también eran los ancestros de los monos nos vincula al resto de seres vivos y da pie a importantes reflexiones —aunque a veces lamentables— sobre la naturaleza humana.Sencillamente, no hay vuelta atrás. Nos guste o no, estamos atados a la ciencia. Lo mejor sería sacarle el máximo provecho. Cuando finalmente lo aceptemos y reconozcamos plenamente su belleza y poder, nos encontraremos con que, tanto en asuntos espirituales como prácticos; salimos ganando.Pero la superstición y la pseudociencia no dejan de interponerse en el camino para distraer a todos los «Buckiey» que hay entre nosotros, proporcionar respuestas fáciles, evitar el escrutinio escéptico, apelar a nuestros temores y devaluar la experiencia, convirtiéndonos en practicantes rutinarios y cómodos además de víctimas de la credulidad. Sí, el mundo sería más interesante si hubiera ovnis al acecho en las aguas profundas de las Bermudas tragándose barcos y aviones, o si los muertos pudieran hacerse con el control de nuestras manos y escribirnos mensajes. Sería fascinante que los adolescentes fueran capaces de hacer saltar el auricular del teléfono de su horquilla sólo con el pensamiento, o que nuestros sueños pudieran predecir acertadamente el futuro con mayor asiduidad que la que puede explicarse por la casualidad y nuestro conocimiento del mundo.Todo eso son ejemplos de pseudociencia. Pretenden utilizar métodos y descubrimientos de la ciencia, mientras que en realidad son desleales a su naturaleza, a menudo porque se basan en pruebas insuficientes o porque ignoran claves que apuntan en otra dirección. Están infestados de credulidad. Con la cooperación desinformada (y a menudo la connivencia cínica) de periódicos, revistas, editores, radio, televisión, productores de cine y similares, esas ideas se encuentran fácilmente en todas partes. Mucho más difíciles de encontrar, como pude constatar en mi encuentro con el señor «Buckiey», son los descubrimientos alternativos más desafiantes e incluso más asombrosos de la ciencia.La pseudociencia es más fácil de inventar que la ciencia, porque hay una mayor disposición a evitar confrontaciones perturbadoras con la realidad que no permiten controlar el resultado de la comparación. Los niveles de argumentación, lo que pasa por pruebas, son mucho más relajados. En parte por las mismas razones, es mucho más fácil presentar al público en general la pseudociencia que la ciencia. Pero eso no basta para explicar su popularidad.Naturalmente, la gente prueba distintos sistemas de creencias para ver si le sirven. Y, si estamos muy desesperados, todos llegamos a estar de lo más dispuestos a abandonar lo que podemos percibir como una pesada carga de escepticismo. La pseudociencia colma necesidades emocionales poderosas que la ciencia suele dejar insatisfechas. Proporciona fantasías sobre poderes personales que nos faltan y anhelamos (como los que se atribuyen a los superhéroes de los cómics hoy en día, y anteriormente a los dioses). En algunas de sus manifestaciones ofrece una satisfacción del hambre espiritual, la curación de las enfermedades, la promesa de que la muerte no es el fin. Nos confirma nuestra centralidad e importancia cósmica. Asegura que estamos conectados, vinculados, al universo.[5] A veces es una especie de hogar a medio camino entre la antigua religión y la nueva ciencia, del que ambas desconfían.En el corazón de alguna pseudociencia (y también de alguna religión antigua o de la «Nueva Era») se encuentra la idea de que el deseo lo convierte casi todo en realidad. Qué satisfactorio sería, como en los cuentos infantiles y leyendas folclóricas, satisfacer el deseo de nuestro corazón sólo deseándolo. Qué seductora es esta idea, especialmente si se compara con el trabajo y la suerte que se suele necesitar para colmar nuestras esperanzas. El pez encantado o el genio de la lámpara nos concederán tres deseos: lo que queramos, excepto más deseos. ¿Quién no ha pensado —sólo por si acaso, sólo por si nos encontramos o rozamos accidentalmente una vieja lámpara de hierro— qué pediría?Recuerdo que en las tiras de cómic y libros de mi infancia salía un mago con sombrero y bigote que blandía un bastón de ébano. Se llamaba Zatara. Era capaz de provocar cualquier cosa, lo que fuera. ¿Cómo lo hacía? Fácil. Daba sus órdenes al revés. O sea, si quería un millón de dólares, decía «seralód ed nóllim, nú emad». Con eso bastaba. Era como una especie de oración, pero con resultados mucho más seguros.A los ocho años dediqué mucho tiempo a experimentar de esta guisa, dando órdenes a las piedras para que se elevasen: «etavéle, ardeip». Nunca funcionó. Decidí que era culpa de mi pronunciación. —ooo— Podría afirmarse que se abraza la pseudociencia en la misma proporción que se comprende mal la ciencia real… sólo que aquí acaba la comparación. Si uno nunca ha oído hablar de ciencia (por no hablar de su funcionamiento), difícilmente será consciente de estar abrazando la pseudociencia. Simplemente, estará pensando de una de las maneras que han pensado siempre los humanos. Las religiones suelen ser los viveros de protección estatal de la pseudociencia, aunque no hay razón para que tengan que representar este papel. En cierto modo es un dispositivo procedente de tiempos ya pasados. En algunos países, casi todo el mundo cree en la astrología y la adivinación, incluyendo los líderes gubernamentales. Pero eso no se les ha inculcado sólo a través de la religión; deriva de la cultura que los rodea, en la que todo el mundo se siente cómodo con estas prácticas y se encuentran testimonios que lo afirman en todas partes.La mayoría de los casos a los que me refiero en este libro son norteamericanos… porque son los que conozco mejor, no porque la pseudociencia y el misticismo tengan mayor incidencia en Estados Unidos que en otra parte. Uri Geller, doblador de cucharas y psíquico que se comunica con extraterrestres, saluda desde Israel. A medida que crecen las tensiones entre los secularistas argelinos y los fundamentalistas musulmanes aumenta el número de gente que consulta discretamente a los diez mil adivinos y clarividentes (de los que cerca de la mitad operan con licencia del gobierno). Altos cargos franceses, incluido un antiguo presidente de la República, ordenaron la inversión de millones de dólares en una patraña (el escándalo Elf-Aquitaine) para encontrar nuevas reservas de petróleo desde el aire. En Alemania hay preocupación por los «rayos de la Tierra» carcinógenos que la ciencia no detecta; sólo pueden ser captados por experimentados zahones blandiendo sus palos ahorquillados. En las Filipinas florece la «cirugía psíquica». Los fantasmas son una obsesión nacional en Gran Bretaña. Desde la segunda guerra mundial, en Japón han aparecido una enorme cantidad de nuevas religiones que prometen lo sobrenatural. El número estimado de adivinos que prosperan en el Japón es de cien mil, con una clientela mayoritaria de mujeres jóvenes. Aum Shirikyo, una secta que se supone implicada en la fuga de gas nervioso sarín en el metro de Tokyo en marzo de 1995, cuenta entre sus principales dogmas con la levitación, la curación por la fe y la percepción extrasensorial (PES). Los seguidores bebían, a un alto precio, el agua del «estanque milagroso»… del baño de Asahara, su líder. En Tailandia se tratan enfermedades con pastillas fabricadas con Escrituras Sagradas pulverizadas. Todavía hoy se queman «brujas» en Sudáfrica. Las fuerzas australianas que mantienen la paz en Haití rescatan a una mujer atada a un árbol; está acusada de volar de tejado en tejado y chupar la sangre a los niños. En la India abunda la astrología, la geomancia está muy extendida en China.Quizá la pseudociencia global reciente de más éxito —-según muchos criterios, ya una religión— es la doctrina hindú de la meditación trascendental (MT). Las soporíferas homilías de su fundador y líder espiritual, el Maharishi Mahesh Yogi, se pueden seguir por televisión. Sentado en posición de yogui, con sus cabellos blancos veteados de negro, rodeado de guirnaldas y ofrendas florales, su aspecto es imponente. Un día, cambiando de canales, nos encontramos con esta cara. «¿Sabéis quién es?», preguntó nuestro hijo de cuatro años. «Dios.» La organización mundial de MT tiene una valoración estimada de tres mil millones de dólares. Previo pago de una tasa, prometen que a través de la meditación pueden hacer que uno atraviese paredes, se vuelva invisible y vuele. Pensando al unísono, según dicen, han reducido el índice de delitos en Washington, D.C. y han provocado el colapso de la Unión Soviética, entre otros milagros seculares. No se ha ofrecido la más mínima prueba real de tales afirmaciones. MT vende medicina popular, dirige compañías comerciales, clínicas médicas y universidades de «investigación», y ha hecho una incursión sin éxito en la política. Con su líder de extraño carisma, su promesa de comunidad y el ofrecimiento de poderes mágicos a cambio de dinero y una fe ferviente, es el paradigma de muchas pseudociencias comercializadas para la exportación sacerdotal.Cada vez que se renuncia a los controles civiles y a la educación científica se produce otro pequeño tirón de la pseudociencia.Liev Trotski lo describió refiriéndose a Alemania en vísperas de la toma del poder por parte de Hitler (pero la descripción podría haberse aplicado igualmente a la Unión Soviética de 1933):No sólo en las casas de los campesinos, sino también en los rascacielos de la ciudad, junto al siglo XX convive el XIII. Cien millones de personas usan la electricidad y creen todavía en los poderes mágicos de los signos y exorcismos… Las estrellas de cine acuden a médiums. Los aviadores que pilotan milagrosos mecanismos creados por el genio del hombre llevan amuletos en la chaqueta. ¡Qué inagotable reserva de oscuridad, ignorancia y salvajismo poseen!Rusia es un caso instructivo. En la época de los zares se estimulaba la superstición religiosa, pero se suprimió sin contemplaciones el pensamiento científico y escéptico, sólo permitido a unos cuantos científicos adiestrados. Con el comunismo se suprimieron sistemáticamente la religión y la pseudociencia… excepto la superstición de la religión ideológica estatal. Se presentaba como científica, pero estaba tan lejos de este ideal como el culto misterioso menos provisto de autocrítica. Se consideraba un peligro el pensamiento crítico —excepto por parte de los científicos en compartimentos de conocimiento herméticamente aislados—, no se enseñaba en las escuelas y se castigaba cuando alguien lo expresaba. Como resultado, con el poscomunismo, muchos rusos contemplan la ciencia con sospecha. Al levantar la tapa, como ocurrió con los virulentos odios étnicos, salió a la superficie lo que hasta entonces había estado hirviendo por debajo de ella. Ahora toda la zona está inundada de ovnis, poltergeist, sanadores, curanderos, aguas mágicas y antiguas supersticiones. Un asombroso declive de la expectativa de vida, el aumento de la mortalidad infantil, las violentas epidemias de enfermedades, las condiciones sanitarias por debajo del mínimo y la ignorancia de la medicina preventiva se unen para elevar el umbral a partir del cual se dispara el escepticismo de una población cada vez más desesperada. En el momento de escribir estas líneas, el miembro más popular y más votado de la Duma, un importante defensor del ultranacionalista Vladimir Zhirinovski, es un tal Anatoli Kashprirovski: un curandero que, a distancia, con la luz deslumbrante de su rostro en la pantalla del televisor, cura enfermedades que van desde una hernia hasta el sida. Su cara pone en funcionamiento relojes estropeados.Existe una situación más o menos análoga en China. Después de la muerte de Mao Zedong y la gradual emergencia de una economía de mercado, aparecieron los ovnis, la canalización y otros ejemplos de pseudociencia Occidental, junto con prácticas chinas tan antiguas como la adoración de los ancestros, la astrología y las adivinaciones, especialmente la versión que consiste en arrojar unas ramitas de milenrama y examinar los viejos hexagramas del I Ching. El periódico del gobierno lamentaba que «la superstición de la ideología feudal cobre nueva vida en nuestro país». Era (y sigue siendo) un mal principalmente rural, no urbano.Los individuos con «poderes especiales» atraían a gran número de seguidores. Según decían, podían proyectar Qi, el «campo de energía del universo», desde su cuerpo para cambiar la estructura molecular de un producto químico a dos mil kilómetros de distancia, comunicarse con extraterrestres, curar enfermedades. Algunos pacientes murieron bajo los cuidados de uno de esos «maestros de Qi Gong», que fue arrestado y condenado en 1993. Wang Hong-cheng, un aficionado a la química, afirmaba haber sintetizado un líquido que, si se añadía al agua en pequeñas cantidades, la convertía en gasolina o un equivalente. Durante un tiempo recibió fondos del ejército y la policía secreta pero, cuando se constató que su invento era una patraña, fue arrestado y encarcelado. Naturalmente, se propagó la historia de que su desgracia no era producto del fraude sino de su negativa a revelar la «fórmula secreta» al gobierno. (En Norteamérica han circulado historias similares durante décadas, normalmente con la sustitución del papel del gobierno por el de una compañía petrolera o automovilística importante.) Se está llevando a los rinocerontes asiáticos a la extinción porque dicen que sus cuernos, pulverizados, previenen la impotencia; el mercado abarca todo el este de Asia.El gobierno de China y el Partido Comunista chino estaban alarmados por estas tendencias. El 5 de diciembre de 1994 emitieron una declaración conjunta que decía, entre otras cosas:Se ha debilitado la educación pública en temas científicos en años recientes. Al mismo tiempo han ido creciendo actividades de superstición e ignorancia y se han hecho frecuentes los casos de anticiencia y pseudociencia. En consecuencia, se deben aplicar medidas eficaces lo antes posible para fortalecer la educación pública en la ciencia. El nivel de educación pública en ciencia y tecnología es una señal importante del logro científico nacional. Es un asunto de la mayor importancia en el desarrollo económico, avance científico y progreso de la sociedad. Debemos prestar atención y potenciar esta educación pública como parte de la estrategia de modernización de nuestro país socialista para conseguir una nación poderosa y próspera. La ignorancia, como la pobreza, nunca es socialista.Así pues, la pseudociencia en Estados Unidos es parte de una tendencia global. Sus causas, peligros, diagnóstico y tratamiento son iguales en todas partes. Aquí, los psíquicos venden sus servicios en largos anuncios de televisión con el respaldo personal de los presentadores. Tienen su canal propio, el Psychic Friends Network, con un millón de abonados anuales que lo usan como guía en su vida cotidiana. Hay una especie de astrólogo-adivino-psíquico dispuesto a aconsejar a altos ejecutivos de grandes corporaciones, analistas financieros, abogados y banqueros sobre cualquier tema. «Si la gente supiera cuántas personas, especialmente entre los más ricos y poderosos, van a los psíquicos, se quedaría con la boca abierta para siempre», dice un psíquico de Cleveland, Ohio. Tradicionalmente, la realeza ha sido vulnerable a los fraudes psíquicos. En la antigua China y en Roma la astrología era propiedad exclusiva del emperador; cualquier uso privado de este poderoso arte se consideraba una ofensa capital. Procedentes de una cultura del sur de California particularmente crédula, Nancy y Ronald Reagan consultaban a un astrólogo para temas privados y públicos, sin que los votantes tuvieran conocimiento de ello. Parte del proceso de toma de decisiones que influyen en el futuro de nuestra civilización está sencillamente en manos de charlatanes. De todas formas, la práctica es relativamente baja en América; su extensión es mundial. —ooo— Por divertida que pueda parecer la pseudociencia, por mucho que confiemos en que nunca seremos tan crédulos como para que nos afecte una doctrina así, sabemos que está ocurriendo a nuestro alrededor. La Meditación Trascendental y Aum Shin-rikyo parecen haber atraído a gran número de personas competentes, algunas con títulos avanzados de física o ingeniería. No son doctrinas para mentecatos. Hay algo más.Más aún, nadie que esté interesado en lo que son las religiones y cómo empiezan puede ignorarlas. Aunque parece que se alzan amplias barreras entre una opinión local pseudocientífica y algo así como una religión mundial, los tabiques de separación son muy delgados. El mundo nos presenta problemas casi insuperables. Se ofrece una amplia variedad de soluciones, algunas de visión mundial muy limitada, otras de un alcance portentoso. En la habitual selección natural darwiniana de las doctrinas, algunas resisten durante un tiempo, mientras la mayoría se desvanecen rápidamente. Pero unas pocas —a veces, como ha mostrado la historia, las más descuidadas y menos atractivas de entre ellas— pueden tener el poder de cambiar profundamente la historia del mundo.El continium que va de la ciencia mal practicada, la pseudociencia y la superstición (antigua y de la «Nueva Era») hasta la respetable religión basada en la revelación es confuso. Intento no utilizar la palabra «culto» en este libro en el sentido habitual de una religión que desagrada al que habla. Sólo pretendo llegar a la piedra angular del conocimiento: ¿saben realmente lo que afirman saber? Todo el mundo, por lo visto, tiene una opinión relevante.En algunos pasajes de este libro me mostraré crítico con los excesos de la teología, porque en los extremos es difícil distinguir la pseudociencia de la religión rígida y doctrinaria. Sin embargo, quiero reconocer de entrada la diversidad y complejidad prodigiosa del pensamiento y práctica religiosa a lo largo de los siglos, el crecimiento de la religión liberal y de la comunidad ecuménica en el último siglo y el hecho de que —como en la Reforma protestante, el ascenso del judaismo de la Reforma, el Vaticano II y el llamado alto criticismo de la Biblia— la religión ha luchado (con distintos niveles de éxito) contra sus propios excesos. Pero, igual que muchos científicos parecen reacios a debatir o incluso comentar públicamente la pseudociencia, muchos defensores de las religiones principales se resisten a enfrentarse a conservadores ultras y funda-mentalistas. Si se mantiene la tendencia, a la larga el campo es suyo; pueden ganar el debate por incomparecencia del contrario.Un líder religioso me escribe sobre su anhelo de «integridad disciplinada» en la religión:Nos hemos vuelto demasiado sentimentales… La devoción extrema y la psicología barata por un lado, y la arrogancia e intolerancia dogmática por el otro, distorsionan la auténtica vida religiosa hasta hacerla irreconocible. A veces casi rozo la desesperación, pero también vivo con tenacidad y siempre con esperanza… La religión sincera, más familiar que sus críticos con las distorsiones y absurdidades perpetradas en su nombre, tiene un interés activo en alentar un escepticismo saludable para sus propósitos… Existe la posibilidad de que la religión y la ciencia forjen una relación poderosa contra la pseudociencia. Por extraño que parezca, creo que pronto se unirán para oponerse a la pseudorreligión.La pseudociencia es distinta de la ciencia errónea. La ciencia avanza con los errores y los va eliminando uno a uno. Se llega continuamente a conclusiones falsas, pero se formulan hipotéticamente. Se plantean hipótesis de modo que puedan refutarse. Se confronta una sucesión de hipótesis alternativas mediante experimento y observación. La ciencia anda a tientas y titubeando hacia una mayor comprensión. Desde luego, cuando se descarta una hipótesis científica se ven afectados los sentimientos de propiedad, pero se reconoce que este tipo de refutación es el elemento central de la empresa científica.La pseudociencia es justo lo contrario. Las hipótesis suelen formularse precisamente de modo que sean invulnerables a cualquier experimento que ofrezca una posibilidad de refutación, por lo que en principio no pueden ser invalidadas. Los practicantes se muestran cautos y a la defensiva. Se oponen al escrutinio escéptico. Cuando la hipótesis de los pseudocientíficos no consigue cuajar entre los científicos se alegan conspiraciones para suprimirla.La capacidad motora en la gente sana es casi perfecta. Raramente tropezamos o caemos, excepto de pequeños o en la vejez. Aprendemos tareas como montar en bicicleta, patinar, saltar a la comba o conducir un coche y conservamos este dominio para toda la vida. Aunque estemos una década sin practicarlo, no nos cuesta ningún esfuerzo recuperarlo. La precisión y retención de nuestras habilidades motoras, sin embargo, nos da un falso sentido de confianza en nuestros otros talentos. Nuestras percepciones son falibles. A veces vemos lo que no existe. Somos víctimas de ilusiones ópticas. En ocasiones alucinamos. Tendemos a cometer errores. Un libro francamente ilustrativo, titulado Cómo sabemos que no es así: la falibilidad de la razón humana en la vida cotidiana, de Thomas Gilovich, muestra cómo la gente yerra sistemáticamente en la comprensión de números, cómo rechaza las pruebas desagradables, cómo le influyen las opiniones de otros. Somos buenos en algunas cosas, pero no en todo. La sabiduría radica en comprender nuestras limitaciones. «Porque el hombre es una criatura atolondrada», nos enseña William Shakespeare. Aquí es donde entra el puntilloso rigor escéptico de la ciencia.Quizá la distinción más clara entre la ciencia y la pseudociencia es que la primera tiene una apreciación mucho más comprensiva de las imperfecciones humanas y la falibilidad que la pseudociencia (o revelación «inequívoca»). Si nos negamos categóricamente a reconocer que somos susceptibles de cometer un error, podemos estar seguros de que el error —incluso un error grave, una equivocación profunda— nos acompañará siempre. Pero si somos capaces de evaluarnos con un poco de coraje, por muy lamentables que sean las reflexiones que podamos engendrar, nuestras posibilidades mejoran enormemente.Si nos limitamos a mostrar los descubrimientos y productos de la ciencia —no importa lo útiles y hasta inspiradores que puedan ser— sin comunicar su método crítico, ¿cómo puede distinguir el ciudadano medio entre ciencia y pseudociencia? Ambas se presentan como afirmación sin fundamento. En Rusia y China solía ser fácil. La ciencia autorizada era la que enseñaban las autoridades. La distinción entre ciencia y pseudociencia se hacía a medida. No hacía falta explicar las dudas. Pero en cuanto se produjeron cambios políticos profundos y se liberaron las restricciones del libre pensamiento hubo una serie de afirmaciones seguras o carismáticas —especialmente las que nos decían lo que queríamos oír— que consiguieron muchos seguidores. Cualquier idea, por improbable que fuera, conseguía autoridad.Para el divulgador de la ciencia es un desafío supremo aclarar la historia actual y tortuosa de sus grandes descubrimientos y equivocaciones, y la testarudez ocasional de sus practicantes en su negativa a cambiar de camino. Muchos, quizá la mayoría de los libros de texto de ciencias para científicos en ciernes, lo abordan con ligereza. Es mucho más fácil presentar de modo atractivo la sabiduría destilada durante siglos de interrogación paciente y colectiva sobre la naturaleza que detallar el complicado aparato de destilación. El método, aunque sea indigesto y espeso, es mucho más importante que los descubrimientos de la ciencia.
[1] Versión de José Manuel Pabón y Manuel Femández-Galiano, Madrid, 1984.
[2] Aunque puede afirmarse lo mismo de Theodore Rooseveit, Herbert Hoover y Jimmy Cárter. Gran Bretaña tuvo una primera ministra así con Margaret Thatcher. Sus estudios de química, en parte bajo la tutela de la premio Nobel Dorothy Hodgkins, fueron la clave de la fuerte defensa por parte del Reino Unido de la prohibición mundial del CFC reductor del ozono.
[3] Recientemente, en una cena, pregunté a los comensales reunidos —cuya edad calculo que iba de los treinta a los sesenta— cuántos de ellos estarían vivos si no hubieran existido los antibióticos, marcapasos y el resto de la parafernalia de la medicina moderna. Sólo uno levantó la mano. No era yo.
[4] «Ninguna persona religiosa lo cree», escribe uno de los consultores de este libro. Pero muchos «científicos creacionistas» no sólo lo creen, sino que realizan esfuerzos cada vez más agresivos y exitosos para que se enseñe en las escuelas, museos, zoológicos y libros de texto. ¿Por qué? Porque sumando las «genealogías», las edades de los patriarcas y otros en la Biblia, se alcanza esta cifra, y la Biblia es «inequívoca».
[5] Aunque para mí es difícil ver una conexión cósmica más profunda que los asombrosos descubrimientos de la astrofísica nuclear moderna: excepto el hidrógeno, todos los átomos que nos configuran —el hierro de nuestra sangre, el calcio de nuestros huesos, el carbón de nuestro cerebro— fueron fabricados en estrellas gigantes rojas a una distancia de miles de años luz en el espacio y hace miles de millones de años en el tiempo. Somos, como me gusta decir, materia estelar.
por APRA_ | May 10, 2016 | Crítica a las Religiones, Pensamiento Crítico |
Por: Luisa Corradini – La Nacion – Argentina
ENTREVISTA AL FILÓSOFO MICHEL ONFRAY, AUTOR DE “TRATADO DE ATEOLOGÍA”
La experiencia traumática de la infancia marcó para siempre su percepción de la realidad y selló su aversión por las religiones. Ateo sin concesiones y apóstol del materialismo, desde que empezó a escribir, a los 30 años, diseca con empeño de entomólogo la forma en que el idealismo ascético platónico, después cristiano y por fin alemán, sigue influenciando nuestra forma de pensar y relacionándonos con el mundo. Para Onfray, no hay filosofía sin psicoanálisis, sociología y ciencias: “Un filósofo piensa en función de los útiles de los que dispone. De lo contrario, piensa fuera de la realidad”, argumenta. El primero y más importante de esos útiles es el propio cuerpo. “Toda teoría es reflejo del cuerpo y no el producto de una influencia venida del más allá -escribe-. La opción, el deseo, la idea, el alma son solo efectos de un proceso fisiológico, neuronal y nervioso, exclusivamente ligados a los músculos y al cerebro. El libre albedrío no existe, la trascendencia tampoco.”Antes de llegar a ser filósofo, Michel Onfray tuvo que morir varias muertes. Fue primero el hijo malquerido de una mucama y de un pobre obrero agrícola de Argentan, un pueblo perdido de la Normandía francesa. Nacido en la pobreza, criado en la humillación y abandonado en un orfanato salesiano a los 10 años, Onfray fue después empleado en una fábrica de quesos, candidato fracasado a conductor de tren y profesor en un liceo técnico de Caen. Sufrió un infarto a los 28 años y, más tarde, dos derrames cerebrales. Pero, en vez de llevarlo a la tumba, todas esas desventuras le inocularon una necesidad colosal de vivir, de amar, de hablar, de escribir, de luchar, de provocar, de denunciar, de compartir, de emocionar y -con mucha frecuencia- de exagerar, que no tiene ningún otro pensador de su generación.
Tanto en sus treinta y cinco libros como en las cátedras que dicta en la Universidad Popular de Caen, que creó y anima desde 2003, celebra el hedonismo, los sentidos, el libertinaje, el materialismo, el individualismo y el ateísmo. Según él, las religiones son únicamente instrumentos de dominación y de alienación. “Los tres monoteísmos profesan el mismo odio a las mujeres, los deseos, las pulsiones, las pasiones y la sexualidad. También detestan la libertad, todas las libertades: la de disponer de sí mismo, de su vida y de su cuerpo sin pedir permiso a la autoridad eclesiástica”, sostiene. Onfray reivindica la herencia intelectual de Nietzche, Freud y Marx, que tienen “la cualidad de invitar al hombre a una superación permanente”. “Lo importante no es lo que dijeron, sino el proceso que los llevó a decirlo”, asegura.
Escritor de excelente estilo, prolífico y buen divulgador, sus libros suelen ser éxitos populares que venden centenares de miles de ejemplares en el mundo entero. Sin embargo, este doctor en filosofía de 49 años, que vive con la misma mujer desde los 19, en una anodina casa de su pueblo natal, rodeado de sus libros y con su gato, se parece más a un anacoreta que al libertino que reivindica. Según Jean-Paul Enthoven, su editor en Grasset desde que publicó su primer libro en 1989, todo el dinero que ganó hasta ahora está bloqueado en una cuenta: “Apenas quiere recibir una suma mensual que nunca debe superar la jubilación que percibía su padre como obrero agrícola”, precisa. “Trato de que mi vida sea coherente con mis pensamientos”, resume Onfray.
La entrevista que sigue no es una conversación clásica con un filósofo, que admite interrupciones, preguntas y derivaciones. Onfray solo aceptó dialogar con LA NACION a condición de que fuera a través de correo electrónico. Ese recurso eliminó la espontaneidad de la discusión, pero le otorgó quizás una mayor precisión conceptual. Este es, en todo caso, el resultado de esa experiencia periodística poco frecuente:
-¿Cuál es la pregunta que usted se hace con más frecuencia: qué, cómo o por qué?
-Rara vez me hago preguntas filosóficas existenciales, pues creo haber hallado las respuestas que me permiten vivir una vida que me conviene, en relación íntima con mis principios. No tengo angustias existenciales, no le temo a la muerte, vivo tratando de que el presente y los instantes que lo constituyen sean lo más densos posibles. Las cuestiones filosóficas que me planteo son específicas y están relacionadas con los libros que preparo. Y las preguntas más triviales que me hago son cómo escapar a los parásitos, a los devoradores de mi tiempo, para poder trabajar tranquilamente.
-En uno de sus libros usted inventó el concepto de “hápax existencial”. Es decir, ese momento fundamental en el que, en un segundo, la vida cambia para siempre. ¿Cuál fue ese hápax para usted?
-Hubo un hápax extremadamente violento que fue mi infarto, cuando tenía 28 años. Una experiencia que conté en el prefacio de El arte del placer . Pero creo que hubo otro, casi tan violento como el primero y probablemente más constructor, más determinante, que relato en La fuerza de existir : haber sido abandonado por mi madre en un orfanato a los diez años. Creo, en todo caso, que ambos acontecimientos tienen una relación íntima, compleja y particular.
-Justamente, ese libro comienza diciendo: “Morí a los diez años, una hermosa tarde de otoño, en una luz que provocaba deseos de eternidad ” ¿Murió para siempre? ¿Qué sucedió después? ¿Algo consiguió salvarlo?
-Esa frase evoca el momento en que fui abandonado en el orfanato. ¿Qué pasó después? Digamos, siete años de sufrimientos. Y después, el descubrimiento de la filosofía que, efectivamente, me salvó, al proponerme cómo dar un sentido a mi existencia que, de lo contrario, no tenía ninguno o, por lo menos, lo había perdido.
-Usted afirma que no fue el orfanato lo que lo convenció de que Dios no existe porque a los diez años ya lo sabía. Sin embargo, suele decir también que los adultos que creen en Dios se equivocan. ¿Qué tenía usted a los diez años que un adulto -incluso analfabeto- no tenga a los cuarenta? ¿No es un poco pretencioso de su parte?
-No veo por qué debería ser pretencioso o qué es lo que yo tendría de más. Yo no hablo en esos términos. Son los suyos y es su propio juicio de valor. Para ser claro: creí en Dios mientras creía en el Papá Noel. A partir de cierta edad, todo eso me pareció irracional, sin sentido. Eso no quiere decir que fuera un superhombre o un genio precoz. Probablemente solo se trate de temperamento, de carácter inadaptado a las fábulas.
-Usted escribe “los monoteísmos detestan la inteligencia”. Pero entonces, ¿qué hacer con todos los genios de Occidente que practicaron alguna de las tres religiones del Libro?
-Yo hablo de “monoteísmos” y no de “monoteístas”. El monoteísmo es una ideología que, en sus principios, detesta que la gente piense o reflexione y prefiere que obedezca y que se someta a la Ley, a la palabra de Dios y a sus Mandamientos. Que hay monoteístas inteligentes, no esperé su pregunta para saberlo. Y tampoco he dudado de la inteligencia de ciertos monoteístas cuando son inteligentes.
-Dejemos a un lado la Iglesia como institución e incluso la Biblia. ¿Cómo sabe usted que, en verdad, Dios no existe? Podría perfectamente existir. ¿Cómo saberlo? ¿No cree que aceptar la duda sería una actitud más filosófica?
-La duda no es filosófica, es metodológica y prepara el terreno a la solución filosófica. En otras palabras, se duda un momento en un movimiento que debe concluir en una certeza. Descartes solo utilizó la duda de esa forma. Conformarse con la duda es detenerse a mitad de camino. Además, la duda es una deshonestidad intelectual. Aquellos que reivindican la duda no tienen problemas en reivindicar la certeza de esa duda. La coherencia del escéptico debería llevarlo hasta a dejar de hablar. Un filósofo tiene la obligación de hacer llegar su pensamiento a algún lado. En todo caso, aquellos que afirman algo (por ejemplo, la existencia de Dios) son quienes deben demostrarlo. De lo contrario, bastaría con afirmar cualquier cosa (que los unicornios existen, por ejemplo), pedir a su interlocutor que pruebe que lo que uno dice es una necedad y, frente a su incapacidad para demostrarlo, concluir que lo que se está diciendo es verdad. De esa forma se podría afirmar que las mesas giran solas, que los platos voladores existen, que los horóscopos dicen la verdad.
-Usted critica a “los hombres que se embriagan de ilusiones”. ¿Está mal? ¿Y si eso les permite ser menos infelices? Usted escribe: “El camino de la verdad filosófica es largo y difícil”. Pero hay muchísima gente que nunca tendrá la posibilidad de hacer ese camino. ¿Por qué negarles su propia forma de consuelo a aquellos que creen en algo superior?
-Prefiero una verdad que duele a una mentira que calma. Pero cada uno puede preferir el opio de la ilusión a la realidad. Yo le reprocho a la ilusión enemistarnos con la única certeza que tenemos: la vida es aquí, aquí y ahora. Las religiones nos invitan a vivir en la expiación, con el pretexto de que vivir como si uno estuviera muerto aquí nos abrirá la vida eterna una vez muertos. Yo consagro gran parte de mi tiempo -sobre todo cuando creo universidades populares abiertas a todos-, a ofrecer una alternativa filosófica a la propuesta religiosa. Creo que es necesario popularizar la filosofía para reconciliar al hombre consigo mismo, con su cuerpo, su vida, los otros y el mundo, sin que tenga que pasar por todas esas ficciones religiosas.
-Cuando un creyente piensa en el universo, imagina una suerte de más allá, donde pone a todos sus seres queridos, sus divinidades y sus ilusiones. Esa dimensión debe de ser imposible de borrar una vez adquirida. ¿Qué hay en la imaginación de un ateo total?
-Un mundo exactamente igual de vasto. ¡Qué extraña idea tiene usted del ateo! ¿Lo cree incapaz de imaginación? ¿De vida espiritual? ¡Es curioso que piense en el ateo como una especie de idiota de cerebro limitado, con escasas posibilidades estéticas, emocionales, afectivas y espirituales!
-En todo caso, tengo la impresión de que la desaparición de lo sagrado no es inminente. ¿Cree usted en una humanidad sin religión?
-Siempre habrá religiones, porque las religiones viven de la angustia y del miedo de los hombres, y porque estamos lejos de haber terminado con los temores existenciales. El ateo está condenado a militar por una causa perdida. Pero poco importa que esté perdida, si es una causa justa. Lo irracional, lo irrazonable, la ilusión, las ficciones disponen de un futuro grandioso, pues el mundo liberal que se prepara en nuestro planeta odia la cultura, que hace retroceder a los mitos, entre ellos, la religión.
-Usted escribe: “La autoridad me resulta insoportable; la dependencia, invivible. Las órdenes, invitaciones, pedidos, propuestas, consejos me paralizan ” ¿Cómo hace para organizar su relación con los demás, sobre todo con sus allegados?
-Desde los 17 años, (cuando dejé mi familia para vivir sin ayuda alguna) construí mi vida a fin de tener que obedecer -¡y mandar!- lo menos posible. No me pida detalles porque tendríamos que consagrar la entrevista a esta cuestión. Digamos que es necesario evitar el matrimonio y los hijos, los honores, la riqueza y las situaciones de poder. Soy soltero, sin hijos, me importan un bledo las condecoraciones, los puestos honoríficos en instituciones universitarias. Vivo muy bien con o sin dinero, porque el dinero nunca fue una obsesión en mi vida, no soy representante de esto ni de aquello. Trato de no deberle nada a nadie. Vivo de mi pluma, y mis lectores, comprando mis libros, hacen posible esta situación social magnífica, casi una vida de rey.
-Usted se declara a favor de un hedonismo del ser y no del tener. ¿Me puede explicar?
-Es muy difícil en dos palabras. Digamos que todas las cosas que tienen que ver con la posesión (dinero, situación social, riquezas, propiedades, bienes habituales de la sociedad de consumo) no son un fin en sí mismas. Por el contrario, lo que depende del ser (libertad, amistad, amor, afección, dulzura, serenidad, paz consigo mismo, los otros y el mundo) constituye el ideal de sabiduría hacia el que hay que tender. Disfrutar de una cosa no presenta demasiado interés, disfrutar de un momento de sabiduría es uno de los grandes instantes de la vida.
-¿Y cuál es la diferencia entre ese hedonismo y el estoicismo?
-La oposición entre ambas escuelas suele ser una cuestión de universitarios. Hay que leer las Cartas a Lucilio de Séneca, el estoico. Allí hay cantidad de argumentos epicúreos. En mi libro Contra-historia de la filosofía explico cómo esta oposición entre dos sensibilidades filosóficas fueron instrumentalizadas por Cicerón con fines políticos: era necesario desacreditar a los candidatos epicúreos al Senado, y Cicerón, el estoico, los estigmatizó como voluptuosos e incapaces de ocuparse de la cosa pública. Después, el cristianismo se apoderó de esos argumentos que perduran hasta hoy.
-Usted es un filósofo decididamente orientado hacia la modernidad. ¿Qué lugar reserva en su reflexión al psicoanálisis y a las neurociencias? ¿No cree que estas últimas están terminando con Freud?
-Tengo el proyecto de escribir un libro sobre el psicoanálisis que evitará dar poderes absolutos tanto a Freud como a las neurociencias. Rehabilitaré el psicoanálisis como un chamanismo posmoderno, precisando que el cuerpo no es una cuestión de inconsciente psíquico, sino de inconsciente neurovegetativo.
-¿Está usted satisfecho de su vida? Quizás sea ridículo preguntarle a un filósofo si es feliz, pero
-¡Pero yo soy absolutamente feliz! De lo contrario dejaría de escribir lo que escribo, de enseñar lo que enseño y de dar las conferencias que doy por el mundo. A menos que fuese un estafador. Y yo sé que en filosofía también existen los estafadores.
por APRA | May 10, 2016 | Pensamiento Crítico |
Por: Mario Bunge
Las pseudociencias, tales como la astrología y la quiromancia, siempre han sido populares, a menudo, mas que las ciencias. Ahora, cuando está de moda exigir que las universidades satisfagan la demanda del mercado, habría que enseñarlas abierta y sistemáticamente, en lugar de hacerlo solapadamente en las facultades de humanidades. El consumidor tendría que poder elegir libremente entre la Facultad de ciencias y la facultad de pseudociencias. Y el diploma debería autorizar a ejercer la profesión.
Esta idea no es mía ni nueva: hace casi un siglo Freud, el fundador de la pseudociencia más exitosa del siglo pasado, propuso un plan detallado de una Facultad de Psicoanálisis en la Universidad de Viena. Su plan de estudios incluía numerosos cursos de Psicoanálisis, mitología y literatura. Nada de psicología experimental ni de neurociencias, desde luego, porque quienes trabajan en esos campos tienen la nefasta manía de exigir pruebas.
El defecto del plan de Freud es que era unilateral: solo incluía el psicoanálisis. El mío es amplio y abierto: incluye todas las principales pseudociencias conocidas, así como las por inventar. En efecto, mi plan de estudios de la Licenciatura en Pseudociencias es el que sigue:
Primer año: Introducción a las pseudociencias, Historia de las pseudociencias, Astrología, Alquimia, Piramidología, Demonología. Trabajos prácticos: transmutación de plomo en oro; construcción de horóscopos; búsqueda de napas de agua mediante la horqueta; levitación; reconstrucción de una pirámide egipcia; entrar en contacto espiritual con un demonio.
Segundo año: Homeopatía, Naturopatía, Psicoanálisis freudiano, Numerología. Trabajos prácticos: manufactura de remedios homeopáticos para curar el cáncer; la diabetes o el mal de amores; identificar el complejo relacionado con la bisabuela materna; hallar el significado simbólico del número de Avogadro.
Tercer año: Psicoaálisis jungiano, Parapsicología, memética, psicología evolutiva, grafología, Seminario I. Trabajos prácticos: encontrar las sincronías entre sunamis y terremotos políticos; tocar la flauta a distancia; explicar la última de las 10.000 religiones registradas en EEUU como una adaptación del medio ambiente del Paleolítico; hallar el significado simbólico de los sueños de un terrorista notorio.
Cuarto año: Diseño Inteligente (ex creacionismo), astronomía de universos paralelos, Medicina holística, Genética egoísta, Psicoanálisis lacaniano, Derecho de ejercicio ilegal de la medicina, Filosofía de la pseudociencia, Seminario II. Trabajos prácticos: averiguar los designios del Altísimo cuando diseñó el piojo y la muela del juicio; averiguar algunos rasgos de un universo en el que fallen las leyes de la termodinámica; diagnóstico y tratamiento holístico del callo plantal; buscar el gen de la afición al fútbol, al póquer o a la pseudociencia; inventar trucos para evitar pleitos iniciados por clientes desagradecidos; elaborar una filosofía de la ovnilogía, la reflexología, el psicoanálisis o la memética. Los seminarios I y II se dedicarán a estudiar teorías o prácticas situadas entre la ciencia y la pseudociencia, tales como las teorías de cuerdas, del comienzo del universo a partir del vacío y de la elección racional.
Preveo que el empresario académico que se propusiera crear una Facultad de pseudociencias no tendría la menor dificultad en reclutar profesorado y alumnado, sobre todo por cuanto en este campo no caben pruebas de idoneidad. Tampoco tendrá dificultad alguna en formar una biblioteca especializada en pseudociencias, como puede comprobarse visitando cualquier librería. Pero seguramente el empresario tendrá que hacer frente a la competencia de de las facultades de ciencias, medicina e ingeniería.
En ese caso podrá recurrir a los argumentos siguientes, que ofrezco sin cargo:
Primero: la libertad académica incluye la garantía de enseñar cualquier cosa, incluso, que dos mas dos es igual a siete, y que la tierra es plana.
Segundo: puesto que la ciencia es falible, es posible que la pseudociencia de hoy sea la ciencia de mañana.
Tercero: en la época posmoderna todo es relativo, no hay verdades objetivas no es necesario poner a prueba lo que se conjetura.
Cuarto: el tiempo es oro y se lo ahorra aprendiendo una pseudociencia en lugar de una ciencia.
Quinto: el instrumental que necesita la investigación experimental se está haciendo tan costoso, que incluso en los países más poderosos les convendría cultivar disciplinas que no requieren experimento alguno.
Sexto: la universidad posmoderna es una empresa , y como tal tiene el derecho y el deber de suministrar los productos que demande el consumidor.
Séptimo: en ciertos paises ya funcionan facultades de humanidades en las que no se enseñan sino dosctrinas posmodernas (p.ej., que a historia es una rama de la literatura) y facultades de psicología en las que se enseña exclusivamente el psicoanálisis. La Facultad que propongo no hace sino generalizar y proclamar abiertamente lo que otras hacen en forma estrecha y solapada.
Estos argumentos me parecen impecables. Solo me asaltan tres dudas. Primera: ¿se legitimizan el autoengaño y la estafa al enseñarlos en la universidad? Segunda: ¿es necesario que la universidad deje de ser el principal taller de búsqueda de verdades? Tercera: dado que el derecho al macaneo es uno de los derechos del hombre, ¿por qué exigir diploma para ejercerlo?
Del libro “100 ideas”
por APRA | May 10, 2016 | Pensamiento Crítico |
Por: Barry Fagin
Para los escépticos que desean ser políticamente activos, algunas opciones son más atractivas que otras.
¿Cuál es la conexión entre el escepticismo y la política?
¿Cuáles son las políticas apropiadas para un escéptico?
¿El hecho de ser escéptico automáticamente establece una posición política, o hay puntos de vista alternativos consistentes con el escepticismo?
Hago estas preguntas porque pienso que los escépticos no le han prestado suficiente atención. Esto no es sorprendente, considerando nuestra naturaleza. Como escépticos, estamos acostumbrados a la deliberación, evaluación de evidencia y en la insistencia de la necesidad de aportar evidencias extraordinarias para apoyar afirmaciones extraordinarias.
Estos temas no son importantes para el proceso político, el cual en cambio apela a la emoción y a la manipulación exitosa de las pasiones humanas.
No es sorprendente nuestra sensación de poco confort en el mundo político. Representa todo lo que rechazamos en nuestra búsqueda de entendimiento. Sin embargo, nos enfrentamos a la evidencia insoslayable de la importancia de la política. Nos guste o no, muchos aspectos de nuestras vidas son afectados, y continuarán siendo afectados, por el proceso político.
El simple interés personal, por tanto, sugiere que los escépticos deberían abordar los temas políticos. De mayor importancia es que quizás los escépticos tienen algo importante que ofrecer a sus conciudadanos.
La transparencia otorgada al proceso político puede proveer una útil plataforma para el análisis racional tan a menudo ausente del debate político moderno. Este artículo explorará la conexión entre el escepticismo y la política.
Comienzo con una discusión de la testabilidad de las afirmaciones políticas Luego discuto una bien conocida distinción entre política, moralidad y su relevancia para los escépticos. Posteriormente examino las definitorias instituciones de la política, desarrollos de las ciencias sociales que podrían afectar la política para un escéptico, además de otros ítems que los escépticos encontramos especialmente problemáticos. Concluyo con algunas opciones políticas para los escépticos, junto a una elección que a mi juicio es inaceptable.
La importancia de la testabilidad
Para un escéptico, la testabilidad de una afirmación es el asunto más importante. Desafortunadamente, la testabilidad de las hipótesis políticas es extremadamente baja, dada la dificultad de experimentos controlados. Uno se pregunta si la expresión “ciencia política” tiene en efecto algún significado.
Supóngase por ejemplo que, deseamos evaluar la falta de efectividad de la redistribución de los ingresos en la reducción de la pobreza. No podemos crear dos sociedades idénticas, dando a una de ellas una entrada (*) placebo y a la otra una real, administradas en un modelo de doble ciego. El proceso político afecta a todos los miembros de una comunidad dada; no existen observadores ni interesados para evaluar las salidas.
Debemos, en cambio, vivir con las imperfectas alternativas de ciudades, estados y naciones como pobremente conducidos experimentos en organización social.
Aunque estos experimentos carecen de controles, factores en contra y toma un largo lapso antes de que produzcan efectos medibles, son las mejores fuentes de información factual para los escépticos acerca de lo asuntos políticos.
Por tanto, un escéptico debería estar familiarizado con la historia, la política y la economía, a pesar de su falta de valor predictivo fuerte como las ciencias sociales. Un escéptico debería saber cómo los seres humanos han tratado de organizarse socialmente. Cuando un escéptico hace una afirmación sobre algún hecho político, debería estar familiarizado con ejemplos similares de la historia. Cuando un escéptico desafía una afirmación política, debería cuestionar aquellos ejemplos que apoyan la suposición. Cuanto más extraordinarias sean las afirmaciones, más creíbles deberán ser los ejemplos.
Escepticismo y moralidad
Muchas afirmaciones políticas, por supuesto no son falsables:
- “Tenemos el deber de ayudar a aquellos miembros de nuestra sociedad que no son capaces de ayudarse a sí mismos”.
- “La homosexualidad no es moralmente igual que la heterosexualidad”.
- “La salud es un derecho, no un privilegio”.
- “El gobierno debe inculcar moralidad a sus ciudadanos”.
Estas no son afirmaciones empíricas, sino morales: afirmaciones que indican valores sentidos profundamente por el que las hace. Ellas sirven como axiomas de un sistema de creencias. La adherencia a valores morales no es incompatible con el escepticismo, aunque los axiomas morales de un escéptico son más susceptibles de cambiar a través del tiempo que los de la mayoría, dado su hábito mental de constante cuestionamiento y reevaluación.
¿Qué podemos decir, de las relaciones entre los valores morales de los escépticos y sus preferencias políticas?
Escepticismo y gobierno
La clave, pienso, es que, mientras que la política y la moralidad estén relacionadas, no son idénticas. Todas las acciones políticas deben ser morales, pero la reciprocidad no se da. Hay un extendido régimen de acción que incluye la moralidad pero que, en una sociedad justa excluyen a la política. Esta visión es esencialmente la del liberalismo clásico, que ve a los seres humanos como agentes con derechos, de tal manera que, se establecen los gobiernos para asegurarlos, no con una finalidad dada. Tal visión reconoce el derecho del individuo a tomar decisiones morales sin la intervención del estado, dentro de los límites en que los derechos de los demás son respetados.
La política es una fuerza socialmente implantada: las soluciones políticas a los problemas son todos acerca de forzar a las personas a tomar un curso de acción. Esto provee una manera de distinguir afirmaciones morales de las políticas. Si las afirmaciones de arriba son hechas en un contexto político, son mas apropiadamente interpretadas como:
- “La gente debe ser obligada a ayudar a aquellas que no pueden ayudarse a sí mismas”.
- “La política gubernamental debe distinguir la heterosexualidad de la homosexualidad”.
- “El gobierno debe proveer cuidados de salud, aunque esto signifique obligar a la gente a hacerlo”.
- “La gente debe ser hecha virtuosa”.
Una perspectiva que reconoce la distinción entre política y moralidad puede permitir a los escépticos encarar a la gente con diferentes valores morales en cuestiones políticas, a pesar de diferencias aparentemente irreconciliables de opinión. Los escépticos, en efecto, pueden tener un ancho campo de diferentes valores morales. Si tienen éxito en reconciliar sus ideas políticas y su escepticismo, entonces deberían aplicar sus mismas técnicas de análisis crítico a las instituciones políticas de la misma forma como lo hacen con todas las otras. La institución del gobierno y el uso de la coerción, como herramienta social, las dos características centrales de la política, deben ser examinados críticamente. A mi juicio, la teoría económica, la evidencia histórica, y la simple experiencia diaria sugieren que el gobierno es una herramienta muy pobre para la resolución de los problemas sociales. Si esta visión es correcta, se tienen profundas implicancias para las políticas del escepticismo.
Teoría del escepticismo y la decisión pública
Los lectores que por largo tiempo han creído en la inefectividad de la política como medio para lograr fines sociales deberían estar alertas a recientes desarrollos en las ciencias sociales. La teoría de la decisión pública, en particular, amerita cuidadoso estudio. Desarrollada por James Buchanan, genera predicciones verificables acerca del comportamiento de las instituciones políticas. Estas predicciones están sostenidas por la observación empírica, sugiriendo que todo escéptico debería tener cuanto menos un conocimiento funcional de ellas. Por su trabajo, en el desarrollo de la teoría de la decisión pública, James Buchanan recibió el premio Nobel de Economía, en 1986.
Brevemente, “La teoría de la decisión pública” aplica los principios de la economía al sector público, principios que previamente, en círculos académicos, solamente fueron aplicados al sector privado. Métodos previos de análisis económico asumían que mientras los intereses propios de los humanos eran en los asuntos privados, los asuntos públicos eran diferentes. Cuando acciones privadas llevaban a un “fracaso de mercado”, se asumía que las instituciones públicas eran capaces de corregirlo debido al conocimiento superior, motivación u otros atributos. En otras palabras, se asumía que los gobiernos estaban “por encima” del interés personal y por ello, más efectivos para solucionar problemas sociales.
“La teoría de la decisión pública” sugiere que esta asunción no es correcta. El interés personal es dominante en todos los dominios humanos, tanto públicos como privados. Esto significa que, cuando se dirige una solución política a una posible incidencia de fracaso de mercado, la posibilidad de fracaso político debe también ser considerado. El fracaso político es simplemente la situación que ocurre cuando la solución política no funciona, tiene consecuencias negativas no intencionadas, y/o crea peores situaciones que el problema que debió ser resuelto.
Los lectores que estén interesados en aprender más sobre “La teoría de la decisión pública”, pueden referirse al trabajo original de Buchanan (Buchanan 1964) y un resumen de evidencia de soporte 20 años más tarde (Buchanan 1984). Copias de estos libros pertenecen a todo estante de un escéptico.
Asuntos difíciles para escépticos
Si se concede escepticismo acerca del gobierno, entonces el escéptico queda en una situación difícil en asuntos donde la ciencia y las políticas públicas se sobreponen. De un lado, nuestro compromiso a los más altos principios de investigación objetiva y nuestra comprensión de las manifiestas contribuciones de la ciencia, sugieren que deberíamos apoyar la actividad gubernamental en la educación de la ciencia, incremento de fondos federales para la investigación científica, prohibición de medicinas que no fueron probadas seguras y efectivas, y así sucesivamente. Por otro lado, el escepticismo acerca del gobierno nos dice que estas políticas en su implementación práctica son muy probables de tener consecuencias no intencionadas, precisamente porque el gobierno participa (Martino 1992), (Fagin 1993).
Uno no puede evitar sentirse ultrajado, por ejemplo, ante la tragedia moderna de la curación por fe, tan elocuentemente descrita por James Randy en su libro “The Faith Healers” (Randi 1987). La venalidad, corrupción, e ignobilidad de sus practicantes parecen ser excedidos sólo por la culpabilidad de sus seguidores. Aun así, aquellos que son escépticos deberían preguntarse cómo podrían ser los acercamientos políticos efectivos.
¿Se debería aplicar impuestos a esos curadores, ya que no son una religión “legítima”? Si es así, ¿quién decidiría la legitimidad religiosa? ¿Debería perseguirse a los curadores por fraude, incluso si sus víctimas continúan creyendo? Si es así, ¿cómo se llevarían a cabo tales persecuciones? ¿Cómo un Departamento de Investigación de la Curación por Fe realmente actuaría en la práctica? ¿Qué tan efectiva ha sido la acción coercitiva históricamente al ponerse entre personas ilusas y desesperadas, y algo en lo que quieren creer? Las respuestas a estas cuestiones, me parece, ponen al escéptico en la posición del renuente laissez-faire. Aunque podemos aborrecer la curación por fe, y aunque queremos ver a sus curadores fuera del negocio, debemos reconocer que las instituciones políticas son inapropiadas para tratar este problema.
Un ejemplo similar, pero más controversial del dilema que enfrentan los escépticos en la arena pública ocurrió en estas páginas (Barret 1995) y en las posteriores cartas al editor (Lantz 1995), concerniente al rol de la FDA en la regulación de la medicina práctica. Por otro lado, los escépticos entienden que la ciencia es la mejor manera para comprender cómo el mundo funciona. La gente que elige para sí misma técnicas medicinales que no han sido substanciadas científicamente, están, por lo menos, derrochando su dinero y en el peor de los casos, poniendo en peligro sus vidas.
Y, todavía los escépticos deberían preguntarse si una prohibición de medicamentos no comprobados y prácticas medicinales no convencionales realmente representa una mejoría. La teoría de la decisión pública sugiere, y la evidencia muestra, que agencias como la FDA actúan para incrementar sus presupuestos y la autoridad regulatoria más allá de lo que originalmente se intencionaba. Ellos tienden a errar en la parte de caución, intercambiando vidas salvadas al prohibir productos no comprobados por vidas perdidas a causa de los retrasos en la aprobación de nuevos dispositivos y drogas. La manera correcta de hacer tal compensación está lejos de ser obvia (Higos 1994ª y 1994b). Hay también, serias dificultades para tratar “seguridad” como un concepto objetivo. Para un burócrata, seguridad sólo puede mostrarse por un estudio de varios años de la droga usando controles cuidadosos y estándares científicos rigurosos. Para un joven muriendo de SIDA, la seguridad de una droga significa algo muy diferente.
La salida a estos problemas, me parece, se proveé por la distinción entre política y moralidad. A pesar de que como escépticos comprendamos que la ciencia es la mejor manera de descubrir la verdad del mundo físico, otros no concuerdan esto, o por lo menos piensan que descubrir la verdad del mundo físico es secundario con respecto a otras cuestiones. Mientras sus acciones no dañen a otros, debemos desafortunadamente permitir a otros actuar según esas creencias, simplemente porque la coerción muy improbablemente mejorará la situación.
Podemos esperar persuadir voluntariamente, a través del ejemplo personal y a través de la articulación vigorosa de por qué la ciencia y el pensamiento críticos son importantes, pero el escepticismo sobre la definición de las instituciones políticas demanda que no usemos la fuerza contra la gente que cree en curación por fe, laetrile y canalización.
Las políticas de un escéptico
¿Qué significa esto para los escépticos que quieran afiliarse políticamente? ¿Cuál activismo político es el más apropiado para los escépticos? Estos asuntos son específicamente difíciles hoy, ya que la aplicación de una perspectiva crítica a la institución del gobierno distingue las políticas de un escéptico tanto del liberalismo como el conservadurismo.
Los liberales sostienen una casi religiosa creencia en la efectividad del gobierno como una herramienta social. Ellos tienden a ver la sociedad humana como inherentemente puesta con problemas, problemas a los cuales se llama al gobierno para arreglar. Cuando son desafiados en la evidencia de la efectividad del gobierno, muchos retroceden a una creencia moral en la legitimidad del gobierno como una institución para lograr la “justicia social”. Si la evidencia sugiere que las políticas presentadas no son efectivas, entonces se cree que la respuesta es “reforma”, mejor responsabilidad de los oficiales de gobierno, o similares panaceas. La respuesta a la confirmación de las predicciones de “La teoría de la decisión pública” es una llamada a menos interés personal, una llamada a más legislación, o – tal vez no sorprendentemente – demandas por un envolvimiento político aún mayor.
Una voluntad para cuestionar la efectividad del gobierno como un solucionador de problemas sociales no es característica del liberalismo moderno. Es entonces difícil de reconciliar con la política del escepticismo.
Pero tampoco el conservadurismo es un amigo del cuestionador crítico. Los conservadores mantienen una resistencia a examinar asunciones acerca de la efectividad del gobierno como inculcador de la virtud y cultivador de valores. Su apoyo a la prohibición de la droga y la regulación de la pornografía en internet2 , por ejemplo, a pesar los innúmeros fracasos de los anterior y la segura imposibilidad de lo último, puede sólo explicarse, según mi juicio, por una ignorancia de las predicciones de “La teoría de la decisión pública” y una creencia que la efectividad de tales políticas es secundario a su deseo. Tal perspectiva también parece difícil de reconciliar con el escepticismo.
Conclusiones
Me parece que los escépticos que desean ser políticamente activos tienen un limitado número de opciones. Se pueden afiliar al creciente movimiento libertario, el cual tiene una visión históricamente informada de la limitada esfera de acción dentro de la cual el gobierno puede operar efectivamente. Esto es lo que yo he hecho.
Otra posibilidad es trabajar con el Partido Demócrata (de EE.UU), utilizando la razón y evidencia histórica para demostrar que el gobierno no es una herramienta efectiva para mejorar las vidas de los más pobres en ningún sentido significativo.
Todavía se tiene la posibilidad de trabajar con el Partido Republicano, sugiriendo que los mismos factores que limitan la ineficiencia del gobierno en el manejo de la economía limitan también su inefectividad en las cuestiones de las personas. Esta es la línea del Caucus Republicano Libertad.
Pero, renunciar todos a la política es un lujo que los escépticos no pueden darse. Cuando encaramos el incremento de hecho en la politización de la vida americana, aún cuando el recientemente electo Congreso, quien declara querer poner límites al gobierno, los escépticos no pueden mantenerse al margen. Si permanecemos apartados, luego, por nuestro silencio, habremos contribuido a un mundo donde la gente crea que puede tener cosas sin pagar por ellas, que obligar a la caridad es lo mismo que compasión, y que criticar el vicio es virtud. Ahora más que nunca, la política norteamericana necesita de la razón y del pensamiento claro.
Si nosotros no lo proveemos, ¿quién lo hará?
Referencias
- Barrett, Stephen, 1995, Notes on the tryptophan disaster,Skeptical Inquirer, July/August 1995(Health Watch).
- Buchanan, James y Tullock, Gordon, 1964,The Calculus of Consent: Logical Foundations of Constitutional Democracy, Ann Arbobr, Mich.: Prensa de la Universidad de Michigan.
- Buchanan, James y Tollison, Robert, 1984,Theory of Public Choice II, Prensa de la Universidad de Michigan.
- Corn-Revere, Robert 1995,New age comstockery: Exon vs. the internet, Cato Policy Analysis #232, Cato Institute, Washington DC.
- Fagin, Barry 1993,The application of public choice theory to science and engineering policy, Proceedings of the 1993 International Conference of the American Society for Engineering Education, Champaign-Urbana, Illinois.
- Higgs, Robert 1994 (a), Banning a risky product cannot improve any consumer’s welfare (properly understood), with applications to FDA testing requirements, Review of Austrian Economics, Vol 7 pp 3-20.
- Higgs, Robert 1994 (b), Should the government kill people to protect their health?, The Freeman, Vol 44, pp 13-17.
- Lantz, Richelson, y Woods, 1995, Policy and the tryptophan disaster,Skeptical Inquirer November/December 1995 (Letters to the Editor).
- Martino, Joseph, 1992,Science Funding, Transaction Publishers Inc, Rutgers, NJ.
- Randi, James, 1987,The Faith Healers, Prometheus Books, Buffalo NY.
Acerca del Autor
Barry Fagin es un profesor de ciencia de computadoras en la U.S. Air Force Academy en Colorado Springs, y miembro e los Rocky Mountain Skeptics. Puede ser ubicado electrónicamente en fagin@rmii.com. Este artículo esta disponible http://www.rmii.com/~fagin/.
Las ideas expresadas son las del autor y no expresan necesariamente las de la Academia de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos o del gobierno de los Estados Unidos
- Uso el término axioma porque los sistemas de creencias en la política moderna son raramente consistentes.
- Me refiero al acta de Decencia en las comunicaciones, convertida en ley el 8 de febrero como parte del Acta de Reformas a las Telecomunicaciones de 1996. El 29 de julio en una pensada y articulada decisión la corte de Distrito de Filadelfia encontró la CDA inconstitucional. El caso será escuchado por la Suprema Corte en marzo. Los lectores interesados están invitados a visitarhttp://www.rmii.com/~fagin/faic/para más información.
por APRA | May 10, 2016 | Pensamiento Crítico |
Por: Umberto Eco, filósofo
LA PSICOLOGÍA DEL COMPLOT SURGE CUANDO LAS EXPLICACIONES EVIDENTES DE HECHOS PREOCUPANTES NO NOS SATISFACE
Hace poco se ha traducido al italiano el libro de Kate Tuckett, “Conspiracy Theories”, donde, como se queja Ranieri Polese en una reseña del diario “Il Corriere della Sera”, la autora se ocupa de una gran cantidad de presuntas conspiraciones (desde los templarios hasta la muerte de Mozart, desde el asesinato de Kennedy hasta la muerte de Lady Di, desde las ‘verdades’ del 11 de setiembre hasta los seudomisterios cristológicos revelados por Dan Brown en “El código da Vinci”), pero se olvida quizá del mayor ejemplo de construcción de un complot mundial, los tristemente famosos y falsos “Protocolos de los Sabios de Sión”.
La ausencia es irritante y valdría la pena que se reimprimiera a menudo el viejo “Warrant for genocide” de Norma Cohn (El mito de la conspiración judía mundial: los Protocolos de los sabios de Sión), que en 1967 escribió palabras definitivas sobre la historia del seudocomplot judío.
Protocolos’ aparte, el síndrome del complot es tan antiguo como el mundo y quien ha trazado de forma soberbia su filosofía ha sido Karl Popper, en un ensayo sobre la teoría conspiracional de la sociedad que se encuentra en “Conjeturas y refutaciones”. Esta teoría, más primitiva que la mayoría de las diversas formas de teísmo, es afín a la teoría de la sociedad de Homero. Este concebía el poder de los dioses de tal manera que todo lo que ocurría en la llanura situada frente a Troya era solo un reflejo de las diversas conspiraciones del Olimpo. La teoría conspiracional de la sociedad es justamente una variante de este teísmo, de una creencia en dioses cuyos caprichos y deseos gobiernan todo. Proviene de la supresión de Dios, para luego preguntar: “¿Quién está en su lugar?”. Su lugar lo ocupan entonces diversos hombres y grupos poderosos.
La psicología del complot surge del hecho de que las explicaciones más evidentes de muchos hechos preocupantes no nos satisfacen, y a menudo no nos satisfacen porque nos duele aceptarlas. Pensemos en la teoría del Gran Viejo tras el secuestro de Aldo Moro: ¿cómo es posible –nos preguntábamos– que un grupo de jóvenes que rondan los treinta años hayan podido concebir una acción tan perfecta? Deben tener detrás un cerebro más refinado.
La interpretación en plan sospecha nos absuelve de alguna manera de nuestras responsabilidades porque nos hace pensar que se esconde un secreto detrás de lo que nos preocupa, y que la ocultación de este secreto constituye un complot en contra de nosotros. Creer en el complot es un poco como creer que uno se cura por un milagro, salvo que en este caso no se intenta explicar una amenaza, sino un inexplicable golpe de suerte (véase Popper, su origen está siempre en el recurso a la mente de los dioses).
Lo bueno es que, en la vida cotidiana, no hay nada más transparente que el complot y el secreto. Un complot, si es eficaz, antes o después crea sus propios resultados y se vuelve evidente. Y lo mismo dígase del secreto, que no solo suele ser revelado por una serie de “gargantas profundas” sino, se refiera a lo que se refiera, si es importante antes o después sale a la luz. Complots y secretos, si no salen a la superficie, es que o eran complots torpes o eran secretos vacíos. La fuerza del que anuncia que posee un secreto no está en su ocultar algo, sino en hacer creer que hay un secreto. En ese sentido, secreto y complot pueden ser armas eficaces precisamente en las manos de los que no creen en ellos.
Georg Simmel, en su célebre ensayo sobre el secreto, recordaba que el secreto otorga al que lo posee una posición excepcional, puesto que es independiente de su contenido, mientras que, en cambio, resulta tanto más eficaz cuanto más vasta y significativa es su posesión exclusiva. Ante lo desconocido, el impulso natural a la idealización y el temor también natural del hombre cooperan con la misma finalidad: intensificar lo desconocido mediante la imaginación para considerarlo con una intensidad que no suele estar reservada a las realidades evidentes.
Consecuencia paradójica: detrás de cada falso complot, quizá se oculte siempre el complot de alguien que tiene todo el interés en presentárnoslo como verdadero. Y si no, preguntémosle al tal Scaramella, que se ha dedicado a jugar a agente secreto hasta que el polonio ha acabado con la vida de Alexander Litvinenko.
por APRA | May 10, 2016 | Pensamiento Crítico |
Todos, con excepción de los posmodernos, apreciamos la verdad, al punto de despreciar o aun castigar a los mentirosos. Pero al mismo tiempo todos sabemos que, fuera de la matemática, la exactitud es tan escurridiza como la justicia, la honestidad y el desinterés. Todos éstos son ideales a los que podemos y a los que debemos aproximarnos, aunque sin hacernos la ilusión de alcanzarlos siempre.
En efecto, acaso podamos acumular elementos de prueba en favor de una teoría física, biológica o sociológica, pero jamás podremos probarla concluyente y definitivamente, al modo en que se demuestran los teoremas matemáticos. Lo más a que podemos aspirar en las ciencias fácticas son verdades parciales o aproximadas, tales como «la Tierra es esférica» y «el precio de una mercancía es inversamente proporcional a su demanda».
El motivo de la diferencia es éste: las verdades matemáticas dependen solamente de las hipótesis y definiciones que se nos antoje estatuir, mientras que la verdad de los enunciados de hechos depende del mundo, que no es factura nuestra.
Por este motivo, el hallazgo de un gran número de ejemplos favorables a una hipótesis no excluye la posibilidad de que investigaciones ulteriores arrojen contraejemplos (excepciones). En otras palabras, un elevado grado de confirmación no garantiza la verdad de una proposición: sólo muestra que ella es plausible.
Esta dificultad para alcanzar verdades exactas y definitivas acerca del mundo real sugirió al célebre filósofo Karl Popper (1902-1994) que lo más que podemos pedir de una proposición referente a hechos es que resista las tentativas de falsarla.
Más precisamente, Popper propuso la falsabilidad como criterio de cientificidad: una proposición sería científica si y solamente si se pueden imaginar circunstancias en las que sería falsa. Por ejemplo, la hipótesis de que nuestro universo es uno de los tantos universos paralelos no es científica, porque no hay manera de entrar en contacto con los presuntos universos alternativos.
Según Popper, no habría un paraíso de enunciados fácticos: sólo existirían el infierno de falsedades y el purgatorio de las conjeturas por falsar. Esta doctrina suele llamarsa «falsacionismo». También podría llamársela «masoquismo gnoseológico», porque lo cierto es que los científicos procuran verdades, aunque sean aproximadas, y triunfan en la medida en que las encuentran.
Por ejemplo, siguiendo a Popper, la hipótesis de que la Tierra es chata habría sido científica antes del viaje de Magallanes, porque era falsable, ya que se podía imaginar un viaje alrededor del mundo. En mi opinión, no lo era, y esto por un motivo diferente: porque era incompatible con el grueso del saber científico de la época. En efecto, contradecía la suposición de la antigua astronomía griega, de que la Tierra es un cuerpo tan redondo como el resto de los cuerpos llamados celestes. La hipótesis de la Tierra chata era popular y estaba inscripta en la Biblia, pero los astrónomos sabían que era falsa mucho antes de Magallanes.
Diecisiete siglos antes de que la expedición de Magallanes diera la vuelta al mundo, el astrónomo griego Eratóstenes había calculado el diámetro de la Tierra. O sea, la tesis de la chatura de la Tierra no era científica porque era incompatible con el cuerpo del conocimiento científico de la época.
Creo que la falsabilidad no es necesaria ni suficiente para la cientificidad. En cambio, lo es lo que llamo coherencia externa, o compatibilidad con el grueso del conocimiento científico del día. La falsabilidad no es necesaria para la cientificidad, porque hay hipótesis científicas, tales como las de la existencia de ciertas cosas o procesos (p. ej., planetas extrasolares, ondas gravitatorias, células que emergen por autoensamble de compuestos químicos, etc.), que sólo son confirmables, pero en cambio son compatibles con el grueso de la ciencia.
Además, las hipótesis de alto nivel, tales como las de la mecánica cuántica y la biología molecular, no son testeables por sí mismas. Para someterlas a prueba hay que enriquecerlas con premisas que representan rasgos particulares del objeto estudiado. Además, es preciso «operacionalizarlas», o sea, traducir términos teóricos a términos empíricos (p. ej. transformar temperaturas en alturas de columnas termométricas).
La falsabilidad no es suficiente: hay hipótesis no científicas, tales como la determinación de la personalidad por los astros o por el entrenamiento de los esfínteres, que han sido refutadas hace tiempo. Pero ninguna de ellas es compatible con el grueso del conocimiento científico.
Además, la falsación no es más concluyente que la confirmación. En efecto, todos sabemos que hay errores de observación o de cálculo. Desgraciadamente, ni Popper ni los positivistas a quienes criticó tuvieron en cuenta los errores de distintos tipos que afectan a los datos empíricos. Por esto, Popper creyó que los hallazgos negativos son definitivos, y los positivistas afirmaron que los positivos sí lo son.
En rigor, el criterio popperiano de falsabilidad se aplica exclusivamente a las llamadas hipótesis nulas, de la forma «las variables A y B no están asociadas entre sí». En efecto, lo primero que hace el científico que se enfrenta a una de ellas es intentar falsarla. Si lo logra, o sea, si encuentra que A y B están relacionadas entre sí, procede a formular una hipótesis afirmativa y precisa, tal como «B es una función exponencial de A». Pero ni Popper ni sus discípulos se han ocupado de las hipótesis nulas, ni en general de la estadística.
Con todo, que una hipótesis sea infalsable en principio es una llamado de atención siempre y cuando no se presente junto con otras hipótesis o cuando sus laderos sirvan solamente para protegerla. Esto último pasa con la hipótesis freudiana de la represión, cuya única función es proteger a la fantasía edípica. («El que digas amar a tu padre refuerza mi sospecha de que lo odias: tu superyó ha reprimido tan fuertemente tu odio, que no te das cuenta»).
Un caso similar es la hipótesis de que todos procuramos maximizar nuestras utilidades esperadas. Si se aduce un contraejemplo, tal como el del fumador que al inhalar con placer se expone al cáncer o el de quien hace favores sin esperar recompensa, se le contesta: «¡Ah, pero es que el fumador y el altruista sienten placer, aunque el primero arriesgue su salud, y el segundo, su patrimonio!».
No hay, pues, manera de poner a prueba el postulado central de las teorías de la acción racional. Además, dicho postulado es incompatible con la economía experimental, que muestra que solemos evitar riesgos y contentarnos con ganancias razonables.
En conclusión, la falsabilidad es importante, porque controla la imaginación. Pero no lo es más que la congruencia con el grueso del conocimiento. En todo caso, los investigadores aspiran a confirmar sus teorías favoritas, no a falsarlas. El Premio Nobel nunca se concedió por falsar hipótesis. Análogamente, el labrador no se limita a desmalezar, sino que pone su mayor esfuerzo en cosechar algo comestible y vendible.
En resumen, la falsabilidad es deseable pero no es necesaria ni suficiente. Mucho más importantes son la confirmabilidad y la congruencia con el grueso del saber.
Publicado en 100 ideas (2006)
por APRA_ | May 10, 2016 | Nacionalismo, Pensamiento Crítico |
Por: Carl Sagan
De “El Mundo y sus Demonios”
CAPÍTULO 25
LOS VERDADEROS PATRIOTAS HACEN PREGUNTAS
Escrito con Ann Druyan.
No es función de nuestro gobierno impedir que el ciudadano cometa un error; es función del ciudadano , impedir que el gobierno cometa un error.
Corte Suprema de Justicia de EstadosUnidos, ROBERT H. JACKSON,1950
Es un hecho de la vida en nuestro pequeño planeta asediado que la tortura, el hambre y la irresponsabilidad criminal gubernamental son mucho más fáciles de encontrar en gobiernos tiránicos que en los democráticos. ¿Porqué? Porque los gobernantes de los segundos tienen muchas más probabilidades de ser echados del cargo por sus errores que los de losprimeros. Es un mecanismo de corrección de errores en política.Los métodos de la ciencia —con todas sus imperfecciones— se pueden usar para mejorar los sistemas sociales, políticos y económicos, y creo que eso es cierto cualquiera que sea el criterio de mejora que se adopte.¿Cómo puede ser así si la ciencia se basa en el experimento? Los humanos no son electrones o ratas de laboratorio. Pero todas las actas del Congreso, todasl as decisiones del Tribunal Supremo, todas las directrices presidenciales de seguridad nacional, todos los cambios en el tipo de interés son unexperimento. Cualquier cambio en política económica, el aumento o reducción de financiación del programa Head Start, el endurecimiento de lassentencias penales, es un experimento. Establecer el cambio de jeringuillas usadas, poner condones a disposición del público o despenalizar la marihuanason experimentos. No hacer nada para ayudar a Abisinia contra Italia, o paraimpedir que la Alemania nazi invadiera la tierra del Rin, fue un experimento.El comunismo en la Europa del Este, la Unión Soviética y China fue unexperimento. La privatización de la atención de la salud mental o de lascárceles es un experimento. La considerable inversión de Japón y Alemania Occidental en ciencia y tecnología y casi nada en defensa —y como resultado el auge de sus economías— fue un experimento. En Seattle era posible comprar pistolas para autoprotección, pero no en el cercano Vancouver, en Canadá; los asesinatos con pistola son cinco veces más comunes y la tasa desuicidio con pistola diez veces mayor en Seattle: las pistolas facilitan el asesinato impulsivo. Eso también es un experimento. En casi todos esos casos no se realizan experimentos de control adecuados, o las variables no stán suficientemente separadas. Sin embargo, hasta cierto grado a menudo útil, las ideas políticas se pueden probar. Sería una gran pérdida ignorar losresultados de los experimentos sociales porque parecen ideológicamente desagradables.No hay ninguna nación en la Tierra que se encuentre en condiciones óptimas para encarar el siglo XXI. Nos enfrentamos a abundantes .Como no hay una teoría deductiva de la organización social, nuestro único recurso es el experimento científico: poner a prueba a veces a pequeña escala(comunidad, ciudad y a nivel estatal, por ejemplo) una amplia serie de alternativas. Uno de los beneficios del cargo de primer ministro en China en el siglo V a. J.C. era que podía construir un Estado modelo en su distrito o provincia natal. El principal fracaso de la vida de Confucio, según lamentaba revela que los humanos tenemos una triste tendencia a cometer los mismos errores una y otra vez.Nos dan miedo los extraños o cualquiera que sea un poco diferente de nosotros. Cuando nos asustamos, nos ponemos a empujar a la gente de nuestro alrededor. Tenemos resortes fácilmente accesibles que liberan poderosas emociones cuando se pulsan. Podemos ser manipulados hasta el más profundo sinsentido por políticos inteligentes. Se nos presenta el tipo de líder correcto y, como los pacientes más sugestionables de los hipnoterapeutas, haremos gustosamente todo lo que él quiera… hasta cosas que sabemos que son erróneas. Los redactores de la Constitución eran estudiantes de historia. Conscientes de la condición humana, intentaron inventar un medio para mantenernos libres a pesar de nosotros mismos.Los que se oponían a la Constitución de Estados Unidos insistían enque nunca funcionaría; que era imposible una forma de gobierno republicanoque abarcara una tierra con «climas, economías, morales, políticas y pueblos tan distintos», como dijo el gobernador George Clinton de Nueva York; que un gobierno y una Constitución así, como declaró Patrick Henry de Virginia,«contradicen toda la experiencia del mundo». De todos modos, se intentó el experimento.Los descubrimientos y las actitudes científicas eran comunes entre losque inventaron a Estados Unidos. La autoridad suprema, por encima decualquier opinión personal, libro o revelación —como dice la Declaración de la Independencia— eran «las leyes de la naturaleza y del Dios de la naturaleza». Benjamín Frankiin era venerado en Europa y América como fundador del nuevo campo de la física eléctrica. En la ConvenciónConstitucional de 1789, John Adams apeló repetidamente a la analogía delequilibrio mecánico en las máquinas; otros al descubrimiento de WilliamHarvey de la circulación de la sangre. Adams, más adelante, escribió: «Todoslos humanos son químicos de la cuna a la tumba… El Universo Material es un experimento químico.» James Madison utilizó metáforas químicas y biológicas en The Federalist Papers. Los revolucionarios americanos eran criaturas de la Ilustración europea, que proporciona unos antecedentes esenciales para entender los orígenes y el propósito de Estados Unidos.«La ciencia y sus corolarios filosóficos», escribía el historiador americano Clinton Rossiter,fueron quizá la fuerza intelectual más importante en la formación deldestino de la América del siglo XVIII… Franklin era sólo uno entre un gran número de colonos con visión de futuro que reconocieron la relación del método científico con el procedimiento democrático. Investigación libre,intercambio libre de información, optimismo, autocrítica, pragmatismo,objetividad… todos esos ingredientes de la república en ciernes estaban ya en vigor en la república de la ciencia que floreció en el siglo XVIII.
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Thomas Jefferson era un científico. Así es como se definía él mismo.Cuando uno visita su casa en Monticello, Virginia, sólo atravesar el portal encuentra pruebas por doquier de su interés científico, no sólo en su inmensa y variada biblioteca, sino en las máquinas copiadoras, puertas automáticas, telescopios y otros instrumentos, algunos de ellos justo en el filo de la tecnología de principios del siglo XIX. Algunos los inventó, otros los copió,otros los adquirió. Comparó las plantas y los animales de América y Europa,descubrió fósiles, utilizó el cálculo en el diseño de un nuevo arado. Dominó la física newtoniana. La naturaleza le destinaba, según decía él, a ser científico, pero no existía la oportunidad de dedicarse a la ciencia en la Virginia prerrevolucionaria. Necesidades más apremiantes pasaron a primer plano. Se metió de lleno en los acontecimientos históricos que se sucedían asu alrededor. Una vez alcanzada la independencia, decía, las siguientesgeneraciones podrían dedicarse a la ciencia y el academicismo.Jefferson fue uno de mis primeros héroes, no por sus intereses científicos (aunque le ayudaron mucho a moldear su filosofía política) sino porque él, casi más que nadie, fue responsable de la extensión de lademocracia por todo el mundo. La idea —asombrosa, radical y revolucionaria en la época (en muchos lugares del mundo todavía lo es)— es que ni los reyes, ni los curas, ni los alcaldes de grandes ciudades, ni los dictadores, ni una camarilla militar, ni una conspiración de facto de gente rica, sino la gente ordinaria, en trabajo conjunto, deben gobernar las naciones.Jefferson no fue sólo un teórico importante de esta causa; estuvo involucradoen ella en el aspecto más práctico, ayudando a plasmar el gran experimento político americano que ha sido admirado y emulado en todo el mundo desdeentonces.Murió en Monticello el 4 de julio de 1826, exactamente cincuenta años después del día que las colonias emitieron aquel documento sensacional,escrito por Jefferson, llamado Declaración de Independencia. Fue denunciado por conservadores de todo el mundo: la monarquía, la aristocracia y lareligión avalada por el Estado… eso era lo que defendían entonces losconservadores. En una carta compuesta unos días antes de su muerte, escribióque la «luz de la ciencia» había demostrado que «la masa de la humanidad no ha nacido con la silla de montar a la espalda», y que tampoco unos pocos privilegiados nacían «con botas y espuelas». Había escrito en la Declaraciónde Independencia que todos debemos tener las mismas oportunidades, los mismos derechos «inalienables». Y aunque la definición de «todos» en 1776 era vergonzosamente incompleta, el espíritu de la Declaración era lo bastantegeneroso como para que hoy en día el «todos» abarque mucho más.Jefferson era un estudioso de la historia, no sólo la historiaacomodaticia y segura que alaba nuestra propia época, país o grupo étnico,sino la historia real de los humanos reales, nuestras debilidades además denuestras fuerzas. La historia le enseñó que los ricos y poderosos roban yoprimen si tienen la más mínima oportunidad. Describió los gobiernos de Europa, a los que pudo contemplar con sus propios ojos como embajador americano en Francia. Decía que bajo la pretensión de gobierno, habíandividido a sus naciones en dos clases: lobos y ovejas. Jefferson enseñó que todo gobierno se degenera cuando se deja solos a los gobernantes, porque éstos —por el mero hecho de gobernar— hacen mal uso de la confianza pública. El pueblo en sí, decía, es la única fuente prudente de poder. Pero le preocupaba que el pueblo —y el argumento se encuentra ya enTucídides y Aristóteles— se dejase engañar fácilmente. Por eso defendía políticas de seguridad, de salvaguardia. Una era la separación constitucional de los poderes; de ese modo, varios grupos que defendieran sus propiosintereses egoístas se equilibrarían unos a otros e impedirían que ninguno de ellos acabase con el país: las ramas ejecutiva, legislativa y judicial; la Cámarade Representantes y el Senado; los estados y el gobierno federal. También subrayó, apasionada y repetidamente, que era esencial que el pueblo entendiera los riesgos y beneficios del gobierno, que se educara e implicara en el proceso político. Sin él, decía, los lobos lo engullirían todo. Así lo expresó en Notas sobre Virginia, subrayando que es fácil para los poderosos y sin escrúpulos encontrar zonas de explotación vulnerables:En todo gobierno sobre la tierra hay algún rastro de debilidad humana, algún germen de corrupción y degeneración que la astucia descubrirá y la malicia abrirá, cultivará y mejorará de manera imperceptible. Todo gobierno degenera cuando se confía sólo a los gobernantes del pueblo. El propio pueblo es portanto el único depositario seguro. Y, para que tenga seguridad, debe cultivarse el pensamiento…Jefferson tuvo poco que ver con la redacción final de la Constitución de Estados Unidos; cuando se estaba gestando, él ocupaba el cargo de embajador americano en Francia. Le satisfizo la lectura del documento, con dos reservas. Una deficiencia: no se ponía límite al número de períodos que podía gobernar un presidente. Eso, temía Jefferson, propiciaba que un presidente se convirtiera en rey de facto, si no legalmente. La otra gran deficiencia era la ausencia de una declaración de derechos. El ciudadano —la persona media— no estaba bastante protegida, pensaba Jefferson, de los inevitables abusos de poder de los que lo ejercen.Defendió la libertad de expresión, en parte para que se pudieran expresar incluso las opiniones más impopulares con el fin de poder ofrecer aconsideración desviaciones de la sabiduría convencional. Personalmente era un hombre de lo más amistoso, poco dispuesto a criticar ni siquiera a sus enemigos más encarnizados. En el vestíbulo de Monticello exhibía un busto de su archiadversario Alexander Hamilton. A pesar de todo, creía que el hábito del escepticismo era un requisito esencial para una ciudadanía responsable. Argüía que el coste de la educación es trivial comparado con el coste de la ignorancia, de dejar el gobierno a los lobos. Creía que el país sólo está seguro cuando gobierna el pueblo.Parte de la obligación del ciudadano es no dejarse intimidar ni resignarse al conformismo. Desearía que el juramento de ciudadanía que se toma a los inmigrantes, y la oración que los estudiantes recitan diariamente incluyera algo así como: «Prometo cuestionar todo lo que me digan mis líderes.» Sería un equivalente real del argumento de Thomas Jefferson.«Prometo utilizar mis facultades críticas. Prometo desarrollar miindependencia de pensamiento. Prometo educarme para poder hacer mi propia valoración.»También me gustaría que se jurase la lealtad a la Constitución y laDeclaración de Derechos, como hace el presidente al jurar el cargo, en lugar de a la bandera y la nación.Si pensamos en los fundadores de Estados Unidos —Jefferson,Washington, Samuel y John Adams, Madison y Monroe, Benjamín Frankiin,Tom Paine y muchos otros—, nos encontramos con una lista de al menos diez y puede que incluso docenas de grandes líderes políticos. Eran cultos.Siendo productos de la Ilustración europea, eran estudiosos de la historia.Conocían la falibilidad, debilidad y corrupción humanas. Hablaban el inglés con fluidez. Escribían sus propios discursos. Eran realistas y prácticos y, al mismo tiempo, estaban motivados por altos principios. No tenían quecomprobar las encuestas para saber qué pensar aquella semana. Sabían qué pensar. Se sentían cómodos pensando a largo plazo, planificando incluso másallá de la siguiente elección. Eran autosuficientes, no necesitaban una carrerade políticos ni formar grupos de presión para ganarse la vida. Eran capaces desacar lo mejor que había en nosotros. Les interesaba la ciencia y, al menosdos de ellos, la dominaban. Intentaron trazar un camino para Estados Unidoshasta un futuro lejano, no tanto estableciendo leyes como fijando los límitesdel tipo de leyes que se podían aprobar.La Constitución y su Declaración de Derechos han resultado francamente buenas y, a pesar de la debilidad humana, han constituido una máquina capaz, casi siempre, de corregir su propia trayectoria.En aquella época había sólo dos millones y medio de ciudadanos de Estados Unidos. Hoy somos unas cien veces más. Es decir, si entonces había diez personas del calibre de Thomas Jefferson, ahora debería haber 10 x 100= 1000 Thomas Jefferson. ¿Dónde están?
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Una razón por la que la Constitución es un documento osado y valiente es que permite el cambio continuo, hasta de la forma de gobierno, si el pueblo lo desea. Como nadie dispone de la sabiduría suficiente para prever qué ideas responderán a las necesidades sociales más apremiantes —aunque sean contrarias a la intuición y hayan causado preocupación en el pasado—este documento intenta garantizar la expresión más plena y libre de lasopiniones.Desde luego, eso tiene un precio. La mayoría de nosotros defendemos la libertad de expresión cuando vemos un peligro de que se supriman nuestras opiniones. Sin embargo, no nos preocupa tanto cuando opiniones que despreciamos encuentran de vez en cuando un poco de censura. Pero, dentro de ciertas circunstancias estrechamente circunscritas —el famoso ejemplo del juez de paz Oliver Wendell Holmes era crear el pánico gritando «fuego» en un teatro lleno sin ser verdad—, se permiten grandes libertades en EstadosUnidos.• Los coleccionistas de armas tienen la libertad de utilizar retratos delpresidente del Tribunal Supremo, el portavoz del Congreso o el director del FBI para sus prácticas de tiro; los ciudadanos que ven ofendida su mentalidad cívica tienen libertad de quemar la efigie del presidente de Estados Unidos.• Aunque se burlen de los valores judeo-cristianos-islámicos, aunque ridiculicen todo lo que para nosotros es más sagrado, los adoradores del mal(si es que existen) tienen derecho a practicar su religión, siempre que noinfrinjan ninguna ley constitucional en vigor.• El gobierno no puede censurar un artículo científico o un libro popular que pretenda afirmar la «superioridad» de una raza sobre otra, por muy pernicioso que sea; el remedio para un argumento falaz es un argumento mejor, no la supresión de la idea.• Grupos e individuos tienen libertad de denunciar que una conspiración judía o masónica domina el mundo, o que el gobierno federal está aliado con el diablo.• Un individuo, si lo desea, puede ensalzar la vida y la política de asesinos demasas tan indiscutibles como Adolf Hitler, Iósiv Stalin y Mao Zedong. Hasta las opiniones más detestables tienen derecho a ser oídas.El sistema fundado por Jefferson, Madison y sus colegas ofrece medios de expresión a personas que no comprenden su origen y desearían sustituirlo por otro muy diferente. Por ejemplo, Tom Clark, fiscal general y,como tal, el principal defensor de la ley de Estados Unidos, ofreció esta sugerencia en 1948: «No se debería permitir a los que no creen en laideología de Estados Unidos quedarse en Estados Unidos». Pero sí hay una ideología clave y característica de la ideología de los Estados Unidos es que no hay ideologías obligatorias ni prohibidas. Algunos casos más recientes:John Brockhoeft, encarcelado por haber puesto una bomba en una clínicaabortiva de Cincinnati, escribió, en una carta a una revista «pro vida»:Soy un fundamentalista de mente estrecha, intolerante, reaccionario, defensorde la Biblia… fanático donde los haya…
La razón por la que Estados Unidos fue en otros tiempos una gran nación, además de haber sido bendecida por Dios, es porque se basaba en la verdad, la justicia y la estrechez de miras.
Randall Terry, fundador de «Operation Rescue», una organización que bloquea las clínicas donde se practican abortos, dijo a una congregación en agosto de 1993:
Dejad que os bañe una ola de intolerancia… Sí, odiar es bueno… Nuestro objetivo es una nación cristiana… Dios nos ha llamado para conquistar este país… No queremos pluralismo.
La expresión de estas opiniones está protegida, como es de rigor, por laDeclaración de Derechos, aunque los protegidos la abolirían si tuvieran ocasión. La protección que tenemos los demás es utilizar la misma Declaración de Derechos para transmitir a todos los ciudadanos lo indispensable que es.¿Qué manera de protegerse a sí mismas contra la falibilidad humana,qué mecanismo de protección ante el error ofrecen esas doctrinas einstituciones alternativas? ¿Un líder infalible? ¿Raza? ¿Nacionalismo? ¿Una ruptura general con la civilización, excepto por los explosivos y armas automáticas? ¿Cómo pueden estar seguras… especialmente en la oscuridad del siglo xx? ¿No necesitan velas?
En su celebrado librito Sobre la libertad, el filósofo inglés John StuartMill defendía que silenciar una opinión es «un mal peculiar». Si la opinión esbuena, se nos arrebata la «oportunidad de cambiar el error por la verdad»; y,si es mala, se nos priva de una comprensión más profunda de la verdad en«su colisión con el error».
Si sólo conocemos nuestra versión del argumento,apenas sabemos siquiera eso; se vuelve insulsa, pronto aprendida de memoria, sin comprobación, una verdad pálida y sin vida.Mill también escribió: «Si la sociedad permite que un número considerable de sus miembros crezcan como si fueran niños, incapaces deguiarse por la consideración racional de motivos distantes, la propia sociedad es culpable.» Jefferson exponía lo mismo aún con mayor fuerza: «Si una nación espera ser ignorante y libre en un estado de civilización, espera lo que nunca fue y lo que nunca será.» En una carta a Madison, abundó en la idea:«Una sociedad que cambia un poco de libertad por un poco de orden los perderá ambos y no merecerá ninguno.»Hay gente que, cuando se le ha permitido escuchar opiniones alternativas y someterse a un debate sustancial, ha cambiado de opinión.Puede ocurrir. Por ejemplo, Hugo Black, en su juventud, era miembro del KuKlux Klan; más tarde se convirtió en juez del Tribunal Supremo y fue uno de los defensores de las históricas decisiones del tribunal basadas en parte en la XIV Enmienda a la Constitución que afirmaron los derechos civiles de todoslos americanos. Se decía de él que, de joven, se puso túnicas blancas para asustar a los negros y, de mayor, se vistió con túnicas negras para asustar alos blancos.En asuntos de justicia penal, la Declaración de Derechos reconoce la tentación que puede sentir la policía, fiscales y magistratura de intimidar a los testigos y acelerar el castigo. El sistema de justicia penal es falible: se puede castigar a personas inocentes por delitos que no cometieron; los gobiernos son perfectamente capaces de encerrar a los que, por razones no relacionadascon la suposición de delito, no le gustan. Así, la Declaración de Derechos protege a los acusados. Se hace una especie de análisis de costo-beneficio. A veces puede liberarse al culpable para que el inocente no sea castigado. Eso no es sólo una virtud moral; también impide que se use el sistema de justicia penal para suprimir opiniones impopulares o minorías despreciadas. Es parte de la maquinaria de corrección de errores.Las ideas nuevas, los inventos y la creatividad en general son siempre la punta de lanza de un tipo de libertad: una rotura de limitaciones yobstáculos. La libertad es un requisito previo para continuar el delicadoexperimento de la ciencia —razón por la que la Unión Soviética no podía seguir siendo un Estado totalitario para ser tecnológicamente competitiva—.Al mismo tiempo, la ciencia —o más bien su delicada mezcla de apertura y escepticismo, y su promoción de la diversidad y el debate— es un requisito previo para continuar el delicado experimento de la libertad en una sociedad industrial y altamente tecnológica.Una vez cuestionada la insistencia religiosa en la opinión dominantede que la Tierra estaba en el centro del universo, ¿por qué aceptar las afirmaciones repetidas con confianza por los jefes religiosos de que Dios envió a los reyes para que nos gobernaran? En el siglo XVII, era fácil fustigara los tribunales ingleses y coloniales y lanzarlos con frenesí contra talimpiedad o herejía. Estaban dispuestos a torturar a la gente hasta la muerte por sus creencias. A finales del siglo XVIII, no estaban tan seguros.Rossiter de nuevo (de Siembra de la República, 1953):Bajo la presión del entorno americano, el cristianismo se hizo más humanista y templado, más tolerante con la lucha de las sectas, más liberal con el crecimiento del optimismo y racionalismo, más experimental con el ascenso de la ciencia, más individualista con la llegada de la democracia. Y lo que es igual de importante, un número cada vez mayor de colonos, como lamentaba en voz alta una legión de predicadores, estaba adquiriendo una curiosidad secular y una actitud escéptica.La Declaración de Derechos separó a la religión del Estado, en parte porque muchas religiones estaban sumergidas en un marco de pensamiento absolutista, convencida cada una de ellas de que sólo ella tenía el monopoliode la verdad y deseosa en consecuencia de que el Estado impusiera esta verdad a los demás. Los líderes y practicantes de las religiones absolutistas solían ser incapaces de percibir un terreno medio o reconocer que la verdadpodía inspirar y abrazar doctrinas aparentemente contradictorias.Los formuladores de la Declaración de Derechos tenían ante sus ojos el ejemplo de Inglaterra, donde el delito eclesiástico de herejía y el secular detraición se habían vuelto casi indistinguibles. Muchos de los primeros colonos habían llegado a América huyendo de la persecución religiosa, aunque algunos de ellos no tenían ningún reparo en perseguir a otros por sus creencias. Los fundadores de nuestra nación reconocieron que una relación estrecha entre el gobierno y cualquiera de las religiones belicosas sería fatal para la libertad… y perjudicial para la religión. El juez Black (en la decisióndel Tribunal Supremo Engel V. Vítale, 1962) describió la cláusula deestablecimiento de la Primera Enmienda de ese modo:Su primer propósito y más inmediato radicaba en la creencia de que una unión de gobierno y religión tiende a destruir el gobierno y a degradar la religión.Además, aquí también funciona la separación de poderes. Cada secta y culto,como apuntó en una ocasión Walter Savage Landor, es una comprobación moral de las otras: «La competencia es tan sana en religión como en el comercio.» Pero el precio es alto: esta competencia es un impedimento para las instituciones religiosas que actúan en concierto para dirigir el bien común. Rossiter concluye:Las doctrinas gemelas de la separación de Iglesia y Estado y la libertad de conciencia individual son el meollo de nuestra democracia, si no ciertamente la contribución más majestuosa de Estados Unidos a la liberación del hombre occidental.Pero no sirve de nada tener esos derechos si no se usan: el derecho delibre expresión cuando nadie contradice al gobierno, la libertad de prensacuando nadie está dispuesto a formular las preguntas importantes, el derecho de reunión cuando no hay protesta, el sufragio universal cuando vota menos de la mitad del electorado, la separación de la Iglesia y el Estado cuando no se repara regularmente el muro que los separa. Por falta de uso, pueden llegara convertirse en poco más que objetos votivos, pura palabrería patriótica. Losderechos y las libertades o se usan o se pierden.Gracias a la previsión de los que formularon la Declaración de Derechos —e incluso gracias a todos aquellos que, con un riesgo personal considerable, insistieron en ejercer esos derechos— ahora es difícil acallar la libre expresión. Los comités de bibliotecas escolares, el servicio de inmigración, la policía, el FBI —o el político ambicioso que busca ganar votos fáciles— pueden intentarlo de vez en cuando, pero tarde o temprano salta el tapón. La Constitución, al fin y al cabo, es la ley de la tierra, los cargos públicos juran respetarla, y los activistas y tribunales la ponen a prueba de manera periódica.Sin embargo, con el descenso del nivel de la educación, la decadencia de la competencia intelectual, la disminución del entusiasmo por un debate sustancial y la sanción social contra el escepticismo, nuestras libertades pueden irse erosionando lentamente y nuestros derechos quedar subvertidos.Los fundadores lo entendieron muy bien: «El momento de establecer todos los derechos esenciales sobre una base legal es ahora, cuando nuestros gobernantes son honestos y nosotros estamos unidos», dijo Thomas Jefferson.
Cuando concluya esta guerra [revolucionaria], nuestro camino será cuesta abajo. Entonces no será necesario recurrir en todo momento al pueblo para buscar apoyo. En consecuencia, lo olvidarán y se ignorarán sus derechos. Se olvidarán de ellos mismos excepto en la facultad de ganar dinero y nunca pensarán en unirse para prestar el respeto debido a sus derechos. Así pues, los grilletes, que no serán destruidos a la conclusión de esta guerra, permaneceránlargo tiempo sobre nosotros y se irán haciendo cada vez más pesados hasta que nuestros derechos renazcan o expiren en una convulsión.
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La educación sobre el valor de la libre expresión y las demás libertades que garantiza la Declaración de Derechos, sobre lo que ocurre cuando no se tienen y sobre cómo ejercerlas y protegerlas, debería ser un requisito esencial para ser ciudadano americano o, en realidad, ciudadano de cualquier nación, con más razón cuando estos derechos están desprotegidos.Si no podemos pensar por nosotros mismos, si somos incapaces de cuestionarla autoridad, somos pura masilla en manos de los que ejercen el poder. Pero si los ciudadanos reciben una educación y forman sus propias opiniones, los que están en el poder trabajan para nosotros. En todos los países se debería enseñar a los niños el método científico y las razones para la existencia de una Declaración de Derechos. Con ello se adquiere cierta decencia, humildad y espíritu de comunidad. En este mundo poseído por demonios que habitamos en virtud de seres humanos, quizá sea eso lo único que nos aisla de la oscuridad que nos rodea.
por APRA | May 10, 2016 | Artículos de Ricardo Montanía, Pensamiento Crítico |
Por: Eric McMillan
Traducido por Ricardo Montanía
Las cuestiones que los escépticos examinan
El escepticismo, en el sentido que utilizamos la palabra, es una aproximación a la investigación crítica. No dice que no podemos saber nada. Ni se opone a las creencias. Todos necesitamos algunas creencias para la vida.
Pero el escepticismo moderno exige cuestionar lo que nos piden creer o practicar. Nos exige basar nuestras creencias y prácticas en la mejor evidencia disponible, y estar preparados a desecharlas cuando se demuestra que no tienen fundamento o son superadas por alternativas mejores. En fin, considera el mundo científicamente.
La investigación crítica se puede aplicar a todos los aspectos de la vida desde lo más mundano (qué marca de detergente debería comprar?) a lo más profundo (tiene algún propósito la vida?).
Sin embargo el movimiento escéptico se ha centrado en las afirmaciones paranormales y la seudo ciencia. Es por lidiar con estas cuestiones que los modernos escépticos son bien conocidos.
Para tener una idea de qué trata el escepticismo moderno, observemos algunas de las interesantes cuestiones que los escépticos han tratado. Los temas que los escépticos han investigado se pueden dividir en dos grupos principales:
A. CREENCIAS Y PRÁCTICAS PARANORMALES
Paranormal significa “al lado de lo normal” o “paralelo a la realidad normal”. Incluye los fenómenos que son supuestos supernaturales y se sostiene son inexplicados por la ciencia – a veces incluso inexplicables por la ciencia.
He aquí algunos ejemplos, sin ningún orden en particular:Fantasmas • Astrología • Contadores de fortuna • Síquicos • Curadores por la fé • Buscadores de agua• Comunicación con los muertos • Cristales • Doblado síquico de cucharas • Canalización • Vidas Pasadas • OVNIS • Abducciones por extraterrestres• Clarividencia • Auras•Telekinesis • Triángulo de las Bermudas • Estatuas que suspiran- • Profecías de Nostradamus • Experiencias cercanas a la muerte• Código de la biblia • Proyección astral •Poder de las pirámides •Efectos de la luna llena • Profecías • Cartas del Tarot• Detectives Síquicos • Mediums• I Ching • Hadas • Atlantis • Lectura de la palma de las manos • Círculos en el maíz • Cirugía síquica….
B. SEUDOCIENCIA
“Seudo” significa “falso” , así que esta categoría es acerca de ciencia falsa – cosas a las que se ha dado una aureola de legitimidad científica pero no obstante son ácientíficas, ilógicas, o no apoyadas por la evidencia:
Parasicología• Homeopatía • Naturopatía • Iridiología• Creacionismo •Criptozoología (pie grande, Nessie) • recuperación de la memoria • comunicación facilitada • Quiropraxia • Aromaterapia • Velikovsquismo • Máquinas de movimiento perpetuo• Grafología • Astronautas antiguos • Combustión humana espontánea •Biorritmos • Iridiología • Toque terapéutico • Cara en Marte • Mito del no aterrizaje en la luna• Reflexología.
Algunos de estas cuestiones, tales como las del fenómeno OVNI y los avistamientos de Nessie, pueden estar en ambas categorías dependiendo de cómo se están proponiendo. Algunos defensores de OVNIS, por ejemplo, demandan que los objetos voladores no identificados son extraterrestres que visitan la tierra en las naves espaciales, estas son afirmaciones dudosas pero son por lo menos científicamente posibles y empíricamente comprobables, mientras que otros sostienen que los OVNIS son manifestaciones psíquicas, lo que las pone en el campo paranormal.
Entonces hay algunas cuestiones que no encajan fácilmente en el campo paranormal o el de las seudo ciencias.
C. ÁREAS GRISES
En esta categoría, miscelánea, se incluye a los fenómenos que no son necesariamente paranormales o pseudo científicos que han sido escudriñados, así como cuestiones sobre las cuales los escépticos, como grupo, están indecisos acerca de si deben ser sometidos a investigación científica. Ejemplos:
Ciencia Nueva • Afirmaciones Religiosas • Cultos • Hipnosis • Asesinatos conspiraticios • Psicoanálisis • Drogas sico terapéuticas •Afirmaciones políticas• Efectos de la oración • Negación del holocausto • Racismo • Fusión fría• Efectos placebo • Vida después de la muerte • Moralidad….
Según algunos escépticos, toda creencia o práctica de los seres humanos puede debe ser sometida al escrutinio crítico. Otros escépticos hacen excepciones para las experiencias que consideran fuera de la esfera empírica, tal como experiencias religiosas o preguntas morales.
En cualquier caso, restringimos generalmente nuestra investigación a las afirmaciones que son testables. Es difícil ver, por ejemplo, cómo podríamos probar la hipótesis que existe un ser supremo, aunque podemos examinar ciertamente la evidencia que se propone para apoyar las demandas de la existencia de un dios.
Podamos o no encontrar evidencia concluyente a favor o en contra de las demandas, podemos por lo menos buscar cualquier evidencia disponible para ayudarnos tomar una decisión de manera informada. Tal es la aproximación escéptica.
por APRA | May 10, 2016 | Artículos de Ricardo Montanía, Pensamiento Crítico |
Por: James Lett
Traducido por Ricardo Montanía
Hay muchas razones para la popularidad de las creencias paranormales en los EE.UU. hoy, estas incluyen;
1.La irresponsabilidad de los medios masivos de comunicación
2. La irracionalidad de la cosmovisión norteamericana, la cual apoya insostenibles afirmaciones tales como la vida después de la muerte o la eficacia del polígrafo.
3.Lo inefectivo de la educación pública, la cual generalmente fracasa en enseñar a los estudiantes las habilidades esenciales del pensamiento crítico.
Como profesor universitario, estoy especialmente aludido en lo referente al tercer problema. La mayor parte de los estudiantes en mis clases, sencillamente no saben cómo crear conclusiones razonables a partir de la evidencia. Como máximo han sido enseñados en el colegio acerca de Qué pensar, pocos de ellos saben Cómo pensar. En un intento de poner algún paliativo a este problema en mi Universidad, desarrollé un curso optativo llamado “Antropología y lo Paranormal”.
El curso examina el campo completo de las creencias paranormales en la cultura Norteamericana contemporánea, desde la precognición y la sicoquinecis hasta la canalización y la Criptozoología y todo lo que se encuentra en el medio y más allá incluida la astrología, los OVNIS y el creacionismo. Enseñé muy poco de teorías antropológicas y menos aún de terminología antropológica.
En cambio, traté de comunicar la esencia de la perspectiva antropológica, enseñándola indirectamente a través de lo que es el método científico. Lo hago así enseñándoles cómo evaluar evidencia. Les doy seis simples reglas para seguir cuando se examina cualquier afirmación. Luego se enseña como aplicar las mismas para examinar las afirmaciones paranormales.Las seis reglas son mi propia simplificación y destilación de lo que es el método científico. Para hacerla más fácil de recordar he creado un acrónimo; La expresión “FaLo In HoReSu” (*) que principian las reglas de Falsabilidad, Lógica, Inclusividad, Honestidad, Replicabilidad y Suficiencia.Digo a mis estudiantes, Apliquen estas reglas a la evidencia que ofrece cualquier afirmación y nadie podrá enrollarles y robar sus creencias. Serán ustedes a prueba de timadores.
Falsabilidad
Debe ser posible concebir la evidencia que probaría que la afirmación sea falsa.
Puede sonar paradójico, pero para que cualquier afirmación sea verdadera, ésta debe ser falsable. La regla de la falsabilidad es una garantía de que si la afirmación es falsa, la evidencia probará que es falsa y que si la afirmación es verdadera la evidencia no la desacreditará (en cuyo caso la afirmación es tomada tentativamente como correcta hasta que el tiempo y la evidencia nos traiga algo que la muestre como no correcta).
En forma breve, la regla de falsabilidad dice que la evidencia debe importar, y como tal es la primera, más importante y fundamental regla del razonamiento a base de evidencias.La regla de falsabilidad es esencial por esta razón: Sin nada concebible podrá nunca desbancar una afirmación, entonces la evidencia que exista no importaría. Sería inadecuado incluso examinar la evidencia, porque la conclusión es ya conocida—La afirmación es invulnerable a cualquier posible evidencia.
Esto no significa, sin embargo, que la afirmación sea cierta, en realidad significa que la afirmación carece de significado. Esto es así porque es imposible -lógicamente imposible- para cualquier afirmación ser cierta sin importar nada. Para cada afirmación verdadera, se puede siempre concebir evidencias que tornarían la afirmación en falsa.
En otras palabras-de nuevo-TODA AFIRMACIÓN VERDADERA ES FALSABLE. Por ejemplo la aserción verdadera de que la extensión de la vida humana es menor a 200 años, sería falsada por un solo humano que llegara a vivir 200 años. En forma similar la afirmación verdadera que a la presión atmosférica el agua se congela a 0 Celsius, sería falsada si encontráramos agua que se congele a 3 Celsius. Estos hechos están establecidos como “hechos” científicos y no es de esperar que sean falsados alguna vez, sin embargo el punto es que “pueden ser” falsados.
Cualquier afirmación que no pueda ser falsada se vacía de contenido proposicional, esto es, no hace una aserción fáctica, estaría haciendo, en cambio, una aserción emotiva, una declaración acerca de cómo se siente la persona acerca del mundo. Las afirmaciones NO Falsables comunican información, pero lo que describen son los valores de quien las hace. No se comunica nada de naturaleza fáctica y por tanto no son ni falsas ni verdaderas.
Las afirmaciones No Falsables son proposicionalmente vacías. Hay dos principales maneras en que el principio de falsabilidad puede ser violado—dos maneras, en otras palabras, de hacer afirmaciones no falsables.
La primera consiste en las afirmaciones no asertivas, un discurso que es amplio o vago que carece de contenido proposicional. Las afirmaciones no asertivas son básicamente ininteligibles y consecuentemente carentes de significado. Considérese, por ejemplo, la afirmación que hacen los que se dicen terapistas del Cristal, lo que afirman es que ellos pueden usar piezas de cuarzo para devolver el balance y la armonía a la energía espiritual de una persona. ¿Qué significa tener energía espiritual desbalanceada? ¿Cómo es reconocida y diagnosticada esta condición? La mayoría de las “maravillas” New Age, de hecho, consisten en este tipo de declaraciones no asertivas que se disuelven completamente cuando son expuestas a la solvencia del racionalismo.
Las declaraciones no asertivas tienen la ventaja de que virtualmente cualquier evidencia que pueda ser aducida puede ser interpretada como congruente con la no- afirmación. Por este motivo es especialmente popular entre los paranormalistas que dicen tener poderes precognitivos. Jeane Dixon (famosa síquica Norteamericana) predijo que 1.987 sería un año “lleno de cambios” para Caroline Kennedy. Dixon también predijo que Jack Kemp debería “enfrentar grandes desacuerdos con el resto de su partido” y que la “red mundial de narco-terrorismo sería desligada de los zares de las drogas. En el mismo año también reveló que Dan Rather “puede (o no)ser hospitalizado”, en 1.988, y que el principal problema de Whitney Houston en 1.986 sería “balancear su vida personal contra su carácter”.
Las declaraciones no asertivas tienden a convertirse en afirmaciones que establecen que “lo que será será”.
La segunda variedad de afirmaciones no falsables es aún más popular entre los paranormalistas, implica el uso de resultados múltiples, esto es, una interminable serie de excusas que intentan explicar porqué la evidencia no falsa la afirmación. Los Creacionistas, por ejemplo, afirman que el universo no tiene mas de 10.000 años.
Ellos no consideran el hecho de que se pueden observar estrellas que se encuentran a millones de años luz de la tierra lo que significa que la luz de esas estrellas deberían haber iniciado su viaje hace millones de años, lo que prueba que el universo tiene millones de años. ¿Entonces cómo responden los creacionistas a esto?. Sugiriendo que Dios debe haber creado la luz ya en camino en el momento de la creación.
Ninguna concebible evidencia puede, por supuesto, falsar esa afirmación. Ejemplos adicionales abundan en el mundo paranormal, Los propulsores del tema OVNI, ante la falta de evidencia física o fotográfica hablan de una “conspiración gubernamental” que evita la aparición de evidencia que prueba su caso.Los sanadores síquicos dicen que pueden sanar toda vez que uno tenga suficiente fé en sus poderes. Los sicokineticos dicen que pueden doblar cucharas con la mente, toda vez que no sean interferidos por energías negativas provenientes de observadores escépticos. Los Tarotistas pueden leer el futuro si usted es sincero en su deseo de conocimiento.
Lógica
Cualquier argumento ofrecido como evidencia de cualquier afirmación debe ser coherente.
Un argumento es válido cuando su conclusión proviene en forma unívoca de sus premisas, es coherente si es valido y todas las premisas son verdaderas. Las reglas de la lógica rigen la validez de las inferencias.
Aunque los filósofos han codificado y nombrado las variadas formas de argumentos válidos, no es necesario seguir un curso de lógica para aplicar las reglas de la inferencia consistente y correctamente.
Un argumento no válido puede ser reconocido por el simple método del contra ejemplo: si se puede concebir una instancia en la cual la conclusión no necesariamente se sigue de las premisas aunque estas sean verdaderas, entonces la afirmación es no valida: Considérese el siguiente silogismo. Todos los perros tienen pulgas, Javier tiene pulgas, por tanto Javier es un perro.
Esta conclusión es errónea porque cualquier felino portador de pulgas de nombre Javier proporciona un contraejemplo. Si un argumento es no valido entonces, por definición, incongruente. No todos los argumentos válidos son congruentes sin embargo, consideremos este ejemplo; Todos los perros tienen pulgas, Javier es un perro por tanto Javier tiene pulgas, este argumento no es congruente porque la primera premisa es falsa, no todos los perros tienen pulgas.
La determinación de un argumento congruente suele ser problemática, conocer si determinada premisa es falsa o no requiere conocimiento adicional que implica investigación empírica.
Si la afirmación pasa estos dos tests sin embargo- ser valido y congruente- entonces la afirmación puede ser tomada con certeza.
La regla de la lógica es frecuentemente violada por los seudo científicos. Erich von Däniken quien popularizó el mito del astronauta antiguo en los 70, escribió muchos libros en los cuales se encuentran afirmaciones no validas e incongruentes como “Las carrozas de los dioses” no se limitaba a hacer sólo argumentos lógicamente no válidos sino también fácticamente inexactos, es decir afirmaciones doblemente incongruentes.
Por ejemplo; argüía que los mapas hechos por el almirante Piri , turco del siglo 16, era tan “extraordinariamente preciso”que sólo podría haber sido hecho con fotografías satelitales.
No solamente la premisa es inválida (muchas otras técnicas fuera de la fotografía satelital pueden resultar en mapas “extraordinariamente precisos”) sino que también los mapas de Piri, de hecho, contienen muchas gruesas inexactitudes.
Inclusividad.
La evidencia ofrecida en apoyo de cualquier afirmación debe ser exhaustiva—lo cual es Toda la evidencia disponible–debe ser considerada.
Por razones obvias, nunca es razonable considerar solo la evidencia que apoya una teoría y descartar la que la contradice.
Esta regla requiere cierta explicación, pues siempre es rota por los que adhieren a creencias paranormales.Por ejemplo, los proponentes de la teoría del biorritmo indican que los accidentes de avión ocurren en los días en que los tripulantes estaban pasando por puntos críticamente bajos en sus ciclos intelectuales, emocionales y/o síquicos.
La evidencia considerada por los apologistas del biorritmo sin embargo no incluye el número aún mayor de accidentes ocurridos cuando la tripulación estaba pasando puntos altos o neutros en sus ciclos de biorritmo. (Hines 1988:160).
En forma similar, cuando la gente cree que Jeane Dixon tiene habilidades precognitivas al haber pronosticado la elección, en 1.988, de George Bush (dos meses antes, cuando gran parte de los cientistas sociales, medios de comunicación y ciudadanos comunes del país hacían ese mismo pronóstico), típicamente ignoran los cientos de predicciones fallidas hechas por Dixon (tales como su predicción de que John F. Kennedy no ganaría la elección en 1.960, que la tercera guerra mundial comenzaría en 1.958. y que Fidel Castro moriría en 1.969.)Si se es selectivo en la evidencia que se considera, se puede razonablemente concluir que la tierra es plana.
Honestidad.
La evidencia ofrecida en apoyo de cualquier afirmación debe ser evaluada sin caer en la decepción.
La regla de la honestidad es un corolario de la regla de la inclusividad. Cuando se ha examinado toda la evidencia es esencial la honestidad acerca de los resultados de lo examinado.
Si el peso de la evidencia contradice la afirmación, entonces se debe abandonar la creencia en tal afirmación. Lo opuesto, la mantiene.
La regla de la honestidad, como la de la inclusividad es frecuentemente violada por los proponentes y adherentes de las creencias paranormales. Los parasicólogos la violan cuando concluyen, después que numerosos experimentos subsecuentes han fallado en replicar los resultados positivos iniciales de la percepción extrasensorial, que la percepción extrasensorial es un fenómeno muy elusivo. (Aplicando la navaja de Occam la conclusión más honesta sería que los resultados positivos originales deben haber sido coincidencia).
Creyentes en lo paranormal violan esta regla cuando concluyen, después de haber observado a un “ psíquico” repetitivamente doblar cucharas con sus manos, que solamente engaña algunas veces.En la práctica la regla de la honestidad significa básicamente un imperativo en contra de romper la regla de la falsabilidad tomando resultados múltiples.
Y aún hay más, la regla de la honestidad significa que se debe aceptar la obligación de llegar a una conclusión racional una vez examinada toda la evidencia. Si el peso insostenible de la evidencia nos muestra lo errado de la creencia entonces se debe concluir que la evidencia es falsa y se debe encarar las implicancias de tal conclusión abiertamente. En el aspecto de ser sobrepasados por evidencia negativa, la neutralidad y el agnosticismo, no son mejores que la credulidad y la fé. Negación, racionalización y todos los mecanismos familiares que se dan en la decepción constituyen violaciones de la regla de la honestidad.
En mi opinión, esta sola regla invalida toda la parasicología. Más de una centuria después de sistemática investigación, la hipótesis PSI permanece totalmente insustancial y sin soporte; los parasicólogos han fallado en sus intentos de producir “cualquier evidencia consistente” para lo paranormal que pueda resistir al escrutinio científico.
Por todas las indicaciones, el número de parasicólogos que observan la regla de la honestidad palidece en comparación con el número de aquellos que la eluden. Eric Dingwall, un investigador síquico veterano, resume su experiencia en la investigación parasicológica con esta observación “Después de sesenta años de experiencia y familiaridad con la mayoría de los parasicólogos más importantes de ese período, pienso que no podría nombrar media docena de ellos a los que pudiera llamar estudiosos objetivos quienes honestamente desean descubrir la verdad”
Replicabilidad
Si la evidencia de cualquier afirmación está basada en resultados experimentales, o si la evidencia ofrecida en soporte de cualquier afirmación puede ser lógicamente explicada como coincidencia, entonces, es necesario realizar otros experimentos para afirmar la evidencia.
La regla de la replicabilidad provee una guarda contra la posibilidad de error, fraude o coincidencia. Un solo experimento no es suficiente por sí mismo aunque el experimento concierna a la producción de fusión nuclear o la existencia de habilidades telepáticas. Cualquier experimento, sin importar cuán cuidadosamente diseñado y ejecutado haya sido, esta siempre sujeto a la posibilidad de sesgos implícitos o errores no detectados.
La regla de la replicabilidad, la cual requiere observadores independientes para seguir los mismos procedimientos y alcanzar los mismos resultados, es un método efectivo de corregir sesgos o errores, incluso si éstos permanecen permanentemente no reconocidos.
Si los resultados experimentales son producto del fraude deliberado, la regla de replicabilidad asegurará que el experimento sea hecho eventualmente por honestos investigadores.
Si el fenómeno en cuestión puede ser concebiblemente el producto de la coincidencia, entonces el fenómeno debe ser replicado antes de que la hipótesis de la coincidencia sea rechazada.
Si la coincidencia es, en efecto, la explicación del fenómeno, luego el fenómeno no será duplicado en pruebas subsiguientes y la hipótesis de coincidencia será confirmada; pero si no, entonces el fenómeno podrá ser duplicado y otra explicación distinta a la coincidencia tendrá que ser buscada.
Suficiencia
La evidencia ofrecida en apoyo de cualquier afirmación debe ser adecuada para establecer la verdad de tal afirmación, con estas estipulaciones.
1. La carga de la prueba de cualquier afirmación es del que hace la afirmación.
2. Afirmaciones extraordinarias requieren evidencias extraordinarias.
3. Las evidencias basadas en autoridad y/o testimonio son siempre inadecuadas para cualquier afirmación paranormal.
La carga de la prueba siempre descansa en el que hace la afirmación por la simple razón que la ausencia de no-confirmación no es lo mismo que la evidencia confirmada.
Esta regla es frecuentemente violada por los proponentes de lo paranormal, quienes afirman que, debido a que sus afirmaciones no han sido refutadas, por tanto estas han sido probadas. (Los proponentes de OVNIS, por ejemplo, argumentan que debido a que los escépticos no han explicado cada avistamiento OVNI, algunos de ellos deben ser naves extraterrestres).
Considérense las implicaciones de tal clase de razonamiento; Si digo que Hitler está vivo y bien, viviendo en Argentina ¿ cómo podría usted falsar mi afirmación? Dado que la afirmación es lógicamente imposible, lo mejor que podría hacer (en ausencia de evidencia forense contundente) es mostrar que la afirmación es altamente improbable—esto no probará que la afirmación es falsa.
El hecho que usted no pueda probar que Hitler no está bien, viviendo en Argentina no prueba que así sea. Sólo prueba que podría ser—pero eso significa muy poco; la posibilidad lógica no es lo mismo que la realidad establecida.
Si la ausencia de pruebas falsatorias fueran suficiente prueba de una afirmación, entonces podríamos “probar” cualquier cosa imaginable. Las creencias deben estar basadas no solo en la ausencia de no-refutaciones sino en la presencia de evidencia confirmatoria.
Es obligación del que hace la afirmación proveer de evidencia confirmatoria.Las afirmaciones extraordinarias requieren pruebas extraordinarias por la obvia razón del balance. Si se afirma que llovió de ida al trabajo el martes, sería aceptable admitir tal cosa con base en mi reporte.
Pero si se reclama haber sido secuestrado por extraterrestres para ser llevado al lado oscuro de la luna y ser sometido a extraños procedimientos médicos, sería justificado demandar mas evidencia sustancial.
La evidencia ordinaria de mi testimonio, aunque suficiente para las afirmaciones ordinarias, no lo es para las afirmaciones extraordinarias. En efecto, el testimonio es siempre inadecuado para cualquier afirmación paranormal, aunque esta sea ofrecida por una autoridad o persona común, por la simple razón de que un humano puede mentir o cometer un error.
Ninguna especialización en cualquier campo es garantía contra la falibilidad humana, y la especialización no termina con la motivación para mentir, por tanto las credenciales personales, conocimiento y experiencia no pueden por si mismas ser tomadas como evidencias para establecer la verdad de una afirmación.
Más aún la sinceridad de una persona no presta nada a la credibilidad de su testimonio. Aún si la persona esta contando lo que sinceramente cree la verdad, es siempre posible que pueda cometer un error.
La percepción es un acto selectivo, dependiente del contexto de creencias, expectativas, estados bioquímicos y emocionales, y un sin número de otras variables.
La memoria es notoriamente problemática, dada a un amplio rango de distorsiones, olvidos, sustituciones y amplificaciones.
Por tanto el testimonio del que la ofrece acerca de lo que recuerda de haber visto u oído siempre debe ser tenido como provisional y aproximado; cuando la gente habla de lo paranormal, su testimonio nunca debe ser tenido como evidencia aceptable por sí misma.
La posibilidad de error es por mucho demasiado grande.
Conclusión
Las tres primeras reglas – Falsabilidad, Lógica e Inclusividad- son todas reglas lógicamente necesarias del razonamiento basado en la evidencia.
Si hemos de tener confianza en la veracidad de cualquier afirmación sea normal o paranormal, la afirmación debe tener contenido proposicional, y la evidencia ofrecida en su apoyo debe ser racional y exhaustiva.
Las últimas tres –honestidad, replicabilidad y suficiencia- son reglas pragmáticamente necesarias del razonamiento basado en evidencias.
Porque los seres humanos son a menudo motivados para racionalizar y mentir acerca de sí mismos, porque a veces están motivados para mentir a otros, porque pueden cometer errores, y porque la percepción y la memoria son problemáticas, debemos exigir que la evidencia para cualquier afirmación factual deba ser evaluada sin decepción, que sea cuidadosamente sometida a escrutinio en busca de errores y fraudes, y que sean substanciales e inequívocos.
Lo que digo luego a mis estudiantes, es que pueden y deben usar “FaLO In HoReSu” para evaluar la evidencia ofrecida para cualquier afirmación. Si la afirmación falla en cualquiera de estos seis tests, debe ser rechazada; pero si los pasa todos entonces estén justificados de poner considerable confianza en ella. Que apruebe los seis tests, por supuesto, no garantiza que la afirmación sea cierta (sólo por haber examinado toda la evidencia disponible al día de hoy no garantiza que no habrá nueva evidencia futura que falsee la afirmación), pero garantiza que se tengan buenas razones para creer la afirmación. Garantiza que se ha entregado la creencia por un precio justo, que no se ha robado la creencia.
Ser un adulto responsable significa aceptar el hecho de que casi todo conocimiento es tentativo, y aceptarlo de buen humor. También podría ser necesario cambiar nuestras creencias el día de mañana si la evidencia lo autoriza, y se debería tener el valor y la capacidad de hacerlo. Esto es, en esencia lo que el escepticismo significa: creer si, y sólo si, la evidencia lo autoriza.
Acerca del autor
James Lett es Profesor de antropología en el departamento de ciencias sociales de la Universidad, Indian River Community , 3209 Virginia Avenue, Ft. Pierce, FL 34981. Es el autor de The Human Enterprise: A Critical Introduction to Anthropologcal Theory y Science, Reason, and Anthropology: The Principles of Rational Inquiry (1997, Rowman y Littlefield Editores). Puede ser contactado por e-mail en: jlett@ircc.cc.fl.us
(*) En Inglés era FiLCHeRS, pero la C de “Comprehensiveness” debió cambiarse por la I de “Inclusividad” que fue la traducción más aproximada encontrada. El acrónimo nuevo FaLo In HoReSu es absolutamente menos feliz.
Nota del traductor
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