
Siempre es más que agradable poder leer a Asimov en un español bien traducido. En este pequeño ensayo, Asimov refuta con total elegancia y contundencia los «argumentos» de un entusiasta de los seres extraterrestres. Aunque ya tiene sus años, las opiniones de este prolífico pensador no pierden vigencia y siempre serán una molestia para quienes quieren ceder a la complacencia de creencias sin sustento.
Este material se encuentra en el libro “La estrella de Belén y otros ensayos”.
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Las astronaves fantasma
(Rocketing Dutchmen)
Fantasy & Science Fiction, febrero de 1975.
Con mucha frecuencia, recibo por correo libros, revistas y diverso material impreso que no he pedido ni esperaba que me enviaran. Mi primer impulso en tales casos es mirar el índice, si es que hay, o echar una mirada a las páginas, si es que no hay índice, para comprobar si se menciona mi nombre. A menudo, aunque no siempre, ésa es la razón por la que me envían este material.
Desconfío en particular si el asunto en cuestión es un tema sobre el que me he expresado de un modo burlón. Por ejemplo, hace bastante tiempo recibí algo que se titulaba UFO Symposium 1973, con un artículo de Stanton T. Friedman, un caballero al que no conozco.
El artículo incluía una sección llamada «Ciencia ficción contra ufología» que empezaba diciendo:
«Muchas personas se sorprenden cuando cuento que Isaac Asimov y Arthur Clarke, dos de los más famosos escritores de ciencia ficción y temas científicos, son muy vehementes en sus sentimientos anti-OVNI».
El hecho de que Friedman trate a personas que «se sorprenden» por esto indica, supongo, el nivel de los círculos que frecuenta. Después de todo, ¿el que Arthur y yo seamos escritores de ciencia ficción es razón para que la gente suponga que hemos perdido la razón y que debamos creer cualquier culto místico que posea ciertos elementos en común con la ciencia ficción?
Friedman prosigue citándome y añadiendo sus propios comentarios para, supongo, dejarme mudo. Ésta es la cita, en la que yo digo:
«Las exigencias energéticas del viaje interestelar son de tal magnitud, que no puedo concebir a ninguna criatura pilotando su nave a través de los inmensos abismos del espacio sólo para jugar con nosotros durante décadas. Si quisieran establecer contacto, lo harían; si no, ahorrarían su energía».
Ante esto, Friedman comenta, entre paréntesis:
«¡Qué orgullosos somos los hijos de la Tierra! ¿Merecemos que contacten con nosotros?».
Es obvio que Friedman me ha citado sin leer la cita. Yo decía: «Si quisieran establecer contacto…». Estoy dispuesto a admitir que quizá no valga la pena que contacten con nosotros, pero en tal caso «ahorrarían su energía»… y se marcharían.
Imaginen ustedes el orgullo de los Friedman, hombres que piensan que quizá no valga la pena que se pongan en contacto con nosotros, pero que, sin embargo, somos tan fascinantes como para que los platillos volantes, a millares, escudriñen nuestro planeta durante décadas enteras, como si fueran astronaves fantasmas condenadas para siempre a dar vueltas alrededor de la Tierra sin aterrizar nunca y, además, a manifestarse ante nosotros como palomos en celo.
A continuación, Friedman cita uno de mis párrafos, que termina así:
«Seguiré pensando que toda visión dada a conocer es un engaño, un error o algo que puede explicarse sin involucrar astronaves de las estrellas lejanas».
Y Friedman, adoptando una familiaridad burlesca, dice:
«¿Qué me dices de las estrellas más próximas, Isaac?».
¡Ay, señor Friedman!, hasta las estrellas más próximas se encuentran muy alejadas.
Friedman prosigue incitándome a escribir un libro sobre los platillos volantes, pero que no sea de ficción, diciendo que «casos como el de Betty y Barney Hill son mucho más excitantes e interesantes que cualquiera de los relatos de Asimov».
Es posible, señor Friedman, pero también son mucho más novelescos.
Ya que no un libro, escribiré un artículo sobre este tema. Dios sabe que he expuesto mis puntos de vista sobre los platillos volantes en diversas ocasiones, pero nunca en esta serie de artículos. Voy a hacerlo ahora, en forma de preguntas y respuestas.
1) ¿Por qué insiste en llamarlos «platillos volantes»? ¿No es una expresión doblemente ridícula? ¿Por qué no denominarlos OVNI, un término más serio?
OVNI significa «Objeto Volador No Identificado». Si discuto sobre el tema con alguien que esté de acuerdo en que estas manifestaciones, sin importar lo que sean, no están en realidad identificadas, y esta persona no insiste en identificarlas, entonces aceptaré de buena gana un debate, tan serio como sea posible, sobre los OVNI.
Sin embargo, a todos los que persistan en identificarlos como astronaves pilotadas por seres extraterrestres, les diré que estos objetos están identificados y, por lo tanto, no son OVNI. En tal caso yo los denomino platillos volantes, que es el término que los mismos entusiastas de los platillos volantes emplearon antes de que se decidieran a obtener respetabilidad.
2) ¿Niega usted que se trate de otras formas de vida inteligentes del Universo?
No, no lo niego. Ya en septiembre de 1963 escribí un artículo para “Fantasy and Science Fiction” titulado “Who’s Out There”, en el que seguí las opiniones de Carl Sagan en cuanto a que podían existir numerosas civilizaciones en el Universo.
Después escribí un libro, en colaboración con Stephen H. Dole, “Planets for Man” (Random House, 1964), donde se considera el tema con mucho más detalle y desde un punto de vista algo diferente, presentando la sugerencia de que había muchísimos planetas habitados en el Universo.
Permítanme que recuerde este argumento con mucha brevedad.
Nadie sabe con exactitud cuántas galaxias existen en el Universo; no hay duda de que se trata de millones. En general, yo acostumbro a usar la cifra de cien mil millones. Aunque nos limitemos a considerar una sola galaxia, la nuestra, la Vía Láctea, seguimos teniendo un sistema que contiene 135.000.000.000 de estrellas.
Las teorías modernas sobre la formación de las estrellas sugieren la constante formación de sistemas planetarios cuando nace una estrella. Por ello, podemos decir que nuestra galaxia contiene 135.000.000.000 de sistemas planetarios, siendo posible que cada uno de ellos contenga doce planetas y seis grandes satélites.
De entre este número de cuerpos celestes, superior al billón, algunos están muy lejos y otros muy cerca de su sol para ser similares a la Tierra. Algunos podrían tener movimientos de rotación demasiado lentos, u órbitas demasiado excéntricas, como para ofrecer condiciones atmosféricas agradables. Otros podrían orbitar estrellas demasiado frías para ofrecer la energía que necesita la vida, o demasiado calientes y, por tanto, excesivamente jóvenes como para dar a la vida el tiempo que ésta necesita para desarrollarse. Otros podrían trasladarse alrededor de soles que forman parte de sistemas múltiples, o que tienen una luminosidad variable o, en pocas palabras, que convierten el ambiente vital en algo muy molesto.
Pero aun teniendo en cuenta todo lo anterior, Dole, basándose en estimaciones razonables deducidas de la astronomía de principios de la década de 1960, llegó a la conclusión de que podrían existir nada menos que 640.000.000 de planetas similares a la Tierra. Planetas con masa, temperatura y composición química muy parecidas a las terrestres, con una órbita y un sol semejantes a los nuestros, y situados en nuestra galaxia.
No se trata de una estimación demasiado optimista, ya que indica que sólo un planeta de cada cuatro mil es satisfactorio y que sólo una estrella de cada doscientas diez posee un planeta de características terrestres.
Pero tal vez sea demasiado optimista si tenemos en cuenta los avances astronómicos de la última década. Puesto que cerca del noventa por ciento de las estrellas de la galaxia se hallan en el núcleo, el noventa por ciento de los planetas similares a la Tierra deberían encontrarse allí, si suponemos una distribución regular.
Pero el núcleo de las galaxias puede ser el escenario de una actividad violenta: cuásares, explosiones, agujeros negros, etcétera. Y tal vez las condiciones de relativa tranquilidad que permitan la existencia de planetas como el nuestro se den sólo en los brazos espirales de una galaxia (donde nosotros estamos). En tal caso, podríamos estimar que únicamente hay 64.000.000 de planetas similares a la Tierra en nuestra galaxia.
Sin embargo, la posibilidad de platillos volantes será mayor cuantos más planetas como la Tierra existan. Seamos, pues, generosos, y mantengamos la cifra superior de 640.000.000.
Siguiendo las teorías modernas sobre el origen de la vida, todo planeta que posea un medio ambiente similar al terrestre desarrollará inevitablemente un proceso vital. Es decir, que pueden existir 640.000.000 de planetas con vida en nuestra galaxia y, también, con una vida parecida a la que conocemos.
Aquí la especulación se vuelve más sutil. ¿En cuántos de estos planetas con vida se desarrolla una raza inteligente y en cuántos está siendo creada una civilización por dicha raza?
Lo único que podemos emplear como punto de partida es la misma Tierra, el único planeta con vida que conocemos en la actualidad. En la Tierra ha existido vida durante unos tres mil millones de años y civilización durante unos diez mil años, como mínimo. Esto significa que el período no civilizado supera al civilizado en la proporción de 300.000 a 1.
Si suponemos que la Tierra constituye un término medio, que éste es una regla general y que la vida se inició en diferentes épocas y lugares, deducimos que existe civilización en uno de cada trescientos mil planetas con formas vitales. Y, en tal caso, hay cerca de dos mil ciento cincuenta civilizaciones en nuestra galaxia.
Por lo que respecta a una civilización industrial, nosotros la hemos tenido durante doscientos años, los últimos de los diez mil de nuestra civilización. En otras palabras, nuestra civilización no industrial supera a nuestra tecnología industrial en la proporción de 50 a 1.
Si suponemos que una de cada cincuenta civilizaciones de nuestra galaxia ha alcanzado la época industrial, su número será, pues, de cuarenta y tres.
Si admitimos, además, que nuestra tecnología industrial es un término medio, tal como van las cosas, la mitad de estas civilizaciones industriales —digamos veintiuna— son más avanzadas que la nuestra y quizá pueden viajar por el espacio.
Esto se refiere sólo a nuestra galaxia. Si el mismo tipo de razonamiento se aplica a todas las demás, podrían existir nada menos que dos billones de civilizaciones avanzadas en el Universo.
Pero creo que hasta el más entusiasta creyente en los platillos volantes estará de acuerdo en eliminar otras galaxias como tema de nuestras elucubraciones y aceptará limitarse a nuestra propia galaxia. Con ello todavía disponemos de veintiuna posibles civilizaciones errando por las inmensas salas etéreas del espacio, y con toda seguridad son suficientes para justificar los platillos volantes, si es que se trata de naves espaciales.
3) ¿Entonces, por qué es usted tan escéptico en cuanto a la posibilidad de que astronaves guiadas por inteligencias extraterrestres estén visitando la Tierra?
Por una razón: las distancias me aturden.
Imagínense todos estos planetas que contienen vida, 640.000.000, distribuidos al azar por la galaxia. Estarían separados entre sí por una distancia media de cuarenta y cinco años luz. Los veintiún planetas con civilizaciones industriales avanzadas se hallarían a una distancia media de trece mil quinientos años luz.
Si el hogar más cercano de los platillos volantes se encuentra a trece mil quinientos años luz, la posibilidad de que nos visiten parece ínfima.
Puesto que la velocidad de la luz es el límite al que podría aproximarse una nave espacial, una procedente de la civilización avanzada más próxima emplearía trece mil quinientos años en llegar hasta nosotros (en el tiempo local de su mundo de origen) y, cosa muy probable, hasta diez veces más.
Me parece muy dudoso que, en estas circunstancias, una nave tras otra dé vueltas y vueltas alrededor de nosotros, por tiempo indefinido, cual abejas en torno a una flor.
No podemos ser tan interesantes o tan importantes.
4) Pero suponga que tenemos suerte por lo que respecta a la distancia de la civilización avanzada más cercana. ¿Por qué está tan seguro de que la velocidad de la luz es el límite definitivo?
No soy categórico en cosas como ésta.
Admitiendo una distribución fortuita, algunas civilizaciones avanzadas pueden estar agrupadas y otras terriblemente aisladas. Puede ocurrir que la Tierra se halle tan sólo a cien años luz de una civilización muy avanzada. Sería algo poco probable, pero no existen pruebas en ningún sentido, y podría ser así.
Además, aunque los centros originarios de las civilizaciones se encuentren lejos, muy lejos, y aunque ninguno esté particularmente cercano a nosotros, pueden formar parte del núcleo de un Imperio Galáctico en expansión, y tal vez existan puestos avanzados de algún imperio en ciertas estrellas más próximas. Tampoco existen pruebas, pero puede ser así.
También es posible que una civilización avanzada aprenda a sobrepasar el límite de la velocidad de la luz sin violar la relatividad. Quizá aprendan a utilizar el hiperespacio, un motor iónico o algo que nosotros, con un nivel tecnológico inferior, no podemos comprender. No parece muy probable, a decir verdad, pero podría ser así.
Tal vez la distancia carezca de importancia para las civilizaciones avanzadas. Quizá cubran cien o hasta trece mil quinientos años luz con dificultades no mayores que las nuestras para cruzar en avión el océano Atlántico.
5) Si es así, ¿por qué se opone al concepto de platillos volantes? ¿Por qué no puede haber naves explorando la Tierra frecuentemente?
Si despreciamos el problema de la distancia, queda el del motivo.
Si estas astronaves fantasma visitan la Tierra con deliberación y por algún motivo racional, debe de ser porque la Tierra les interesa. ¿Pero qué puede ser lo que les interese de la Tierra?
Es lógico, y quizá egoísta, suponer que lo más interesante de la Tierra para cualquier extraterrestre es el hombre y su civilización. Pero si los platillos volantes nos investigan, ¿por qué no aterrizan y nos saludan?
Deben de ser tan inteligentes como para deducir quiénes son nuestros portavoces, dónde se encuentran nuestros centros de población y cómo proceder para contactar con nuestros gobiernos.
Tampoco es concebible que nos teman. Si su tecnología les permite cubrir distancias de muchos años luz sin problemas, podrán protegerse con facilidad contra cualquier arma insignificante que apuntemos hacia ellos. ¿Le asustaría a un buque de guerra moderno desembarcar un grupo de exploración en una isla ocupada por monos?
Si nuestra atmósfera o nuestra superficie contiene algo que para ellos es mortal o desagradable, deben de ser lo bastante inteligentes como para comunicarse con nosotros a través de algún tipo de transmisión a larga distancia, mediante la radio como mínimo. Y si las palabras y el idioma no sirven, entonces alguna señal con evidente contenido racional.
Por otra parte, si les interesamos, pero no desean establecer contacto con nosotros, si no quieren interferir en forma alguna en una civilización en desarrollo, son inteligentes y avanzados y podrán estudiarnos en todos los detalles que precisen sin permitirnos nunca que sepamos de su presencia. En caso contrario, están interfiriendo.
Y si es otra cosa aparte del hombre lo que les interesa, ¿de qué se trata?
No. Aterrizarían, dirían hola… o se marcharían.
Si no hacen ni lo uno ni lo otro, no son astronaves inteligentemente pilotadas.
6) ¿Pero cómo puede estar seguro de los motivos que tengan? Tal vez no quieran comunicarse con nosotros pero, por otra parte, no les importe que les veamos.
Ah, si usted persiste en acumular las condiciones que necesita para demostrar su tesis, llegará con toda rapidez al punto de no convencer a nadie.
Para desembarazarse del problema de la distancia hay que suponer, al menos, una civilización improbablemente próxima a nosotros y hay que suponer el logro de un viaje más rápido que la luz.
Para despreciar el enigma de su conducta hay que suponer que la Tierra les interesa lo bastante como para importunarla una y otra vez, pero que nosotros somos muy poco fascinantes y no quieren hablarnos, aunque, por otra parte, no les importa que les veamos.
Cuantas más suposiciones de este tipo haga, más débil será su tesis.
En realidad, ninguna de tales suposiciones tiene fundamento. Sólo sirven para explicar los platillos volantes. Los mismos platillos volantes pueden usarse, a continuación, como prueba de que las suposiciones son correctas.
Es un círculo vicioso, uno de los mayores placeres del intelectualmente débil.
7) Espere, existen pruebas claras de que los platillos volantes son naves espaciales. Hay numerosos informes de personas que han visto astronaves y sus tripulaciones extraterrestres. Incluso hay gente que dice haber estado a bordo de las naves. ¿Ha investigado dichos informes? Si no lo ha hecho, ¿los desprecia por carecer de valor? ¿Cómo justifica tal actitud?
No, no he investigado ninguno de tales informes.
Ni uno.
Mi justificación para despreciarlos se basa en que la evidencia visual de unas cuantas personas no está confirmada por otro tipo de evidencia y, por lo tanto, carece de valor. No existe una sola creencia mística que no esté apoyada en numerosos casos de pruebas visuales.
Hay evidencia visual (según los entusiastas) para los ángeles, fantasmas, espíritus, levitación, hombres lobo, precognición, duendes, serpientes marinas, telepatía, abominables hombres de las nieves, etcétera.
No quiero arrojarme al pantano de creer en todas esas cosas sólo por la evidencia de testigos visuales y, siendo así, no creeré en astronaves-platillos volantes basadas únicamente en pruebas visuales.
Deseo algo menos propenso a la distorsión y menos sometido al fraude deliberado que la evidencia de testigos presenciales.
Quiero algo material y duradero, algo que pueda estudiarse por muchas personas. Busco una aleación no fabricada en la Tierra, un mecanismo cuyo principio no comprendamos. Más aún, quiero una nave y su tripulación a plena luz, revelándose aptas para observación y estudio ante los seres humanos durante un período de tiempo razonable.
Simplemente, esas revelaciones a granjeros en los pantanos y conductores en carreteras desiertas no me impresionan.
Tampoco me impresionan las descripciones de las naves y sus interiores, porque es lo que esperaría de personas ignorantes en materia científica que han visto algunas películas de ciencia ficción igualmente ignorantes.
8) ¿Pero de qué otra forma puede explicar los informes sobre platillos volantes, si no admite que son naves espaciales?
Una muy conocida sentencia de Sherlock Holmes dice:
«Siempre que has eliminado todo lo imposible, lo que queda, por muy improbable que parezca, debe ser cierto».
Se trata de un fraude inmenso, porque presupone que tras la eliminación de lo imposible sólo resta un factor. ¿Pero cómo puede conocerse ese factor?
Este concepto erróneo proviene de las matemáticas. En esta ciencia, podemos organizar de tal forma nuestras definiciones y axiomas como para que nos permitan enfrentarnos con un pequeño número de factores y ninguno más, siendo conocidos todos los factores de dicho pequeño número. En tal caso, si eliminamos todos excepto uno, el restante debe ser cierto.
Esto no tiene aplicación a las ciencias experimentales o de observación, en las que el número total de factores puede ser indefinido y no todos, ni mucho menos, conocidos.
Si los platillos volantes son naves espaciales, hay que demostrarlo mediante evidencia directa. Nunca se probará tal cosa lloriqueando la pregunta:
«¿Pero qué otra cosa pueden ser?».
9) ¿Qué piensa que son los platillos volantes?
Mi opinión es que casi todas las visiones son erróneas o fraudulentas. Muchas son tan confusas e incompletas que no dejan opción de llegar a conclusiones sobre su posible naturaleza.
Sé que existen ciertos informes (una pequeña parte del total) que no parecen errores o fraudes; que han sido comprobados por observadores de confianza; y que no pueden explicarse por ningún medio normal.
10) De acuerdo, siga con esos enigmas. ¿De qué se trata si no son naves espaciales?
No lo sé.
No tengo por qué saberlo.
El Universo está repleto de misterios cuya respuesta desconozco. Desafiarme y vencerme no prueba nada.
Miren, ustedes pueden desconocer el nombre del decimoquinto presidente de los Estados Unidos. Si les digo que su nombre fue Jerome Jameson, el hecho de que no puedan contradecirme no me otorga la razón.
Pero hablemos de J. Allen Hynek, un respetado astrónomo estadounidense al que conozco en persona y que, puedo testificarlo, es un hombre honrado e inteligente, dotado de grandes cualidades científicas.
Hynek no desprecia los informes sobre platillos volantes como hacen la mayoría de los astrónomos (y yo, en general). Le gusta que se examinen con cuidado, y él mismo lo hace.
No es un trabajo fácil. Estos informes contienen tantos fraudes, y hay tantos chiflados, caprichosos y locos entre los entusiastas de los platillos volantes, que Hynek se arriesga siempre a que dañen injustamente su reputación confundiéndole con ellos.
Sin embargo, acepta el riesgo y yo le admiro por ello, porque le interesan estos informes extraños y porque cree que son importantes.
Hynek no piensa que los informes se refieran a naves extraterrestres. No tiene una explicación a mano. Para él, el tema de discusión son los OVNI: Objetos Voladores No Identificados.
Lo que opina Hynek es que hay algo en ellos, algo que no puede explicarse dentro de la estructura convencional de la ciencia y algo que, por consiguiente, no debería ridiculizarse ni despreciarse, sino estudiarse cuidadosa y exhaustivamente.
Cree que estas manifestaciones inexplicables representan algo tan nuevo para la ciencia que, cuando sean resueltas, llevarán a un enorme avance científico.
Ya ha ocurrido antes.
El enigma del resultado negativo del experimento de Michelson-Morley condujo a la teoría de la relatividad. Las paradojas de la radiación de los cuerpos negros llevaron al desarrollo de la teoría cuántica.
Por lo tanto, tal vez el enigma OVNI lleve a… ¿qué?
Es un pensamiento fascinante.
Por lo menos, Hynek me convence.
11) ¿Tiene Hynek alguna teoría sobre este tema? ¿Adónde cree que puede ser llevada la ciencia?
Por lo que yo sé, no ha conseguido nada hasta el momento.
Ha dedicado muchísimo tiempo a comprobar informes, clasificarlos y buscar hechos comunes en varios tipos de ellos, pero al final se encuentra con un acertijo para el que no tiene respuesta.
12) ¿Por qué es tan difícil hallar una solución a este problema?
Abordar científicamente los enigmas del Universo da buenos resultados cuando el sistema que se estudia está siempre disponible para la observación, la experimentación o ambas.
Por lo general, el planeta Marte permite su estudio telescópico y un corazón de tortuga está disponible para la experimentación.
El estudio científico también da buenos resultados cuando es posible desarrollar experimentos sencillos cuya tendencia general ya es conocida. Si no se comprende la pauta fundamental que caracteriza la caída de objetos esféricos, se puede disponer de todas las esferas que se desee para hacerlas caer en condiciones conocidas y analizar los resultados.
Por otra parte, consideren los informes, más bien escasos, sobre OVNI que constituyen enigmas genuinos y que no son errores ni fraudes.
Esos fenómenos OVNI aparecen sin previo aviso, sin que se los espere y con una irregularidad total en el espacio y el tiempo. No hay forma de tenderles una trampa, una especie de sistema mundial de observación que resultaría terriblemente costoso.
Cuando un fenómeno OVNI se presenta, es posible que nadie lo vea; o que sea observado sólo en parte por uno o unos cuantos individuos, cogidos por sorpresa y, quizá, sin ninguna opción para efectuar observaciones esmeradas y sin más instrumentos que el ojo.
El resultado será un relato a medias, anecdótico, de algo apenas visto.
Todavía más, después de hacerse un informe de este tipo, se discute en los periódicos y eso significa que se entierra enseguida entre innumerables informes similares ofrecidos al por menor por individuos cándidos y sinceros, por ávidos buscadores de publicidad y por enfermizos embaucadores.
En estas condiciones, no sorprende en absoluto que Hynek tenga dificultades para encontrar una solución.
No me sorprendería que ni Hynek ni nadie encontrara una solución… ¡nunca!
Una última cosa.
Me temo que el presentimiento de Hynek en cuanto a que la solución del problema llevará a la ciencia a un gran salto conceptual es sólo su opinión.
No le critico su entusiasmo; yo mismo tengo diversos entusiasmos. Pero éstos hay que reconocerlos como lo que son y no confundirlos con pruebas.
Sospecho —y sólo es una sospecha— que si todos los informes OVNI enigmáticos fueran sometidos a una investigación exhaustiva, cuanto más se averiguara sobre ellos menos enigmáticos parecerían.
Creo que si todos los informes OVNI se comprendieran, resultarían ser algo que formaba parte de la estructura actual de nuestra ciencia o que, como mucho, se trataría de una corrección o prolongación interesante, pero no demasiado fundamental, de dicha estructura.
Supongo que la solución del problema OVNI añadiría muy poco, o nada, a la ciencia.
Si estoy equivocado, y Hynek en lo cierto, me alegraré, porque aprecio a Hynek y me gustaría ver el avance de la ciencia…, pero no puedo forzarme a aceptar algo sólo porque me gustaría aceptarlo.
Únicamente debo aceptar lo que parezca tener sentido para mí.
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